Ciudad rosada
Me miro al espejo y abro la boca. En la garganta tengo una ciudad hecha de torres rosadas, húmedas, brillantes. Veo gente minúscula que camina por las calles, caballos, carruajes. Una mujer se asoma a una ventana alta y canta. La música se me resbala por la lengua y me la trago y está fresca y sabe a granada. Entonces me preocupo y pienso si no me habré tragado también a la mujer. Pero no, sigue ahí, y ahora va a cantar algo salado.

