Rubia y resuelta
Mi vida entre los asesinos en serie. En la mente de los criminales más famosos del mundo
Helen Morrison y Harold Goldberg
Ediciones Océano (24,40 euros)
Empecé a leer este libro con mucho entusiasmo, porque las historias de psiquiatras y asesinos en serie me gustan sin parar. La contraportada decía que era una obra estremecedora, escalofriante. Bueno. Cuando llevaba tres capítulos me asaltó una duda: ¿la autora llegaría viva al final? ¿O alguno de los asesinos la descuartizaría antes? El libro lo firman dos personas, razoné, así que cabía la posibilidad de que la doctora Morrison hubiera entregado el alma al Señor en torno a la página 200, y entonces Goldberg, que no es doctor ni nada, podría haber terminado de escribirlo, contando los detalles. Aunque, me dije, en ese caso era poco probable que el nombre de Helen Morrison saliese en letras diez veces más grandes que el del pobre Harold. Esto me llevó a pensar en P.G. Wodehouse o en Groucho Marx (no me acuerdo bien y ahora no puedo buscar la referencia, perdónenme), que se reía de la costumbre de los americanos de publicar libros de memorias del siguiente tipo: “LA VIDA DE SIGSBEE H. SWORDFISH, INCOMPARABLE MAGNATE DEL ACERO, POR SIGSBEE H. SWORDFISH”, y luego, con una tipografía minúscula, hecha como para hormigas-halcón, “tal y como se la contó a Jim Twill, periodista”.
Pero vuelvo a los asesinos en serie. A pesar de que la doctora Morrison dedicó más de cuatrocientas horas a conversar con veinte criminales de probada malignidad (de uno en uno), y a pesar de que el método de la doctora consistía en preguntarles una y otra vez lo mismo y lo mismo y lo mismo, hasta que le contestaban algo que le parecía útil, ninguno de los asesinos se exasperó lo suficiente como para matarla. O por lo menos, para darle un cachetón o dos. Un empujón más que fuera.
No lo entiendo.Yo, que no soy una asesina en serie y que tengo mis peores instintos bajo control la mayor parte de los días, la hubiera matado desde el minuto uno. Porque es insufrible. Verán. La doctora Morrison es la mujer más enterada del mundo. Ha estudiado las mejores carreras y los mejores másters en las mejores universidades. Ha superado a sus colegas en todos los juicios, congresos, discusiones, comparecencias, debates televisivos y/o radiofónicos que se le han presentado. Sabe más que nadie de psiquiatría forense, de historia universal, de criminología, de cine, de filosofía, de baloncesto, de buenas costumbres, de labores de aguja. Es la más elegante, la más atractiva, la más segura de sí misma; su marido es el más brillante de los neurocirujanos y viene de la más europea de las familias de Nueva Inglaterra (lo dice ella, textualmente, y a continuación explica, orgullosa, que llevaba guantes blancos el día en que le presentaron a la abuela; esto tendrá algún sentido, claro, pero a mí se me escapa); por supuesto, su matrimonio es gloriosamente feliz; sus hijos son estudiosos, deportistas y sonríen todo el tiempo, y no saben nada de los insondables abismos de la mente humana en los que ella se ve obligada a sumergirse; en fin, esta bella (pero inteligente) mujer no hace sino trabajar y triunfar y profundizar en lo peor de lo peor (no por morbo ni curiosidad insana, aclara, sino por espíritu científico) y hornear tartas de manzana y llevar a sus niños a partidos de béisbol y asistir a galas benéficas y a funciones de ópera; es infinitamente arrogante y estirada, y, me juego lo que sea, mira por encima del hombro tanto a los asesinos en serie como a la gente que aún no ha matado a nadie; y si a estas alturas ustedes no tienen aunque sean unas pocas ganas de quitarla de enmedio, es que no son humanos.
Uno de los criminales perturbados a los que entrevista le escribe una carta desde la cárcel en la que parece confundirla, al menos momentáneamente, con su mujer. La doctora se sorprende y se ofende toda, porque, dice, “ella es morena, anodina y callada, y yo, rubia y resuelta”. Es un error inaceptable. La doctora presume de no haber cogido cariño ninguno a los asesinos a los que interrogó, por más que todos ellos quedaron prendaditos de ella (y cómo no). Ah, pero es que la doctora es extremadamente profesional y objetiva. Dice que la Clarice Starling de ‘El silencio de los corderos’ está inspirada en su vida, sólo que ella jamás habría cometido errores tan lamentables... Yo qué sé. Cuesta trabajo sobre el papel; imagínense en carne y hueso. Habría sido de justicia redimir unos pocos años de pena a los criminales por sobrellevarla con tanta ecuanimidad. Aunque igual fue porque estaban en prisión, encadenados, esposados y vigilados.
Hubo una imagen que me gustó mucho. De niño, cuenta la doctora, uno de sus asesinos “tenía horribles pesadillas en las que le atacaba una goma de borrar rosa”. ¿No es bonito?


"Que lleva a un ser humano a matar a otro de forma sistematica y rutinaria? Como se llega a ser un asesino en serie? Se han hecho muchos estudios criminologicos sin embargo los reales motivos quedan sin ser develados , porque los criminales mismos no tienen una explicación valida de sus comportamiento. Matan porque sí".
Ese matan porque sí, me ha matao. Espero que usted, oh Lupe, comparta esta agonía. Sería para mí un enorme consuelo.
Jaco Le destripeur (Comment this)
A mi lo que me da miedo es que tengan encarcelados a los asesinos en serie y a esa perla que usted describe la dejen suelta por el mundo. (Comment this)