Dormir sola
Durante años durmió con su marido. Entonces se separaron, y ella tuvo que acostumbrarse a dormir sin él. No dormía sola, sino con el espacio vacío que su marido había dejado en la cama. El vacío era más alto, más fuerte que él, y estaba muy vivo. A veces se le oía respirar.
Pasó tiempo. Años. El vacío fue menguando y apagándose hasta que desapareció. No hizo falta enterrarlo. Ella empezó a dormir sola. Toda la cama para ella.
Una noche se trajo a un muchacho a casa. El muchacho sonreía y hablaba poco. Se abrazaron, se enredaron, no durmieron.
Después de eso empezó a dormir sola, pero con el móvil al alcance de la mano, porque este muchacho le mandaba mensajes de madrugada, y ella quería leerlos y sentir el pellizco a la hora que fuera. Acabó durmiendo con el muchacho, aunque el muchacho estaba, la mayor parte de las veces, en otro sitio. Llegó un momento en el que el muchacho ya no estaba nunca.
Y ella volvió a dormir con un espacio vacío. Éste ocupaba casi toda la cama y casi toda la manta. Daba mucho frío.
A fuerza de tiempo y de empeño consiguió dormir más o menos sola. Aunque a veces soñaba con su marido, con el muchacho, con los espacios vacíos. Se movían a su alrededor, hablaban, la tocaban. Ella se despertaba y se sacudía como un perro mojado, pero los sueños le dejaban un residuo pegajoso que duraba todo el día. “Quiero dormir sola”, se decía, “quiero dormir sola”, y se reía, porque le parecía un deseo muy triste.

