No
[Están en la cama, a oscuras. Son las dos y media de la mañana]
Él: Oye...
Ella: ¿Qué?
Él: ¿De verdad no me quieres?
Ella: No.
Él: ¿Nada?
Ella: Nada.
Él: ¿Y no me tienes cariño?
Ella: [no contesta, sólo le da un beso al azar, donde caiga, y cae en la cabeza]
Él: Joder. Es horrible.
Ella: Lo siento.
Él: Tú me tratas como un zapato y yo cada vez te quiero más.
Ella: Yo no te trato como un zapato. Te digo la verdad. Y habíamos quedado en no querernos.
Él: Habíamos quedado, dice.
Ella: Sí, habíamos quedado en que esto era un lío, nada más.
Él: Ya.
Ella: Y, bueno, seguro que si ahora me da un ataque de amor y enciendo la luz y te echo los brazos al cuello y te digo, con lágrimas en los ojos y gran intensidad, que me muero por ti y que quiero que nos vayamos a vivir juntos, sales corriendo.
Él: Prueba, a ver.
Ella: [se sienta en la cama y busca a tientas el interruptor de la luz]
Él: No, no, era broma, no me digas nada de eso, por favor.
Ella: ¿Ves?
Él: A simple vista no se nota lo mala que eres.
Ella: No soy mala. Mala sería si te mintiera.
Él: La verdad está muy sobrevalorada.
Ella: Sí.
Él: Cuando me das la razón me preocupo.
Ella: [se ríe]
Él: Pero es que hay miles de cosas muy sobrevaloradas. El sexo, por ejemplo.
Ella: ¿Lo dices en serio?
Él: En serio. El sexo está completamente sobrevalorado. No es para tanto. Yo prefiero ir a cenar.
Ella: [se calla]
Él: Ahora estás pensando que es lógico que yo prefiera ir a cenar, porque en la cama soy un desastre, pero que cualquiera de tus otros cinco mil amantes...
Ella: Pero qué imaginación más ruin. No estaba pensando eso.
Él: No. Lo que tenías que haber dicho era “no tengo cinco mil amantes, mi vida, sólo te quiero a ti”.
Ella: Ah. Pues lo que digo es que no eres ningún desastre en la cama.
Él: Gracias.
Ella: De nada. ¿Tu psicólogo no te dice que no hables mal de ti mismo?
Él: No. No me dice nada. Me cobra por escucharme durante una hora entera. No me interrumpe. Sólo faltaba.
Ella: Pero oye...
Él: ¿Qué?
Ella: ¿De verdad te parece que te trato como un zapato?
Él: Como diecisiete pares de zapatos. Viejos, además. Agujereados.
Ella: No, qué va.
Él: No me quieres.
Ella: Pero no te trato mal.
Él: Yo todo lo que no sea enamorarte perdidamente de mí lo considero maltrato.
Ella: [se ríe]
Él: Tú te debes creer que yo vengo a tu casa a follar. Que está muy bien, follar, pero yo quiero amor, cariño, compañía.
Ella: [deja de reírse]
Él: Lo que pasa es que es más fácil quedar para follar que para quererse. Y como visto desde fuera se parece tanto... Besos, abrazos...
Ella: Sí.
Él: Sí. Pero es una crueldad. Quiero decir, me das la parte más íntima de una relación, pero sin relación. Me coges el teléfono cuando te parece. Nunca quieres ir conmigo a ninguna parte. Ni a cenar. Te da vergüenza que nos vean juntos. En realidad sólo me quieres por mi cuerpo.
Ella: No. No me da vergüenza. Y una vez fuimos a cenar, y al cine. No, mentira, a cenar fuimos dos veces.
Él: ¿Y a la cama, cuántas veces nos fuimos?
Ella: No llevo la cuenta.
Él: Yo llevo la cuenta de las veces que me dejaste quedarme a dormir contigo en todo este tiempo: dos.
Ella: [suspira]
Él: ¿Entonces?
Ella: Entonces nada. Al principio estábamos de acuerdo y todo iba como una seda. El que cambió de idea fuiste tú. Y yo no puedo hacer nada para quererte. Eso pasa o no pasa, y a mí no me pasa contigo.
Él: ¿Te estás oyendo? Un maltrato como un piano. ¿Y por qué no me quieres?
Ella: Yo qué sé... Me he enamorado de tíos mucho peores que tú, que me daban mala vida, y tampoco sabía por qué los quería, ni podía dejar de quererlos así porque sí.
Él: [se calla]
Ella: Lo siento.
Él: Nada, nada. Lo que tengo que hacer es irme y perderte de vista de una vez. Hay unos feriantes rumanos que ya mismo salen de gira por el Perú, y como se les acaba de morir el oso bailarín...
Ella: ¿Qué?
Él: Pues que tengo una oferta de trabajo en firme.
Ella: ¿Pero tú sabes bailar?
Él: Maravillosamente.
Ella: Qué hombre.
Él: No sabes lo que te pierdes.
Ella: Sí sé.
Él: Anda, dime que me quieres.
Ella: Me gustas. Eres muy divertido. Eres bonito y a ratos me dan ganas de comerte.
Él: Vale. Me quedo. Los rumanos que se busquen otro oso.
Ella: Pero...
Él: Pero nada. Mientras te den ganas de comerme, me comes. Y cuando se te pasen, me voy al Perú.

