Wednesday, February 28, 2007

Japimil

 

Mira, perdona, no hace falta que me des nada si no quieres, pero déjame que te cuente, que nunca me dejan, me da una rabia, la gente es verme y agarrarse al bolso y decirme “no”, que no me da tiempo ni de abrir la boca, pero no me estoy refiriendo a ti, ¿sabes?, que tú ya lo tenías agarrado antes de que yo llegara, casualidad, será, claro, y fuá, cómo voy a robar yo nada con este cuerpo, mira qué piernas para correr, mira qué brazos, si me da una hostia cualquiera y me parte en dos, qué va, primero al hospital y luego al talego, no, no: yo soy toxicómana, eso se ve, no lo niego, pero no robo, fuá, lo que me faltaba; yo me acabo de poner, ¿sabes?, hace un ratito, y ahora estoy muy bien, pero no sé cuánto me va a durar, porque yo no me pincho, yo me lo fumo, mira, ¿ves?, y entonces eso, que no sé cuánto me va a durar, a veces el mono me vuelve en media hora, o una, a veces tarda más, dependerá, digo yo, de la calidad, ¿no?, y tengo que aprovechar lo que me dure para comer algo, porque enmoná es que no puedo comer, fuá, lo arrojo todo, se me pone una cosa aquí, y lo que como cuando puedo es un Japimil, ¿sabes?, también por lo de los dientes, que se me fueron cayendo todos, y el Japimil me va bien, vale tres euros, me pido los marnagues de pollo y las papas y el danap, ahora están regalando un perro de peluche también, chiquitito, y entonces eso, que si me puedes dar algo te lo agradezco, y si quieres vienes conmigo y me lo compras tú, para que veas que no me lo gasto en droga ni en alcohol, si no nada, a ver si llego al Mardonal antes de enmonarme, sí, un euro está bien, no te voy a decir yo cuánto me tienes que dar, gracias, ¿eh?, adiós, adiós.

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Saturday, February 24, 2007

Costillitas de olivo lechal

Por favor, póngase en situación. Entra usted en un restaurante que se llama Arbequinamente, se sienta, echa un ojo a la carta y se decide por unas “Brochetas mediterráneas con dátiles y arroz de las marismas”. Pide un Rioja para acompañar. El camarero le sirve, y cuando, en el momento de acercarse el pincho a la boca, lo mira usted con detenimiento, descubre que lleva ensartados ocho trozos simétricos de pino, encina y olivo, suavemente especiados. ¿Le fallan los sentidos? ¿El alcohol le nubla la vista? No: es que está usted en casa de Antonio Cardenillo, un cocinero creativo que lleva años guisando madera y defendiendo las múltiples virtudes de este ingrediente tan poco frecuente en nuestras mesas (bueno, encima de ellas).

 

Antonio, que es natural de Carcabuey (Córdoba) y acaba de cumplir 42 años, se enciende de rabia viendo “cómo la gente desprecia lo que no conoce”. Apela a la historia: se remonta a “aquellos siglos oscuros en que los europeos consideraban que las papas sólo servían para alimentar a los cochinos, y los tomates, para adornar los sombreros de las señoras finas”. Casi se le saltan las lágrimas cuando piensa en la cantidad de metros cúbicos de madera que se pierden cada año, en el camino sin retorno que lleva a la leñera…

El plato estrella de Antonio son las costillitas de olivo lechal. Pero no son pocas sus creaciones: su revuelto de bellotas y virutas de encina, su chanfaina de raíz de alcornoque y trufa, su paté de hígado de algarrobo con dulce de membrillo, su crema de acebuche y albahaca… Cardenillo es firme defensor de los productos de la tierra, aunque alguna incursión ha hecho en las cocinas del mundo (chop suey con médula de abeto chino, feijoada con jacarandá, tabouli con ramitas de cedro, ensalada tibia de palma real…).

 

 

Hay dos preguntas inevitables a estas alturas. La primera: ¿cómo convierte algo que es por naturaleza seco y fibroso, áspero, tejido con millones de astillas punzantes, en plato de gusto? La segunda, más difícil aún: ¿dónde tiene el olivo las costillas? “La ignorancia es muy atrevida, perdóname que te lo diga”, responde Antonio en voz baja, con los ojos llameantes. “Cuando la madera es fresca y está bien cortada, bien elegida, bien tratada y bien guisada, es perfectamente asimilable para el organismo metabólico del ser humano: más te digo, para el de los perros, que los míos se alimentan de las sobras de la cocina y míralos, lo bien criados que están. Y las costillas…para encontrarle las costillas al olivo hace falta experiencia”.

 

 

Eso a Antonio no le falta. Sus padres tenían una casa de comidas. Él creció entre fogones, y se llevó muchos pescozones por arrimarse demasiado al fuego. A los 16 años preparó su primer estofado (de ternera; aún no había visto la luz) y después, lleno de ardor juvenil, de inquietudes, deseoso de entrelazar las tradiciones antiguas de su familia con sus propias ideas, empezó a innovar. Comenzó empanando filetes con serrín de olivo, y los comensales apenas protestaron; luego acompañó un atún encebollado “con unos taquitos de olivo bien dorados, con su ajito y su perejil”. Ya desde los primeros momentos glorificaba el material que mejor conocía, “que además es de una calidad incuestionable. Desde aquí quiero reivindicar una denominación de origen para la madera de olivo de Carcabuey, aromática y rica como pocas en el mundo”.

 

 

El siguiente paso, más atrevido, fue una sopa fría, un gazpacho de madera que le valió las primeras críticas abiertas de los parroquianos de la casa de comidas de sus padres. “Fue muy triste que me quisieran cortar las alas”, dice sombrío, “pero de esto prefiero no hablar”. Tampoco lo pasó bien en la mili: estuvo destinado en las cocinas, sí, pero vio muy limitado el suministro de materias primas que estimulasen su creatividad. “Porque en Carcabuey yo me salía al campo con una hachuela y me traía lo más fresquito para mi cocina en cinco minutos, pero en el cuartel…”. Después de un intento de convertir en croquetas dos de las patas de una mesa picada de carcoma, que acabó con un conato de linchamiento y dos semanas de calabozo, Antonio decidió aguardar hasta la vuelta a la vida civil para seguir experimentando. “Guisar, guisé bien poco”, recuerda, “pero pensé mucho, y en esos meses nacieron, por ejemplo, mis spaghetti de pino carrasco y mi pastel fresco de trucha y encina”.

 

 

“Si es que la madera es muy buena desde el punto de vista nutricional”, sostiene convencido. “Es baja en calorías, alta en fibra, no contiene azúcares, ni grasas de ningún tipo; rebosa vitaminas, renueva la flora intestinal y ayuda a los jugos gástricos; es muy sana para la dentadura, evita la placa y el sarro”. A esto hay que añadir que es barata, se conserva estupendamente sin necesidad de frío ni conservantes de ninguna clase. “Y resulta muy versátil, se puede presentar de mil maneras distintas y siempre sorprende”, remata, feliz. “Si vieras las caras de asombro que ponen cada día mis comensales en el restaurante…”

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Wednesday, February 21, 2007

Dormir sola

Durante años durmió con su marido. Entonces se separaron, y ella tuvo que acostumbrarse a dormir sin él. No dormía sola, sino con el espacio vacío que su marido había dejado en la cama. El vacío era más alto, más fuerte que él, y estaba muy vivo. A veces se le oía respirar.

Pasó tiempo. Años. El vacío fue menguando y apagándose hasta que desapareció. No hizo falta enterrarlo. Ella empezó a dormir sola. Toda la cama para ella.

Una noche se trajo a un muchacho a casa. El muchacho sonreía y hablaba poco. Se abrazaron, se enredaron, no durmieron.

Después de eso empezó a dormir sola, pero con el móvil al alcance de la mano, porque este muchacho le mandaba mensajes de madrugada, y ella quería leerlos y sentir el pellizco a la hora que fuera. Acabó durmiendo con el muchacho, aunque el muchacho estaba, la mayor parte de las veces, en otro sitio. Llegó un momento en el que el muchacho ya no estaba nunca.

Y ella volvió a dormir con un espacio vacío. Éste ocupaba casi toda la cama y casi toda la manta. Daba mucho frío.

A fuerza de tiempo y de empeño consiguió dormir más o menos sola. Aunque a veces soñaba con su marido, con el muchacho, con los espacios vacíos. Se movían a su alrededor, hablaban, la tocaban. Ella se despertaba y se sacudía como un perro mojado, pero los sueños le dejaban un residuo pegajoso que duraba todo el día. “Quiero dormir sola”, se decía, “quiero dormir sola”, y se reía, porque le parecía un deseo muy triste.

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Monday, February 19, 2007

Cucarachas

Octubre de 1996. Estaba con Jose en la cama. Eran las tres o las cuatro de la mañana de un miércoles. Llevábamos poco tiempo juntos y todavía no necesitábamos dormir. Tuve sed, fui a la cocina a buscar agua, encendí la luz y vi una cucaracha enorme que subía por el cajón de los cubiertos. Volví corriendo a mi alcoba, con los ojos muy abiertos, y le dije a Jose: “Hay una cuca en la cocina”. Jose, tan alto, tan fuerte, tan hombre, se desencajó, puso cara de virgen dolorosa y gritó: “¡Mátala, mátala!”.

Agosto de 1997. Jose y yo estábamos a medio romper y pasábamos el fin de semana en un apartamento-estudio en la playa. Yo quería que nos arregláramos. Él no sé qué quería. La cocina estaba llena de cucarachas pequeñitas. No comimos nada. Y a la hora de acostarnos, no podíamos cerrar la puerta porque no había puerta. No dormí en toda la noche. Estuve callada, dando vueltas en la cama, sintiendo que me comían los bichos, por dentro y por fuera, deseando estar en otro sitio, en otro momento, ser otra. Mientras, Jose hablaba en sueños, pero no se le entendía.

Julio de 1999. Estaba con Rafa en la cama. Él dormía. A mí me despertó la iglesia de la Compañía, que daba las cinco de la mañana. Era martes, la segunda noche que pasábamos juntos. Entonces vi una cucaracha gigantesca que caminaba por el techo. Me aguanté las ganas de gritar. Le toqué el hombro y lo desperté. “Hay una cuca ahí arriba”, dije, bajito, y me levanté y me fui para la sala lo más rápido que pude, pero sin correr. Rafa miró a su alrededor, medio dormido, se levantó sin decir nada, salió de la alcoba, buscó el cepillo de barrer, cogió un trapo en la cesta de la ropa sucia, envolvió el cepillo con el trapo, entró en la alcoba, tiró a la cuca al suelo de un golpe certero y luego la remató. Salió de nuevo, cogió papel del baño, recogió los restos mortales de la cuca, lo echó todo a la vasija y tiró de la cadena. Luego puso el trapo en la cesta de la ropa sucia y colocó el cepillo en su sitio, detrás de la puerta de la cocina. Se volvió a la cama. Yo me acosté a su lado, maravillada. Me dio un beso. Me dormí.

Agosto de 2003. Rafa y yo nos estábamos separando, después de cuatro años de vida en común. Llevábamos dos meses y medio sin vernos, pero esa noche nos acostamos. Daba igual que fuera lunes o sábado. Era muy tarde. Entré en el baño de la que hasta entonces había sido mi casa, vi pinturas y cremas que no eran mías, y antes de que me diera tiempo de pensar más una cucaracha enorme pasó a mi lado. Grité y salí del baño a toda velocidad. No hizo falta decir nada. Rafa vino, cerró la puerta, dio unos cuantos golpes y volvió a la alcoba, triunfante. “Había tres”, dijo. Yo no hablé. Para qué.

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Sunday, February 18, 2007

Bibliografía y fuentes

Para hacer este trabajo sobre París estuve en la biblioteca municipal por lo menos dos horas, pero no había ningún libro que sirviera. Luego fui a la otra biblioteca, la de la plaza Santa María, que es más chica, y tampoco. Entonces toda la información la saqué del ordenador de mi tío Chano. La dirección de él es Calle Nueva, 53. Las fotos que puse las hicieron mis padres, Lolina y Agustín, que estuvieron en París el año pasado con la cámara digital de mi tío Chano. La dirección de ellos dos (y mía) es Alféreces Provisionales, 25, 3º A. Yo creo que estas son todas las direcciones, como usted mandó, seño.

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Thursday, February 15, 2007

Vida de Francisco Araña. Capítulo I

Francisco Araña, el poeta de Los Llanos, escribió tres volúmenes de versos sobre las pardelas, cosa muy meritoria, y después consiguió que se los publicaran, cosa aún más meritoria, rayana en lo sobrenatural. Es triste, pero las pardelas no tienen demasiada aceptación entre nosotros. Son unas criaturas grises, desmañadas, con cara de pena, que anidan en los acantilados. Están amenazadas por varias razones: porque la costa ya no es lo que era, con tanto turismo; porque hay quien las caza y se las come, asegurando que saben a pato; y porque se deslumbran con las luces de las farolas y los polideportivos, se estampan contra los muros y se quedan conmocionadas, y a veces se mueren, las pobres. Pero a Francisco Araña las pardelas le gustan y le inspiran intensamente.

Francisco Araña lleva siempre en su bolsa ejemplares de sus tres libros, y también una carta de Antonio Gala, de su puño y letra, en la que le agradece el envío de sus poemas, le felicita y le anima a seguir adelante en el difícil camino de la literatura. Todo esto forma parte de un rito repetido mil veces. Francisco llega a cualquier lugar en el que se reúnan más de dos personas (un banco en la plaza, una parada de guagua) y se declara analfabeto a voz en grito. El público reacciona poco en general, pero siempre hay alguien que lo mira, aunque sea un segundo. Así que Francisco toma partido por el curioso, se dirige a él y profundiza en su declaración; no sólo es analfabeto, sino muy bruto. Del campo. ¿O no?, pregunta truculento, acercándose más. El oyente se pone nervioso, busca apoyo en el resto de la audiencia, pero no hay modo, nadie levanta la vista ni mueve un pelo. Así que responde bajito “oh, si usted lo dice, será”. Francisco, entonces, con gesto triunfal, se vuelve, saca sus tres libros, los dispone en abanico y esgrime una fotocopia vieja de su carné de identidad. “Son míos”, dice, “los escribí yo”. Resopla y añade, amargo, “para que vengan a llamarme analfabeto”. Como el público no se muestra suficientemente estupefacto para su gusto (Francisco cree que la razón principal de la decadencia del pueblo canario es que ya no se asombra de nada), decide hacer uso del argumento supremo y muestra la carta de Antonio Gala. “Estimado Francisco”, lee con unción. Termina, dobla y guarda la carta, y mira de nuevo al público con aire combativo, y pregunta “¿qué, estoy loco?”.

Lo que pasa es que Francisco tiene tendencia a hablar solo, alto y claro, en sitios públicos, sobre todo en las guaguas y sus alrededores, y salpica sus teorías con citas de Plinio el Viejo y de Nietzsche. De manera que el vecindario piensa (acertadamente) que está mal de la cabeza, y en eso coincide con su psiquiatra, que le explica que el primer paso hacia la curación es aceptar que las enfermedades existen. Francisco Araña opina que las enfermedades son, por este orden, el psiquiatra, su familia y el vecindario, y está dispuestísimo a aceptar que existen y a lamentarlo. Pero parece que no es eso lo que quería decir el psiquiatra.

Francisco Araña confiesa humildemente que tiene sus miras puestas en el Premio Nobel, porque “los suecos sí son gente seria y decente y trabajadora, con cultura, no como estos debasos de aquí”. Recuerda cómo nadie hizo caso a Tomás Morales, cómo Alonso Quesada se murió de aburrimiento, cómo Pérez Galdós tuvo que irse a Madrid. “¿Qué voy a esperar yo?”, concluye. Luego sale disparado, en busca de víctimas nuevas.

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Tuesday, February 13, 2007

Geyperman

[Nota sobre la ilustración: El montaje está realizado con dos fotografías encontradas en Internet sin referencia de autor(es), por lo que asumimos que son de libre disposición. En caso de aparecer el autor, este blog lo citaría de inmediato o retiraría la ilustración, si ése fuera su deseo. Jazz Sandoval]

 

 

Cuando Juan tenía diez años, pidió para Reyes los geyperman hombres-rana. En la caja que había visto en el escaparate del Palacio de los Juguetes venían dos, cada uno con su traje de neopreno, sus aletas, sus gafas, su bombona de oxígeno y su cuchillo amarrado al tobillo. Venía también una zodiac pequeña y un tiburón gris con la boca muy abierta.

Amaneció el día de Reyes y a Juan le trajeron cuatro geyperman del salvaje oeste: dos soldados americanos y dos indios, dos con rifles y dos con tomahawks. Ningún hombre-rana. No entendió nada. La caja de cuatro geyperman, además, debía salir más cara que la de dos. Levantó la vista y se encontró con la mirada de su padre, que le preguntó “¿no te gustan?”. “Sí, sí me gustan”, mintió Juan, “pero como yo había pedido los hombres-rana…”. “Estos son mucho mejores, ni punto de comparación”, dijo su padre. “Son los soldados del séptimo de caballería contra los apaches: puedes jugar a la conquista del oeste, dar tiros, hacer emboscadas, incendiar fuertes, arrancar cabelleras…”. Juan se calló. Él quería llevarse a los hombres-rana a la playa, meterlos en los charcos, enfrentarlos con pescados de verdad, dejar que los rejos de las aguavivas se les pegasen a los pies, ver cómo se los tragaban las arenas movedizas, ponerlos en la estela de los submarinos nucleares y rescatarlos de la muerte sólo en el último momento. Con los soldados y los indios no sabía qué hacer. Después de un par de días, como les estaba cogiendo coraje, los guardó en el fondo del ropero y procuró olvidarse de ellos.

Pasaron casi treinta años. Juan estaba en una juguetería enorme, comprando regalos de Reyes para sus niños. Y vio una caja de geyperman hombres-rana. Era igual. Sólo que en vez del tiburón, venía una raya con los ojos verdes, fosforescentes, y además una linterna de esas autopropulsadas que se ven en los documentales del fondo del mar. Juan se deslumbró y los compró. Luego, en casa, pensó a quién se los iba a regalar. Le tocaron a Pablo, que tenía diez años, y que no entendió nada cuando abrió el paquete y vio los geyperman hombres-rana. Porque él lo que había pedido era un juego de fórmula uno para la play.

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Saturday, February 10, 2007

Reboso

 

 

Lo mejor que te puedo ofrecer es esto, contención, delicadeza, sonrisa, murmullos, la música bajita. Lo demás lo archivo aparte. Sólo que a ratos rebosa del archivo, sale en cataratas masivas, densas, nada predecibles, y llena una habitación, y otra, y otra, y deja en las paredes señales como las de las inundaciones, hasta aquí llegó el agua en 1966, dicen los muros de Florencia, orgullosos de su desgracia; hasta aquí llegué yo, mi amor, y te doy besitos breves en el cuello cuando el cuerpo entero se me levanta, se me abre, se me arquea, y oigo mi voz, que no sé de dónde sale, y pide cosas que ni siquiera sabía que quería, y no es que los besitos sean mentira, es que son un understatement, una parte muy pequeña de la verdad, que es escandalosa y muchas veces va a gritos, una banda de rock con 50.000 vatios de sonido, o una orquesta que toca una pieza de Wagner a cintarazos, y las convulsiones del aire se sienten mucho más allá del teatro; ah, pero yo no, yo pongo cuidado, me recorto, tan educada, porque quiero darte justo lo que no tengo, calma, paz, placer sin efectos secundarios, alcohol sin resaca, conversación sin preguntas incómodas, y no es fácil; el archivo, aunque lo deje cuidadosamente cerrado cada vez, no me ayuda nada, hierve, pasa del gris metálico al rojo vivo, amenaza con fundirse, y yo, que desde que sentí los primeros signos de peligro estoy asomada a la gaveta más alta, viendo con preocupación cómo burbujea, tengo que asegurar todas las puertas de la casa y buscar una excusa aceptable y escribirla en un cartelito y colgarlo fuera y enfrentarme discretamente a la lava y los estallidos y las nubes de vapor y las lenguas de fuego y de barro.

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Wednesday, February 7, 2007

Mamá dice

Mamá dice:

oye

E-lenita dice:

¿qué?

Mamá dice:

¿qué haces?

E-lenita dice:

aquí tirada en el sofá como una marmota, que me lo merezco mucho

Mamá dice:

yo también me lo merezco mucho

Mamá dice:

pero antes de irme a la cama te quería preguntar qué planes tienes para el fin de semana, si te vienes a casa con nosotros

E-lenita dice:

ah, pues

E-lenita dice:

pues es que quedé en ir a otro sitio, ¿sabes?

Mamá dice:

a otro sitio

Mamá dice:

o sea que tienes un plan de los que no se pueden contar, ¿no?

E-lenita dice:

bueno

E-lenita dice:

mira

E-lenita dice:

te voy a dar una exclusiva, pero es alto secreto…

Mamá dice:

a ver, a ver, dilo pronto

E-lenita dice:

¡tachán!

E-lenita dice:

pues que estoy medio saliendo con un muchacho

E-lenita dice:

medio sólo

Mamá dice:

sí……. PERO DIME ALGO MÁS, ANDA, que yo soy un poco marujona y me gustaría que encontraras al HOMBRE DE TU VIDA…….

Mamá dice:

de verdad que yo no se lo digo a NADIE, ni a tu padre…. ¿es calvo?

E-lenita dice:

¿por qué calvo?

E-lenita dice:

¿por qué me preguntas eso?

Mamá dice:

es que le estoy rezando una novena a Santa Rita

E-lenita dice:

¿tú me pusiste un detective?

E-lenita dice:

¿me estás espiando vía satélite?

Mamá dice:

que no

Mamá dice:

es que empecé la novena para que tu hermano se sacara la oposición, y ya que me tenía que levantar a las seis de la mañana para ir a la iglesia antes del trabajo, pues te metí a ti también, y a tu hermana

Mamá dice:

y para ti lo que estoy pidiendo es que encuentres el hombre de tu vida, aunque sea calvo…

E-lenita dice:

es que es calvo

E-lenita dice:

pero no sabemos si es el hombre de mi vida ni nada

E-lenita dice:

a lo mejor no existe el hombre de mi vida

E-lenita dice:

tú sigue con la novena por si acaso

Mamá dice:

lo importante es que sea bueno, limpio y sepa hacer las cosas de la casa, para que te ayude…… y no importa si la calva le brilla, eso es hasta bonito…

E-lenita dice:

lleva la cabeza toda afeitada

Mamá dice:

¿BRILLANTE?

E-lenita dice:

bastante brillante, sí, ¿qué pasa?

E-lenita dice:

oye, pero no te olvides, esto es muy reciente, nada de anuncios en la prensa, por favor

Mamá dice:

que sí, tú tranquila, que soy una tumba, un cementerio entero

Mamá dice:

ay, pero qué buena noticia, me anima a seguir madrugando y haciendo la novena

E-lenita dice:

oye, ¿y para mi hermana qué pides?

Mamá dice:

un novio también

E-lenita dice:

¿calvo?

Mamá dice:

no, el de ella no

E-lenita dice:

¿y por qué no?

Mamá dice:

no sé, no me pega para ella, como es más joven y va al gimnasio todo el rato y eso

E-lenita dice:

será posible

E-lenita dice:

me quedo sin palabras

Mamá dice:

no te enfades, que te salen arrugas en la frente como a tu tía Maripaz…… mañana sigo con tu novena y si quieres te pido otro muchacho con pelo, como el de tu hermana

E-lenita dice:

ya está, ya me enfadé

E-lenita dice:

me vuelvo al sofá

Mamá dice:

yo te lo pido como más te guste a ti, y si éste que tienes ahora te gusta, pues para qué más, ¿no?

E-lenita dice:

buenas noches

Mamá dice:

buenas noches, un beso

[Mamá se desconecta, se levanta de la mesa del ordenador, se acerca a la cama y le dice triunfante a Papá, que está leyendo: “¡Tu hija la mayor tiene novio!”]

[Elenita se va al sofá, lo piensa un poco y se muere de risa ella sola]

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