Zinc
Los de primero decidieron hacer un asadero para festejar el fin de curso. Todavía era el mes de abril, pero a ellos les daba igual. Se repartieron las tareas: unos fueron a comprar la comida (chuletas, chorizos parrilleros, muslos de pollo), otros se encargaron de la bebida (toda la posible en cantidad, variedad y graduación), y a Quique le tocó llevar la tela metálica sobre la que se iba a asar la carne. Como eran ya las ocho menos cinco, y muy a su pesar, porque él no era dado a las prisas ni a los agobios, salió corriendo hacia la ferretería más cercana. Allí recuperó el aliento y le pidió al ferretero un metro de tela metálica. El ferretero le preguntó para qué la quería. Quique respondió “para un asadero”. “Pues entonces”, dijo el ferretero, “no te la puedo vender, porque está galvanizada y contiene importantes concentraciones de zinc, que, como sabes, es tóxico si se somete a altas temperaturas”. Quique no sabía. Además ya habían dado las ocho, por más que se esforzara no iba a llegar a ninguna otra ferretería, y si se presentaba en el asadero con las manos vacías lo iban a ejecutar allí mismo, sin juicio ni nada. “¿Y no tiene otra menos venenosa?”, preguntó. “No, todas están recubiertas de zinc, ¿tú no has oído hablar de la fiebre por humos metálicos?”. Quique no. “Escalofríos, fiebre irregular, sudoración profusa, náuseas, dolor de cabeza, cansancio extremo”, cantó el ferretero. “Pero oiga, en lo que va de año estuve como en trescientos asaderos”, calculó Quique, “y en todos había una tela metálica cualquiera al fuego, y yo estoy perfectamente, y mis amigos también”. El ferretero se empeñó en que no y que no: porque él tenía conciencia y escrúpulos y no podía vender nada que fuera a envenenar a las personas, ni siquiera un poco, y menos a un muchacho tan joven y tan amable y con tanta vida por delante. La cosa quedó ahí. Y entonces el ferretero puso cara de haber tenido una idea luminosa y le dijo a Quique que se esperase un segundito, que total ya era la hora, que cerraba la tienda, iban para su casa y le dejaba una parrilla que tenía él, perfectamente homologada. Quique empezó a decir “no se moleste”, pero el ferretero estaba tan firme en su postura que se rindió. Cerraron la tienda, echaron las persianas metálicas (“¿y las persianas éstas no están galvanizadas?”, “pero no es lo mismo, hombre, no las voy a poner al fuego con diez kilos de chuletas encima”, “ya, claro, visto así”), y caminaron brevemente hacia la casa del ferretero, que tenía un montón de niños y una señora bastante extrañada de ver a Quique, con las melenas y las barbas y la camiseta de Metallica, allí, de pie, en la sala. El ferretero tardó poco en encontrar la parrilla en las profundidades de la despensa y se la entregó a Quique con gran entusiasmo. Él dio las gracias, se despidió y se fue. Y por el camino se dio cuenta de la gran amabilidad del ferretero, y le vino una especie de flash y se quedó parado en medio de la calle, y tuvo ganas de volver a casa del hombre para darle unas gracias más intensas y más agradecidas. Pero luego decidió que mejor no, que cuando le devolviera la parrilla ya se pondría expresivo y afectuoso. Y se fue, barranco abajo, hacia el asadero, que se celebraba debajo de un puente, a varios cientos de metros de la civilización. El asadero fue largo y fructuoso, y Quique no volvió a su casa hasta la mañana siguiente, borracho perdido, cantando una versión thrash-metal del pasodoble Islas Canarias. Se olvidó la parrilla. De hecho no se acordó de nada hasta que ya habían pasado tres días y estaba dormitando en clase de Geografía Física. “Hostia”, dijo. “¿Qué?”, le preguntó Matías, su compañero. “La parrilla”. “¿La qué?”. Quique le contó la historia y terminó diciendo que tenía que ir urgentemente a comprar una parrilla para devolvérsela al ferretero con todas las disculpas del mundo. Matías se lo pensó. “Para mí que el tío es maricón, porque si no, ¿de qué iba a preocuparse tanto por ti?, ¿qué más le daba a él que te envenenases? Además, prestarle la parrilla a un desconocido... y con la pinta que tú tienes... nada, está claro, maricón con ganas de fiesta. Igual quería que lo llevaras al asadero”. De fondo, la profesora hablaba de pliegues y fallas y orogenias y nadie le hacía caso. Quique se ofendió todo y le dijo a Matías que parecía mentira que fuera incapaz de ver la diferencia, que el hombre no era maricón, sino generoso, buena persona, y que desde que saliera de clase iba a ir a por la parrilla sin falta. Pero luego se le fue de la cabeza. Y cuando volvió a acordarse le dio nosequé y lo dejó para luego. Y el tiempo pasó cada vez más, y llegó el momento en el que se cumplieron tres meses, y Quique se dijo que a esas alturas era ridículo aparecer por allí con una parrilla nueva en las manos y decir “muchísimas gracias, de verdad, es usted un excelente ferretero y una bellísima persona, siento haber venido noventa días tarde”, la cantidad de explicaciones que tendría que dar, así que lo que hizo fue evitar los alrededores de la ferretería hasta la hora de su muerte. Que tampoco, porque en unos pocos años la ferretería se convirtió en un supermercado.


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