Bellas y sumisas

Las doce del mediodía en una peluquería de Las Palmas de Gran Canaria. Una señora de melena negra, tez aceitunada y cejas de frondosidad amazónica se sienta en un sillón rosado y pide ondas rubio platino. La peluquera la examina con aire científico a través del espejo y le dice: “Desintoxícate. Marilyn no. Venga, repítelo conmigo hasta que te lo creas: 'no soy Marilyn ni lo voy a ser'. Lo más que puedo hacer es darte unos reflejitos castaño-dorados o rojizos. Pero vamos, tú no sales de aquí con el pelo frito”. La señora pone cara de pena y se encoge de hombros. “Y lamentaciones ni una. A ver si empiezas ya a aceptar la realidad. Que no tienes quince años”.
Escenas como ésta se producen cada día en Sinescrúpulo's, la peluquería de Clara Navarro. “Aquí se le dice la verdad a la clientela”, explica ella, “y si les duele, pues que les duela: que se espabilen. Mi trabajo no es hacerles felices, sino, en lo posible, menos feos”.
¿Se acuerdan de aquello de que el cliente siempre tiene la razón? Bueno, pues aquí no la tiene nunca, y aún así el negocio marcha viento en popa. Clara lo razona: “trabajamos así por dignidad profesional, porque tenemos un prestigio que mantener, y por el bien de las personas que acuden a nosotros. Esta gente normalmente no tiene ni idea. No digo que sean más tontos que la media de la humanidad, pero vamos, no saben nada de estética, no están al día, no leen las revistas adecuadas, no se fijan en las pasarelas ni en las tendencias... Son, para que me entiendas, unos antiguos, están llenos de prejuicios ridículos y necesitan mano dura”.
Estas criaturas descarriadas pagan para que les corten, les peinen, les den color y, sobre todo, órdenes. Clara lo tiene todo previsto. Hay un guardia de seguridad en la puerta, por si algún cliente se pone recalcitrante. “No es lo más común, pero a veces pasa”, confiesa la peluquera. Recuerda a una señora que sólo quería alisarse el pelo para una boda, a la que hubo que reducir e inmovilizar para hacerle un corte aceptable, “porque de mi establecimiento no podía salir con esas greñas”...
Y a otra que peleó como una leona para conservar las canas y el bigote, pero que cayó ante el ímpetu combinado de Clara, dos empleadas y el guardia, que, paradójicamente, fue el que le aplicó la cera caliente en el labio superior y terminó con su resistencia. “Aquí estoy aprendiendo muchas cosas”, dice, contrito, el guardia, “pero si te digo la verdad prefería el centro de menores, que era más tranquilo”. Clara es, además, cinturón marrón de taekwondo, que “nunca se sabe cuándo te van a hacer falta las artes marciales”.
La peluquera barajó muchos nombres antes de colocar el cartel definitivo sobre la puerta. “Algunos los descarté porque eran demasiado étnicos, como por ejemplo Cállese la boca, Boberías ni una o Abájame el belfo; porque yo quiero trascendencia internacional, ¿sabes?, quiero abrir una cadena de peluquerías con sede en Madrid, París, Nueva York... y no lo iban a entender. Así que al final la cosa estaba entre Verdades como puños, Despiadadamente’s, que me gustaba mucho, Calladita estás más guapa... Sin pelos en la lengua lo dejamos ir porque era demasiado obvio. Y entonces se nos ocurrió Sinescrúpulo's, que tiene tanta sonoridad”.
Los clientes salen con la cabeza a gusto de Clara y las manos llenas de geles, espumas y champús de gama alta que compran por las buenas o por las malas. Se llevan, además, una tarjetita en la que se les dice cuándo deben volver; si se retrasan les cae un responso. La capacidad de convicción de Clara es mucha. Esta reportera, que fue sólo a informarse y a escribir, salió con la nuca rapada, luciendo un elegante dibujo tribal en bajorrelieve. Y el fotógrafo perdió las rastas y las patillas dickensianas.


Animo y gracias por los articulos que escribes en el blog. Que son un claro ejemplo para la reflexión. (Comment this)