El Día del Monaguillo
¿Se le ocurre mejor manera de pasar un domingo primaveral que celebrando el Día del Monaguillo? No, ¿verdad? Pues sepa que se trata de una jornada de convivencia festiva, que combina rezos y diversión. La organiza el Obispado, que este año ha conseguido reunir a 150 chicos de entre 8 y 12 años, y todo bajo el siguiente lema: “Que Jesús derrame su amor sobre mí”.
Los monaguillos llegaron al seminario de San Eusebio a las 8.30 de la mañana del domingo, vestidos con sus mejores galas. El padre Joselito los recibió, les dio la bienvenida afectuosamente, les pasó revista y los pastoreó hacia uno de los patios interiores de este elegante edificio dieciochesco, para que se sacasen una foto de grupo y, según nos explicó, “pudieran llevarse a casa un recuerdo de este día tan señalado”. Como a primera hora los chicos andaban un poco soñolientos, el fotógrafo de la diócesis le dijo al padre Joselito que hiciera por darles chispa; y el cura, lleno de recursos y de espíritu, les pidió que cantasen a coro el Dorondondón, el himno del monaguillo hispanoparlante, que reproduce de forma fidedigna el sonido cristalino de las campanas llamando a misa. Los chicos obedecieron y sus trinos se elevaron hasta el cielo.
En la foto se les ve a todos muy sonrientes. También contribuyó a la animación general el hecho de que Manolín, de la parroquia de San Esteban, tropezara con la pierna casualmente extendida de uno de sus compañeritos, y se cayera en un charco de considerables dimensiones, y se llevara un hermosísimo (y merecido) pescozón del padre Joselito, por armar escándalo y por ensuciarse la ropa de ayudar en misa. A Manolín se le reconoce enseguida en la foto; tiene el rostro embadurnado de barro, y sonríe con especial énfasis, se diría que con fiereza.
Después los chicos se reunieron en la capilla y dedicaron unos minutos (hora y media, para ser exactos) a la oración. Manolín entró un poco tarde, porque empleó algo de tiempo en identificar a aquel de sus compañeritos que había extendido casualmente la pierna (Alvarito, de la parroquia de Santa Marina) y en convencerle, con efectividad y discreción, para que no volviese a perder el control de sus miembros. Alvarito también se retrasó, pero el padre Joselito no le reprendió, porque nada más verlo se hizo cargo de que en el pecado llevaba la penitencia. En concreto, un ojo semicerrado de color púrpura.
A continuación llegó la hora del almuerzo, amenizado por la orquesta Corderitos de Dios. Los chicos comieron y conversaron tan abundante como amigablemente. Luis Alberto, de la parroquia de Santo Domingo de la Calzada, tomó su tenedor y pinchó a Rafael, de la parroquia de la Virgen de la Caridad, en una zona sensible, cosa que desató cierta inestabilidad en el extremo oeste del comedor; el padre Joselito se levantó y puso orden, pero no pudo evitar que Rafael depositase su silla sobre los lomos de Luis Alberto con más energía de lo que habría sido de desear, ni que éste se lamentase a grandes voces y respondiese dando patadas por doquier y volcando la mesa a la que estaba sentado. A todo esto, la orquesta interpretaba el hit 'Yo tengo un gozo en el alma (grande)'. “Es difícil contener los ímpetus de los chicos”, señaló el padre Joselito, comprensivo, mientras sostenía a Luis Alberto por la oreja y a Rafael por el cuello de la camisa. “Pero con cariño y seriedad todo se consigue. Es preciso tener carácter para ser monaguillo: todos han de ser capaces de desempeñar sus funciones con entusiasmo, y a la vez, con recogimiento y devoción; deben servir en el altar como si cada vez estuvieran jugando la final de la Supercopa, pero sin los personalismos ni ataques de ego tan propios de los futbolistas”.
La jornada terminó con gran éxito de crítica y de público. “Para ellos es una oportunidad de oro, ésta de confraternizar con sus compañeros de otras parroquias”, indicó el padre Joselito, mientras separaba a Manolín y a Alvarito, que habían encontrado un nuevo motivo de disensión y estaban intercambiando escobazos con gran aprovechamiento. Aunque nunca llueve a gusto de todos, y no faltó la nota discordante: a la puerta del seminario se produjeron dos manifestaciones. Una de chicas que querían ser monaguillas y clamaban por la igualdad, portando pancartas incendiarias con expresiones que no podemos ni queremos reproducir en este nuestro boletín; y la otra de jubilados, que no entendían por qué tanta discriminación y vociferaban que ellos podían hacer cualquier cosa "mucho mejor que esos mocosos”.

