Vida de Francisco Araña. Capítulo I
Francisco Araña, el poeta de Los Llanos, escribió tres volúmenes de versos sobre las pardelas, cosa muy meritoria, y después consiguió que se los publicaran, cosa aún más meritoria, rayana en lo sobrenatural. Es triste, pero las pardelas no tienen demasiada aceptación entre nosotros. Son unas criaturas grises, desmañadas, con cara de pena, que anidan en los acantilados. Están amenazadas por varias razones: porque la costa ya no es lo que era, con tanto turismo; porque hay quien las caza y se las come, asegurando que saben a pato; y porque se deslumbran con las luces de las farolas y los polideportivos, se estampan contra los muros y se quedan conmocionadas, y a veces se mueren, las pobres. Pero a Francisco Araña las pardelas le gustan y le inspiran intensamente.
Lo que pasa es que Francisco tiene tendencia a hablar solo, alto y claro, en sitios públicos, sobre todo en las guaguas y sus alrededores, y salpica sus teorías con citas de Plinio el Viejo y de Nietzsche. De manera que el vecindario piensa (acertadamente) que está mal de la cabeza, y en eso coincide con su psiquiatra, que le explica que el primer paso hacia la curación es aceptar que las enfermedades existen. Francisco Araña opina que las enfermedades son, por este orden, el psiquiatra, su familia y el vecindario, y está dispuestísimo a aceptar que existen y a lamentarlo. Pero parece que no es eso lo que quería decir el psiquiatra.
Francisco Araña confiesa humildemente que tiene sus miras puestas en el Premio Nobel, porque "los suecos sí son gente seria y decente y trabajadora, con cultura, no como estos debasos de aquí". Recuerda cómo nadie hizo caso a Tomás Morales, cómo Alonso Quesada se murió de aburrimiento, cómo Pérez Galdós tuvo que irse a Madrid. "¿Qué voy a esperar yo?", concluye. Luego sale disparado, en busca de víctimas nuevas.
