Cucarachas
Octubre de 1996. Estaba con Jose en la cama. Eran las tres o las cuatro de la mañana de un miércoles. Llevábamos poco tiempo juntos y todavía no necesitábamos dormir. Tuve sed, fui a la cocina a buscar agua, encendí la luz y vi una cucaracha enorme que subía por el cajón de los cubiertos. Volví corriendo a mi alcoba, con los ojos muy abiertos, y le dije a Jose: “Hay una cuca en la cocina”. Jose, tan alto, tan fuerte, tan hombre, se desencajó, puso cara de virgen dolorosa y gritó: “¡Mátala, mátala!”.
Agosto de 1997. Jose y yo estábamos a medio romper y pasábamos el fin de semana en un apartamento-estudio en la playa. Yo quería que nos arregláramos. Él no sé qué quería. La cocina estaba llena de cucarachas pequeñitas. No comimos nada. Y a la hora de acostarnos, no podíamos cerrar la puerta porque no había puerta. No dormí en toda la noche. Estuve callada, dando vueltas en la cama, sintiendo que me comían los bichos, por dentro y por fuera, deseando estar en otro sitio, en otro momento, ser otra. Mientras, Jose hablaba en sueños, pero no se le entendía.
Julio de 1999. Estaba con Rafa en la cama. Él dormía. A mí me despertó la iglesia de la Compañía, que daba las cinco de la mañana. Era martes, la segunda noche que pasábamos juntos. Entonces vi una cucaracha gigantesca que caminaba por el techo. Me aguanté las ganas de gritar. Le toqué el hombro y lo desperté. “Hay una cuca ahí arriba”, dije, bajito, y me levanté y me fui para la sala lo más rápido que pude, pero sin correr. Rafa miró a su alrededor, medio dormido, se levantó sin decir nada, salió de la alcoba, buscó el cepillo de barrer, cogió un trapo en la cesta de la ropa sucia, envolvió el cepillo con el trapo, entró en la alcoba, tiró a la cuca al suelo de un golpe certero y luego la remató. Salió de nuevo, cogió papel del baño, recogió los restos mortales de la cuca, lo echó todo a la vasija y tiró de la cadena. Luego puso el trapo en la cesta de la ropa sucia y colocó el cepillo en su sitio, detrás de la puerta de la cocina. Se volvió a la cama. Yo me acosté a su lado, maravillada. Me dio un beso. Me dormí.
Agosto de 2003. Rafa y yo nos estábamos separando, después de cuatro años de vida en común. Llevábamos dos meses y medio sin vernos, pero esa noche nos acostamos. Daba igual que fuera lunes o sábado. Era muy tarde. Entré en el baño de la que hasta entonces había sido mi casa, vi pinturas y cremas que no eran mías, y antes de que me diera tiempo de pensar más una cucaracha enorme pasó a mi lado. Grité y salí del baño a toda velocidad. No hizo falta decir nada. Rafa vino, cerró la puerta, dio unos cuantos golpes y volvió a la alcoba, triunfante. “Había tres”, dijo. Yo no hablé. Para qué.


Me llamó a las once de la noche, desencajada...había una cucaracha en el salón,- ven rápido- me dijo.
Salí del restaurante a toda leche, volví a casa saltándome los semáforos en rojo, llegué sin aliento. Las niñas estaban perfectamente, efectivamente había una cucharacha enorme en medio del salón, patas arriba por el efecto de los productos desinsectantes...desinsecto la casa cada año, vivimos en el campo, con animales y hay mucho bicho, no se lo había dicho. Maté al intruso con un cepillo, lo barrí y lo tiré a la basura. Mi marido miraba a la Lupe subida a un sillón y a mi hija de cuatro años con una sonrisa maligna.
Tranquilizé a La Lupe, que cambió los planes y se quedó en su casa esa noche, mientras la bajaba a su casa me contó sus historias de cucarachas y amores...
He dejado otras muchas veces las niñas a su cargo, y no han aparecido más cucarachas desde entonces. Tengo su declaración de admiración eterna y ella tiene toda mi confianza. A lo mejor todo deriva en una preciosa historia de amor y sexo, y la cucaracha sólo apareció para avisarnos. (Comment this)