Reboso

Lo mejor que te puedo ofrecer es esto, contención, delicadeza, sonrisa, murmullos, la música bajita. Lo demás lo archivo aparte. Sólo que a ratos rebosa del archivo, sale en cataratas masivas, densas, nada predecibles, y llena una habitación, y otra, y otra, y deja en las paredes señales como las de las inundaciones, hasta aquí llegó el agua en 1966, dicen los muros de Florencia, orgullosos de su desgracia; hasta aquí llegué yo, mi amor, y te doy besitos breves en el cuello cuando el cuerpo entero se me levanta, se me abre, se me arquea, y oigo mi voz, que no sé de dónde sale, y pide cosas que ni siquiera sabía que quería, y no es que los besitos sean mentira, es que son un understatement, una parte muy pequeña de la verdad, que es escandalosa y muchas veces va a gritos, una banda de rock con 50.000 vatios de sonido, o una orquesta que toca una pieza de Wagner a cintarazos, y las convulsiones del aire se sienten mucho más allá del teatro; ah, pero yo no, yo pongo cuidado, me recorto, tan educada, porque quiero darte justo lo que no tengo, calma, paz, placer sin efectos secundarios, alcohol sin resaca, conversación sin preguntas incómodas, y no es fácil; el archivo, aunque lo deje cuidadosamente cerrado cada vez, no me ayuda nada, hierve, pasa del gris metálico al rojo vivo, amenaza con fundirse, y yo, que desde que sentí los primeros signos de peligro estoy asomada a la gaveta más alta, viendo con preocupación cómo burbujea, tengo que asegurar todas las puertas de la casa y buscar una excusa aceptable y escribirla en un cartelito y colgarlo fuera y enfrentarme discretamente a la lava y los estallidos y las nubes de vapor y las lenguas de fuego y de barro.

