Thursday, January 15, 2009

Mudanza número 21

Otra vez me mudo. A mí esta casa-blog me gusta, pero las visitas se quejan de las cañerías y de que el portal está muy oscuro. O, más bien, de que los comentarios no funcionan las más de las veces, y de lo difícil que es leer las letras blancas sobre un fondo gris tirando a negro. Además, tuve un par de discusiones con los del servicio técnico (y ganaron ellos). Así que desde esta noche me encuentran aquí. Besos y gracias por venir.
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Sunday, July 8, 2007

Tachones

La realidad se va llenando de tachones, de espacios imposibles, vedados. No, aquí no, aquí tampoco, da la vuelta, prueba por otro lado, a ver. Los tachones son memoria concentrada y tinta. Una tinta pesada, como alquitrán caliente. Las cosas las tachas porque duelen. Si no las ves se supone que te duelen menos y que acabas olvidándote de ellas. Aunque el tachón sí lo ves.

Mientras más vive una, más tachones aparecen. Por lógica, los más antiguos deberían ir difuminándose y dejando ver lo que hay debajo; pero no, porque en los tiempos de los primeros tachones una era tiernita, inocente, no sabía, y las cosas dolían terriblemente, hasta el fondo, sin límites, así que los tachones se hacían violentos, eléctricos, casi atravesaban el papel y la mesa, y por más tiempo que pasara no había manera de librarse de ellos.

Al principio se tachan los sitios, países, islas, ciudades enteras, barrios, calles, escaleras, habitaciones, balcones, alfombras. Luego la cosa se extiende, y se empiezan a tachar músicas, festivales de jazz, libros, películas, artistas, voces. Y vinos, y dulces, y sujetadores de encaje, y vainilla y chocolate blanco, y, y, y. Entonces se tachan palabras, no digo nombres propios, que también, sino palabras corrientes que hacen falta para vivir normalmente, como “desayuno” o “cocodrilo” o “fantástico”, y es grave. Pero lo peor es cuando empiezan a tacharse trozos de tu cuerpo. Hay un tachón negro que te recubre la boca, y otro en la nuca, y otro te baja por el vientre, y ya no se puede hacer nada.

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Tuesday, July 3, 2007

Vida de Francisco Araña (capítulo III)

Doctor: Buenas.

Francisco Araña: Buenas.

[seis segundos de silencio; el médico mira a Francisco; Francisco, inmutable, clava los ojos en el techo]

Doctor: Pues usted dirá.

Francisco Araña: Sí. Yo venía a hacerle una consulta urgente, porque aunque no se me note a primera vista, estoy malo, malo de verdad.

Doctor: ¿Trae usted los informes?

Francisco Araña:No me hacen falta informes. Quédese con lo que le digo, que es la verdad pura y simple, porque yo no miento jamás. Me voy a morir ya mismo.

Doctor: ¿De qué?

Francisco Araña: Del pecho. Y del hígado. De las venas y las arterias y las arteriolas. Del colon transverso. De sarcoidosis. Son muchas cosas.

Doctor: Pero y yo qué le voy a decir, sin los informes… ¿No tiene placas, ni análisis, nada?

Francisco Araña: No.

Doctor: ¿Y su médico de cabecera quién es?

Francisco Araña: Una mala persona. Incompetente, además.

Doctor: ¿Cómo?

Francisco Araña: Mire, vamos a centrarnos, que no hay tiempo que perder. Yo lo que le vengo a decir es que lo mío no tiene cura. Y quiero saber si el seguro incluye la congelación.

Doctor: ¿La qué?

Francisco Araña: La congelación, congelación, hombre. Lo mío hoy por hoy es irremediable. Pero al paso que avanza la ciencia, y por más que esté en manos de degenerados y sinvergüenzas, que tendríamos que hablar de los experimentos que hacen con los animalitos inocentes…

Doctor: [sin palabras] Eh…

Francisco Araña: Sí, lo que le decía, al paso que va la ciencia, en cien o ciento diez años, si no se ha extinguido la humanidad ni ha reventado el planeta, sí habrá remedio para mí. Entonces la cosa es que me congelen, pero con todas las garantías, manteniendo la estructura de los tejidos y deteniendo el avance de la enfermedad. Y cuando se hayan dado todos los progresos necesarios para salvarme, me descongelan y listo.

Doctor: Ya. Pues para esto tiene usted que ir a su médico de cabecera.

Francisco Araña: No. Porque fui y me dio un volante para el psiquiatra.

Doctor: Claro.

Francisco Araña: [belicoso] ¿Cómo, claro?

Doctor: Es que el pase para el congelador tiene una serie de requisitos, y uno de ellos es un informe psiquiátrico.

Francisco Araña: No sabía yo eso.

Doctor: Sí.

Francisco Araña: ¿Y por qué?

Doctor: A cualquiera no se le puede mandar al congelador. Hacen falta unas condiciones.

Francisco Araña: ¿Condiciones de qué?

Doctor: ¿Usted sabe lo que es pasarse cien años bajo cero, con el cerebro al mínimo de revoluciones? Una experiencia. No es que esté uno apagado del todo, pero vamos… Y cuando lo devuelven a la vida, allá en el futuro, es un choque. Así que antes nos tenemos que asegurar de que el cerebro va a aguantar la presión.

Francisco Araña: [se lo piensa, con toda la cara arrugada]

Doctor: Vaya usted tranquilo al médico de cabecera. Le dice esto mismo. Y cuando le dé el volante para el psiquiatra, lo coge. Y allí le explica el asunto al psiquiatra. Usted verá que le hacen el reconocimiento, le firman el informe y lo mandan al congelador.

Francisco Araña: ¿Y me congelan a mí sólo, así, en una habitación particular, o compartida?

Doctor: Pues no le sé decir. Siendo por el seguro…

Francisco Araña: ¿Y se permiten animales?

Doctor: Tampoco sé. Los detalles mejor se los pregunta al médico de cabecera. Pero mire, no se esté, vaya rapidito, que hay una lista de espera…

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Wednesday, June 27, 2007

Enciclopedias

El vendedor de enciclopedias, recién incorporado a la profesión, se va a un congreso en Barcelona. Se queda en un hotel de cuatro estrellas, ocupado por cientos de vendedores de enciclopedias llegados de todos los rincones de España. Y va por el pasillo, mirando la pantalla del móvil y pensando que tiene que llamar a su madre (aunque allí es una hora menos, ahora estará en la clase de power-fitness), cuando un señor enchaquetado le asalta rapazmente y, sin dejarle casi abrir la boca, le vende una hermosa enciclopedia de 58 volúmenes, que hoy y sólo hoy viene acompañada de un equipo de música y de una colección de discos compactos de los grandes maestros del jazz, todo ello por 25,50 euros al mes (pero de aquí a la eternidad).

El vendedor principiante, que se llama José Ramón, tarda un poco en reponerse de la experiencia. Pero se repone y sigue adelante, suspirando y diciendo bajito “ay, Dios”. Llama al ascensor, entra, se mira en el espejo, y nada más cerrarse la puerta le cae encima otro vendedor que estaba agazapado en el falso techo. José Ramón se defiende como un hombre y trata de sacar el cartoncito rosado que le acredita como vendedor de enciclopedias, por si eso le salva; pero da igual, el atacante se muestra tan magnético, tan arrebatador, que el pobre sale del ascensor en posesión de una excelente enciclopedia de la caza mayor y menor, que lleva consigo dos magníficos regalos, como son una escopeta de repetición, con munición suficiente para seis meses, y un venado disecado, con certificado del taxidermista; y todo por 31,15 euros al mes, lo que cuesta una cena.

José Ramón, admirado a su pesar, piensa que a su madre ya la llamará mañana, y se dirige al bar, con la idea de animarse tomándose unas copas, y de hablar con quien sea que esté atendiendo la barra, a quien, con un poco de suerte, le puede colocar una enciclopedia lujosamente encuadernada en cuero de color café con letras doradas, una obra tan elegante como informativa, el complemento ideal para toda sala de estar, y sólo cuesta 15,65 euros al mes, y a los primeros 100 peticionarios se les obsequiará con un reloj de cuco suizo. Pero cuando entra en el bar se encuentra un ejército de hombres de ojos penetrantes que lo miran sin piedad y calibran cuántas enciclopedias podría comprar.

El vendedor principiante se asusta, sale corriendo y se refugia en su habitación. No se mueve de allí hasta que acaba el congreso. Se dedica a mirar las ofertas de trabajo del periódico y a ensayar cómo le va a explicar a su madre que este empleo tampoco era para él.

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Saturday, June 23, 2007

Cumpleaños

Era su cumpleaños. El teléfono empezó a sonar a media mañana. Tres llamadas. Ninguna de él, claro. A la hora de comer le escribió un mensaje. “Hace mucho que no hablamos. Antes o después volveremos a ser amigos, ¿no? Estaría bien que fuera hoy. Es mi cumpleaños. Besos”. Pero no lo mandó. Lo guardó en Borradores.

El café, la tarde. Catorce felicitaciones, ninguna de él. Le escribió otro mensaje. “Estos últimos meses se me hicieron largos. Tanto amor, tanta historia, ¿y nada más, nunca más? Es mi cumpleaños. Asoma el hocico y te invito a algo”. Tampoco lo mandó. Lo guardó en Borradores.

Se hizo de noche. Siete campanilleos más, ninguno de él. El vestido nuevo, las sandalias, las uñas brillantes, la cena. El teléfono bien guardado, en el fondo del bolso, con el volumen al máximo. Dos llamadas, ninguna de él. A las diez y media se fue al baño y le escribió otro mensaje. “Pacíficamente te digo que te echo de menos y que me gustaría ser amiga tuya. Es mi cumpleaños, estoy de fiesta, podrías venir. Besos”. Tampoco lo mandó. A la carpeta de Borradores no le quedaba mucho espacio ya.

Tarta, velas, abrazos, regalos, fotos, copas. El teléfono no volvió a resollar. A las doce menos cinco, de camino a un bar, se paró en medio de la calle y le escribió otro mensaje. “Tres años juntos y no eres capaz de decirme ‘felicidades, besos’. Y ni siquiera me sorprende. Qué se puede esperar. Bah. A la mierda. Me rindo”. Éste sí lo mandó.

Él no respondió.

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Tuesday, June 19, 2007

Zinc

Los de primero decidieron hacer un asadero para festejar el fin de curso. Todavía era el mes de abril, pero a ellos les daba igual. Se repartieron las tareas: unos fueron a comprar la comida (chuletas, chorizos parrilleros, muslos de pollo), otros se encargaron de la bebida (toda la posible en cantidad, variedad y graduación), y a Quique le tocó llevar la tela metálica sobre la que se iba a asar la carne. Como eran ya las ocho menos cinco, y muy a su pesar, porque él no era dado a las prisas ni a los agobios, salió corriendo hacia la ferretería más cercana. Allí recuperó el aliento y le pidió al ferretero un metro de tela metálica. El ferretero le preguntó para qué la quería. Quique respondió “para un asadero”. “Pues entonces”, dijo el ferretero, “no te la puedo vender, porque está galvanizada y contiene importantes concentraciones de zinc, que, como sabes, es tóxico si se somete a altas temperaturas”. Quique no sabía. Además ya habían dado las ocho, por más que se esforzara no iba a llegar a ninguna otra ferretería, y si se presentaba en el asadero con las manos vacías lo iban a ejecutar allí mismo, sin juicio ni nada. “¿Y no tiene otra menos venenosa?”, preguntó. “No, todas están recubiertas de zinc, ¿tú no has oído hablar de la fiebre por humos metálicos?”. Quique no. “Escalofríos, fiebre irregular, sudoración profusa, náuseas, dolor de cabeza, cansancio extremo”, cantó el ferretero. “Pero oiga, en lo que va de año estuve como en trescientos asaderos”, calculó Quique, “y en todos había una tela metálica cualquiera al fuego, y yo estoy perfectamente, y mis amigos también”. El ferretero se empeñó en que no y que no: porque él tenía conciencia y escrúpulos y no podía vender nada que fuera a envenenar a las personas, ni siquiera un poco, y menos a un muchacho tan joven y tan amable y con tanta vida por delante. La cosa quedó ahí. Y entonces el ferretero puso cara de haber tenido una idea luminosa y le dijo a Quique que se esperase un segundito, que total ya era la hora, que cerraba la tienda, iban para su casa y le dejaba una parrilla que tenía él, perfectamente homologada. Quique empezó a decir “no se moleste”, pero el ferretero estaba tan firme en su postura que se rindió. Cerraron la tienda, echaron las persianas metálicas (“¿y las persianas éstas no están galvanizadas?”, “pero no es lo mismo, hombre, no las voy a poner al fuego con diez kilos de chuletas encima”, “ya, claro, visto así”), y caminaron brevemente hacia la casa del ferretero, que tenía un montón de niños y una señora bastante extrañada de ver a Quique, con las melenas y las barbas y la camiseta de Metallica, allí, de pie, en la sala. El ferretero tardó poco en encontrar la parrilla en las profundidades de la despensa y se la entregó a Quique con gran entusiasmo. Él dio las gracias, se despidió y se fue. Y por el camino se dio cuenta de la gran amabilidad del ferretero, y le vino una especie de flash y se quedó parado en medio de la calle, y tuvo ganas de volver a casa del hombre para darle unas gracias más intensas y más agradecidas. Pero luego decidió que mejor no, que cuando le devolviera la parrilla ya se pondría expresivo y afectuoso. Y se fue, barranco abajo, hacia el asadero, que se celebraba debajo de un puente, a varios cientos de metros de la civilización. El asadero fue largo y fructuoso, y Quique no volvió a su casa hasta la mañana siguiente, borracho perdido, cantando una versión thrash-metal del pasodoble Islas Canarias. Se olvidó la parrilla. De hecho no se acordó de nada hasta que ya habían pasado tres días y estaba dormitando en clase de Geografía Física. “Hostia”, dijo. “¿Qué?”, le preguntó Matías, su compañero. “La parrilla”. “¿La qué?”. Quique le contó la historia y terminó diciendo que tenía que ir urgentemente a comprar una parrilla para devolvérsela al ferretero con todas las disculpas del mundo. Matías se lo pensó. “Para mí que el tío es maricón, porque si no, ¿de qué iba a preocuparse tanto por ti?, ¿qué más le daba a él que te envenenases? Además, prestarle la parrilla a un desconocido… y con la pinta que tú tienes… nada, está claro, maricón con ganas de fiesta. Igual quería que lo llevaras al asadero”. De fondo, la profesora hablaba de pliegues y fallas y orogenias y nadie le hacía caso. Quique se ofendió todo y le dijo a Matías que parecía mentira que fuera incapaz de ver la diferencia, que el hombre no era maricón, sino generoso, buena persona, y que desde que saliera de clase iba a ir a por la parrilla sin falta. Pero luego se le fue de la cabeza. Y cuando volvió a acordarse le dio nosequé y lo dejó para luego. Y el tiempo pasó cada vez más, y llegó el momento en el que se cumplieron tres meses, y Quique se dijo que a esas alturas era ridículo aparecer por allí con una parrilla nueva en las manos y decir “muchísimas gracias, de verdad, es usted un excelente ferretero y una bellísima persona, siento haber venido noventa días tarde”, la cantidad de explicaciones que tendría que dar, así que lo que hizo fue evitar los alrededores de la ferretería hasta la hora de su muerte. Que tampoco, porque en unos pocos años la ferretería se convirtió en un supermercado.

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Friday, June 15, 2007

No

[Están en la cama, a oscuras. Son las dos y media de la mañana]

Él: Oye…

Ella: ¿Qué?

Él: ¿De verdad no me quieres?

Ella: No.

Él: ¿Nada?

Ella: Nada.

Él: ¿Y no me tienes cariño?

Ella: [no contesta, sólo le da un beso al azar, donde caiga, y cae en la cabeza]

Él: Joder. Es horrible.

Ella: Lo siento.

Él: Tú me tratas como un zapato y yo cada vez te quiero más.

Ella: Yo no te trato como un zapato. Te digo la verdad. Y habíamos quedado en no querernos.

Él: Habíamos quedado, dice.

Ella: Sí, habíamos quedado en que esto era un lío, nada más.

Él: Ya.

Ella: Y, bueno, seguro que si ahora me da un ataque de amor y enciendo la luz y te echo los brazos al cuello y te digo, con lágrimas en los ojos y gran intensidad, que me muero por ti y que quiero que nos vayamos a vivir juntos, sales corriendo.

Él: Prueba, a ver.

 

Ella: [se sienta en la cama y busca a tientas el interruptor de la luz]

Él: No, no, era broma, no me digas nada de eso, por favor.

Ella: ¿Ves?

Él: A simple vista no se nota lo mala que eres.

Ella: No soy mala. Mala sería si te mintiera.

Él: La verdad está muy sobrevalorada.

Ella: Sí.

Él: Cuando me das la razón me preocupo.

Ella: [se ríe]

Él: Pero es que hay miles de cosas muy sobrevaloradas. El sexo, por ejemplo.

Ella: ¿Lo dices en serio?

Él: En serio. El sexo está completamente sobrevalorado. No es para tanto. Yo prefiero ir a cenar.

Ella: [se calla]

Él: Ahora estás pensando que es lógico que yo prefiera ir a cenar, porque en la cama soy un desastre, pero que cualquiera de tus otros cinco mil amantes…

Ella: Pero qué imaginación más ruin. No estaba pensando eso.

Él: No. Lo que tenías que haber dicho era “no tengo cinco mil amantes, mi vida, sólo te quiero a ti”.

Ella: Ah. Pues lo que digo es que no eres ningún desastre en la cama.

Él: Gracias.

Ella: De nada. ¿Tu psicólogo no te dice que no hables mal de ti mismo?

Él: No. No me dice nada. Me cobra por escucharme durante una hora entera. No me interrumpe. Sólo faltaba.

Ella: Pero oye…

Él: ¿Qué?

Ella: ¿De verdad te parece que te trato como un zapato?

Él: Como diecisiete pares de zapatos. Viejos, además. Agujereados.

Ella: No, qué va.

Él: No me quieres.

Ella: Pero no te trato mal.

Él: Yo todo lo que no sea enamorarte perdidamente de mí lo considero maltrato.

Ella: [se ríe]

Él: Tú te debes creer que yo vengo a tu casa a follar. Que está muy bien, follar, pero yo quiero amor, cariño, compañía.

Ella: [deja de reírse]

Él: Lo que pasa es que es más fácil quedar para follar que para quererse. Y como visto desde fuera se parece tanto… Besos, abrazos…

Ella: Sí.

Él: Sí. Pero es una crueldad. Quiero decir, me das la parte más íntima de una relación, pero sin relación. Me coges el teléfono cuando te parece. Nunca quieres ir conmigo a ninguna parte. Ni a cenar. Te da vergüenza que nos vean juntos. En realidad sólo me quieres por mi cuerpo.

Ella: No. No me da vergüenza. Y una vez fuimos a cenar, y al cine. No, mentira, a cenar fuimos dos veces.

Él: ¿Y a la cama, cuántas veces nos fuimos?

Ella: No llevo la cuenta.

Él: Yo llevo la cuenta de las veces que me dejaste quedarme a dormir contigo en todo este tiempo: dos.

Ella: [suspira]

Él: ¿Entonces?

Ella: Entonces nada. Al principio estábamos de acuerdo y todo iba como una seda. El que cambió de idea fuiste tú. Y yo no puedo hacer nada para quererte. Eso pasa o no pasa, y a mí no me pasa contigo.

Él: ¿Te estás oyendo? Un maltrato como un piano. ¿Y por qué no me quieres?

Ella: Yo qué sé… Me he enamorado de tíos mucho peores que tú, que me daban mala vida, y tampoco sabía por qué los quería, ni podía dejar de quererlos así porque sí.

Él: [se calla]

Ella: Lo siento.

Él: Nada, nada. Lo que tengo que hacer es irme y perderte de vista de una vez. Hay unos feriantes rumanos que ya mismo salen de gira por el Perú, y como se les acaba de morir el oso bailarín…

Ella: ¿Qué?

Él: Pues que tengo una oferta de trabajo en firme.

Ella: ¿Pero tú sabes bailar?

Él: Maravillosamente.

Ella: Qué hombre.

Él: No sabes lo que te pierdes.

Ella: Sí sé.

Él: Anda, dime que me quieres.

Ella: Me gustas. Eres muy divertido. Eres bonito y a ratos me dan ganas de comerte.

Él: Vale. Me quedo. Los rumanos que se busquen otro oso.

Ella: Pero…

Él: Pero nada. Mientras te den ganas de comerme, me comes. Y cuando se te pasen, me voy al Perú.

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Tuesday, June 12, 2007

Convocatoria

Por la presente se les convoca al acto de pelar al perro Ramón, patrocinado por Tranquimazín® y Tijeras La Albaceteña, que tendrá lugar mañana domingo, en el patio de mi casa, a partir de las doce. Se agradecerán todas las sugerencias dirigidas a inmovilizar y/o contener al perro, que padece un trastorno por déficit de atención e hiperactividad, seriamente agravado por la visión de a) el barreño, b) el cepillo, c) las tijeras. Después, si sobrevivimos, se celebrará un asadero, amenizado con la presencia de lo que quede del perro Ramón, el gato Tom Zé, las dos tortugas, los ratones-okupa, Andresito y sus teclados, Lenny Kravitz, Enrique Bunbury y ustedes. Estaría bien que trajeran algo de beber.

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Friday, June 8, 2007

Mujer fantasma

Me siento en la cama, me pongo las gafas y miro. Está dormido. Durante medio segundo me olvido y me da ternura. Pero luego me vuelve el odio. Qué mal lo hizo, pienso envenenada, qué mal. Al principio me quería mañana, tarde y noche: yo era la reina de los mares. Y cuando empezaba a acostumbrarme al reinado y a disfrutarlo, se enredó con una chiquita rubia. No significaba nada, me explicó, él me quería igual que antes, o más, y si me lo contaba era porque la confianza y la comunicación son fundamentales en la pareja. Pero después le entraron dudas, le costaba aclararse, tenía sentimientos contradictorios; porque no era que no me quisiera, sino que no sabía si me quería lo suficiente, o mejor dicho, no sabía cómo me quería, para qué me quería. Todo esto me lo fue retransmitiendo en tiempo real. La sinceridad es una mierda. El diálogo, también.

Quedamos en darnos tregua hasta después de Carnavales. Pero claro, nos encontramos. Él iba de Jimi Hendrix, y yo, de mujer extraterrestre, con rastas plateadas y un fusil intergaláctico. Empezamos a hablar con mucho cuidado. Dio igual. En diez minutos nos estábamos peleando. A gritos. Bueno, yo gritaba más. Y le pegué, y le hice sangre en la nariz. No se enfadó. Me abrazó, me dijo “no te preocupes”. Me puse a llorar y me abrazó más. Acabamos en la cama. Y después se durmió.

Cómo puede dormir. Yo hace semanas que no duermo ni como casi. No entiendo nada. Ni sé cómo me acuesto con él, con este coraje que tengo. Cada poco se me enciende una foto en el cerebro (la más repetida es una de él abrazado a la chiquita rubia, comiéndosela a besos) y se me llevan los demonios, y a veces vomito. No lo puedo evitar. No tengo cabeza ni voluntad. Ya no sé quién soy. Ahora, que me estoy quedando flaca, flaca, regia. Estoy tremenda con el traje de extraterrestre.

Él se da la vuelta, resopla. Qué estará soñando. Lo miro más. Y qué va a pasar, me pregunto. Si se queda conmigo, si se va, da lo mismo. Si se queda nunca me voy a creer lo que me diga, me veo revolviéndole los bolsillos delante de la lavadora, pasándole el escáner por encima cuando vuelva a casa, olisqueando el aire a su alrededor, comprobando cada dato que me dé. Tendré que vivir con este fondo de odio y de vergüenza en el cuerpo. Y todo el mundo sabrá que me engañó y que me comí el orgullo y lo perdoné. Pero si se va me muero. No podré dejar de quererlo, ni querré a nadie más, no me recuperaré, me quedaré empantanada, siempre aquí, seré una mujer fantasma. No hay  remedio.

Entonces me viene un golpe de lucidez, y veo que la única salida, la única posibilidad de cerrar esta historia con cierta dignidad, es matarlo. Si él se muere sí se acaba todo. Ya no hay que decidir nada más. Lo pienso más. Es lógico. Está desnudo y dormido. Si lo hago bien no sufrirá apenas. No puede ser tan difícil, la gente se muere rapidísimo en los accidentes. En el cuello le late la sangre. Me levanto despacito y me acerco a la cocina. Abro el cajón de los cubiertos y no encuentro ningún cuchillo que merezca la pena. Busco en el fregadero, pero tampoco. El menos malo es el de las papas. Lo lavo, lo seco, me lo llevo a la cama. Me siento otra vez. Él sigue dormido. Miro dónde tendría que cortar. Aquí, en este huequito. Le paso la lengua. Está salado. Él apenas se da cuenta.

Y cuando estoy calculando cuál sería el ángulo más efectivo, se me enciende una foto. Una foto mía. Me veo en la cárcel, en el patio. Llevo un chándal celeste, estoy haciendo aerobic. Si lo mato, se me ocurre, me van a internar durante diez o quince años. ¿Y merece la pena? Me quedo un poco en la cama, con un ronroneo nuevo en el cerebro. Al final me levanto, me ducho, recojo el traje de extraterrestre del suelo y me lo pongo, arrugado como está. En la mano llevo las rastas y el fusil intergaláctico, que se quedó encendido y ya no tiene pilas. Dentro de un rato me querré morir, pero ahora me siento muy capaz de irme. Cierro la puerta sin hacer ruido.

Cuando ya estoy en la calle se me enciende otra foto. Él se despierta, desorientado, mira a mi lado de la cama y no ve más que el cuchillo de las papas.

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Monday, June 4, 2007

Especies distintas

Se conocieron en una fiesta, se gustaron, estuvieron seis años juntos.

Ella, con un cuidado de abeja o de hormiga, y con el aire de estar haciendo cualquier otra cosa mientras tanto, fue poniendo cimientos, levantando muros, pensando dónde debían ir los ventanales y las escaleras y las chimeneas, tendiendo los techos y los suelos, decidiendo para qué debía servir cada habitación y lo que se plantaba afuera, si era huerto o jardín o qué, y si se rodeaba con una tapia o se dejaba abierto. Fue disponiendo y cartografiando el espacio que era de los dos y que eran los dos.

Para él fue más bien cosa de subirse a un tren con ella y mirar qué iba pasando por la ventana y hacer alguna foto.

El mismo día, a la misma hora, la casa se vino abajo y el tren se paró en una estación donde los carteles no decían nada.

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