Friday, March 30, 2007

Exceso de entusiasmo

Estos días escribo mucho. Voy por ahí y me entra un sentimiento avasallador mientras estoy mirando un escaparate o un perro o tratando de recordar, en medio de la calle, qué era lo que tenía que hacer. Entonces me siento en una terraza, pido cualquier cosa y escribo. En las reuniones también. Los demás se creen que lo apunto todo porque tengo mucho interés y soy muy profesional. Y yo, concentrada, llenando libretas. Pero es que estoy arrebatada, entusiasmada. Los griegos decían poseída por los dioses. Claro que casi todo lo que escribo en este estado es pura materia prima: le falta mucho trabajo, mucho. Si lo hago bien, parecerá espontáneo, recién nacido, tendrá vida, voz propia. Si no, se notarán las vueltas y revueltas sobre las mismas ideas y palabras y silencios, se me verá la mano. Muchas de estas notas irán a la basura (cubo azul, papel y cartón).

 

No me dan tanto, los dioses. Me obligan a esforzarme y a gastarme la vista, a retorcer y exprimir la realidad hasta que cobra sentido. Y entretanto vivo agotada y exultante, sin que se sepa por qué. Al mundo le subieron el volumen y el contraste, los colores son más intensos. Todo tiene más aristas de lo habitual, está dibujado con un lápiz más afilado, de esos que acaban agujereando el papel. A ratos tengo una felicidad terrible, a ratos me duele todo por dentro y me siento viejísima, resquebrajada, al borde de la muerte. No tengo hambre. Se me olvida que tengo sed. Y no estoy enferma, no se me fue la cabeza, no te preocupes. Esto me viene pasando a intervalos más o menos regulares desde que tengo catorce, quince años, y ya aprendí a disfrutarlo y a aprovechar esa extraña lucidez de ver lo que otros días no se ve. Luego llegan tiempos en los que todo es apagado y neutro y previsible y tibio y razonable, y también me hago a eso, y hasta me gusta. Qué remedio.

 

Lo mejor y lo peor que tiene esto es que me saca de mí, de mi yo de costumbre. Ya tú sabes cómo soy, cuánta fragilidad, cuánto trabajo me cuesta decir que no, cuánto miedo a molestar, a sobrar, cuánta necesidad de que me quieran, cuánta facilidad para fabular y fingir que no pasa nada, que todo va bien, incluso en medio del desastre. Y cuando estoy así, revuelta, iluminada, como ahora, desaparece buena parte de esta naturaleza mía tan educada, tan agradable, tan dada a sonreír y a evitar conflictos y dolores. Me vuelvo más dura, más inconsciente, más egoísta. Digo más cosas. Peores.

 

 

Esto es lo que sucede ahora. La vida se me cruza con los cuentos. Llevo ya unas semanas escribiendo (masticando) uno. Avanza muy despacio, porque es cruel y me despierta un poco de odio, pero lo acabaré. Habla de una mujer que está enamorada de un hombre, pero siente que el suyo es un amor molesto, inoportuno, fuera de lugar, y el deseo que prevalece en su interior, sobre todos los demás, es el de no incomodarle, no darle problemas. Sólo alegrías, y si no se puede, paz. Así que no hace ningún movimiento. De vez en cuando quedan, conversan, se ríen, se disfrutan mutuamente, y ella duda, pero no, nunca encuentra el momento; teme romper un estado de gracia, destruir una atmósfera amistosa, íntima, dulce, cambiar una relación que es perfecta así. Piensa que no podría soportar que él la mirase incómodo, que desviase los ojos y dijera “Pero si no puede ser, ya lo sabes”, y que luego pasaran mucho tiempo sin verse, y todo se hiciese tenso y frío y lejano. En el cuento, ella se pone vieja y se muere sin decir palabra, sin acariciarle las manos ni besarle la boca una sola vez, por no molestar.

Bueno. Esto no me va a pasar. Ya tú sabes que te quiero, ¿no? Cómo no te voy a querer. Pues sobre esa querencia pacífica hay otra más tempestuosa, llena de brazos y de ojos abiertos, como esos animales submarinos que te ven pasar nadando por encima y agitan los tentáculos en las profundidades. No lo hice adrede. Es la primera vez que me pasa así. Me di cuenta de repente, almorzando contigo, bebiendo vino, oyéndote hablar. Y casi me caigo de la silla. Porque lo primero que supe (bueno, lo segundo) fue que no te iba a decir nada. No. Esto se queda para mí, no va más allá, no se entera nadie. A él, desde luego, no le hace falta saberlo. Además, por favor, su mujer. Se acabó. Fuera. Eso pensé.

Estuve unos cuantos días escribiendo mucho (también), haciendo inventario de mí misma, ordenándome la cabeza y todo lo demás. En un momento me quedé helada, porque pensé que me estaba portando mal contigo, que te estaba mintiendo, negándote la información que te habría permitido saber cuál era el juego y estar en igualdad de condiciones. Pero yo no estoy jugando a nada, me dije. No me muevo, no manipulo, no hago nada diferente, no aspiro a ningún cambio, me conformo con la realidad tal como viene. Y viene lejos. Quererte así no me mata ni me priva del resto del universo, me digo con bastante cobardía. Sé que me pierdo algo, y claro que siento la pérdida, la pérdida de una posibilidad lejana y abstracta, pero también te gano a ti en un registro relajado, comunicativo, cercano. No soy un peligro, no te molesto, no hago ningún mal, a ti ni a nadie. Eso me tranquiliza y me mantiene a la distancia exacta.

 

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Monday, March 26, 2007

Cecilia y Candela

Cecilia tiene un año y medio y toneladas de energía. Camina a la velocidad del rayo, se mete en la boca todos los objetos de la creación, sobre todo si son venenosos, queman, cortan o dan calambre, y habla treinta y cinco mil palabras por minuto, aún no sabemos en qué idioma. A ratos sí dice algo en español. Se acerca a la mesa, barre con gesto amplio y elegante todo lo que hay encima, observa cómo lápices, rotuladores, papeles, tazas y azucareros se precipitan y se mezclan artísticamente en el suelo, nos mira muy digna y dice, resumiendo la realidad para nosotros, “cayó”.

Candela, que es la madre de Cecilia, me lleva de compras a nuestro sex shop de referencia. La niña, quédense tranquilos, está en casita con su padre. Candela y yo curioseamos en las estanterías y vemos toda clase de cosas interesantes. Nos probamos las pelucas, las máscaras y los antifaces. Nos imaginamos con mallas semitransparentes, con trajes de catwoman, con uniformes de doncella francesa o de enfermera nazi. Vemos arneses, cuerdas, esposas, boas de plumas. Miramos pollas de juguete de todos los tamaños, colores, materiales y formas, bipartitas, tripartitas, vibrátiles, saltarinas, giratorias. Discutimos sus posibilidades. Algunas son tan caras que se nos ocurre poner un fondo y comprarlas a medias. Damos dos pasos hacia otro departamento, estamos mirando un aparatito que vale 130 euros y que nos tiene fascinadas a las dos, y entonces una de las pollas se resbala y se lleva consigo, gracias al efecto dominó, trescientas pollas más, y todo se estrella en el suelo ruidosamente, y Candela me mira muy digna y dice “cayó”.

Al dueño de la tienda le encantamos.

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Wednesday, March 21, 2007

Boda

El Mañuco, un viejo seco que fuma y se ríe bajito a cuenta de nada, Pedro, el artista, con su melena y sus barbas blancas, y Remedios, una muchacha gordita y pecosa que lleva gafas, se toman unas cañas en la barra del bar. Es mediodía; ahí fuera habrá treinta y tantos grados, aquí zumba el aire acondicionado. Remedios se quiere casar con el Mañuco y lo dice muy convencida. Él asiente y le da una palmadita en la cabeza despeinada, “claro que sí, mujer”. Pero Pedro interviene. “Sí, y entonces te quedas sin pensión, ¿y de qué comemos?”. El Mañuco suspira. “Pero si no hace falta que venga nadie de fuera, eso lo hacemos nosotros, entre amigos, en el patio del corralón, y tú”, y señala a Pedro, “como si fueras cura, oficias allí maravillosamente, con cincuenta o sesenta invitados, con música…”. Pedro, entusiasmado: “ah, y digo las misas en latín, nomine patris, oremus”. El Mañuco hace la lista del convite: “Antonio el de la Catedral, ése tiene que venir, y su hermano, y Emilio, el Príncipe Gitano, y la Marieta…”. Sale Remedios desconfiada: “pero eso no es legal”. El Mañuco, pacífico: “claro que es legal, legalísimo, mujer, esto es una democracia, aquí no hace falta que la Iglesia meta el cazo”. Reflexiona y remata: “cómo no va a ser legal, con tantos invitados”. Y Remedios, “yo digo casada, casada de verdad”. Pedro: “casamiento mejor que éste no vas a encontrar, ¿quién te lo hace con más cariño y más ganas que yo?”. Remedios insiste: “¿pero con papeles?”. Pedro y el Mañuco, a coro: “que sí, que sí, con papeles”. Remedios: “pues me compro unas lentillas de color champán, y ese día me luzco sin gafas, y me pongo medias y zapatos altos”. Pedro piensa ir al barbero a que lo afeiten a navaja, que los curas van siempre muy bien afeitados. El Mañuco se revuelve el bolsillo y paga trabajosamente las cañas. Se van los tres, discutiendo los detalles. Remedios ensaya pasos de baile por el callejón.

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Monday, March 19, 2007

(ninguno)

De: Julia Alemán - julialeman@labanca.es

A: Alberto Ramírez - aramirezb@supercom.com

Enviado el: 01-03-07 17:55

Asunto: (ninguno)

Querido Berto, te escribo para preguntarte cómo está tu madre. ¿Qué tal fue la operación? Dame el número de la habitación, y así la llamo al hospital un día de éstos. Espero que todo vaya bien. Un beso,

Julia

 

De: Alberto Ramírez - aramirezb@supercom.com

A: Julia Alemán - julialeman@labanca.es

Enviado el: 01-03-07 20:13

Asunto: Re: (ninguno)

Julia, esto no puede seguir así. No me puedes atosigar de esta manera. Hace seis meses y veintiún días que rompimos. Tienes que entender que nuestra relación se acabó, tienes que aceptar de una vez la distancia que media entre nosotros. Te pido respeto, que me dejes tranquilo y que dejes tranquilos a los míos. El tiempo dirá si podemos ser amigos algún día.

B.

 

De: Alberto Ramírez - aramirezb@supercom.com

A: Julia Alemán - julialeman@labanca.es

Enviado el: 02-03-07 09:46

Asunto: Re: (ninguno)

Quizás ayer estuve un poco cortante contigo, Julia, pero creo que es muy importante que las cosas queden claras. Nosotros ya no somos pareja ni vamos a volver a serlo. Y en tu mensaje leo dudas, dudas que me preocupan a estas alturas. Me llamas “querido”. Y luego me mandas “un beso”. Creo que lo mejor es que no tengamos ningún contacto, porque en estas situaciones tan delicadas todo puede malinterpretarse y causar mucho dolor. Entiéndeme.

B.

 

De: Alberto Ramírez - aramirezb@supercom.com

A: Julia Alemán - julialeman@labanca.es

Enviado el: 02-03-07 12:53

Asunto: Re: (ninguno)

Nuestra relación, te lo recuerdo, tuvo un final difícil. Bien es verdad que hemos hecho lo posible por ser civilizados. ¿Pero qué es más importante, me pregunto, las meras apariencias o el proceso real de recuperación de cada uno de nosotros? Veo que tú no estás avanzando. Y yo no puedo avanzar tampoco, estoy condenado a estancarme si no me dejas respirar. El asunto de tu mensaje, “ninguno”, dice tanto… No sabes definir lo que me escribes. Porque quieres decirme mucho, y los sentimientos te sobrepasan. Tienes que abandonar toda esperanza de volver conmigo. Es duro, lo comprendo, pero es así. Será lo mejor para todos.

B.

 

De: Alberto Ramírez - aramirezb@supercom.com

A: Julia Alemán - julialeman@labanca.es

Enviado el: 02-03-07 16:49

Asunto: Re: (ninguno)

Julia, plantéatelo así: ¿merece la pena darle más vueltas a esta historia nuestra? ¿No sería mucho más adulto, más razonable, dejar que la naturaleza siga su curso? Todo pasa, sé que es difícil creerlo, pero todo pasa.

B.

 

De: Alberto Ramírez - aramirezb@supercom.com

A: Julia Alemán - julialeman@labanca.es

Enviado el: 02-03-07 20:22

Asunto: Re: (ninguno)

Hola, Julia, el médico nos ha dicho que es posible que a mi madre le den el alta el viernes. Se está recuperando bien, aunque está débil todavía y le cuesta moverse. Pero ya ha empezado a comer y tiene mejor color. El número de la habitación es el 4552. Las horas de visita más apropiadas son las que van de las 17:00 a las 19:00. Te tendré informada de cualquier novedad,

B.

 

De: Julia Alemán - julialeman@labanca.es

A: Alberto Ramírez - aramirezb@supercom.com

Enviado el: 03-03-07 17:55

Asunto: Gracias

Muchas gracias. Un saludo.

Julia

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Friday, March 16, 2007

Podíamos

[Son las tres y media de la mañana de un sábado. Él la acompaña a casa en coche. Se acaban de conocer, en una cena con unos amigos]

 

 

Él: ¿Aquí?

Ella: Sí, aquí, gracias. Mira, ésa es mi casa, ahí enfrente. La de encima del herbolario.

Él: Ah, qué bien. Pues nada, encantado…

Ella: [sonríe]

Él: Y ya nos veremos, ¿no?

Ella: Claro.

Él: Aunque estaba yo pensando…

Ella: ¿Qué?

Él: Que, bueno, que así, de primeras, me gustas, que… que podíamos follar.

Ella: Podíamos, sí.

Él: Pero tiene que quedar claro que es sólo follar, ¿sabes? Porque yo acabo de salir de una relación muy larga, mi ex mujer me rompió el corazón y no estoy para nada.

Ella: Sólo para follar.

Él: Eso, nada más.

Ella: A ti te parecerá poco, follar.

Él: Bueno, tú me entiendes.

Ella: Sí. Pero te tengo que preguntar unas cosas. Quiero decir, tú también me gustas, así de primeras, pero no te conozco. Y yo no me acuesto con desconocidos. Así que…

Él: Pues pregunta, a ver.

Ella: ¿Eres nacionalista?

Él: Joder. Pensé que me ibas a preguntar si era promiscuo y si estaba sano.

Ella: No, es que si eres nacionalista, lo siento, pero no follamos.

Él: ¿Qué entiendes tú por nacionalista?

Ella: Pues que votes a Coalición Canaria, o algo peor, que en los asaderos cojas la guitarra y cantes “Cathaysa la niña guanche” y te emociones todo, que te sepas 150 palabras en tamazigh, que estés por la independencia… esas cosas.

Él: No.

Ella: Vale. Bien.

Él: ¿Qué más?

Ella: ¿Has hecho teatro alguna vez?

Él: En el colegio, a fin de curso.

Ella: Pero ya de mayor no, ¿no?

Él: No. ¿Entonces, ni nacionalistas, ni con inquietudes artísticas?

Ella: Bueno, si pintas o haces fotos no me importa. Pero los actores de teatro me han dado mal resultado en general.

Él: Eres un poco rara.

Ella: Sí. Gracias. Tú también.

Él: ¿Ya está?

Ella: No. ¿Eres un maniático de la limpieza?

Él: No. Qué va. Si tengo una perra que lo llena todo de pelos.

Ella: ¿Te dan miedo las cucarachas?

Él: No, miedo no. Asco.

Ella: Pero las matas.

Él: Claro. A pisotones. ¿En tu casa hay?

Ella: No, por Dios. Eso no lo digas ni de broma. La última. ¿A ti te gusta que te toquen o más bien te molesta?

Él: Más bien me gusta. Soy del tipo pegajoso. ¿Tú?

Ella: A mí también me gusta. Bueno, por mí vale. Lo de la perra es un punto más a tu favor. Sólo me queda comerte un poco la boca para tenerlo claro.

Él: Espera, espera, que yo también te quiero preguntar unas cuantas cosas.

Ella: Ah, mira…

Él: ¿Has ido al psiquiatra alguna vez?

Ella: No.

Él: ¿Al psicólogo?

Ella: Al psicólogo sí.

Él: ¿Te han recetado antidepresivos alguna vez?

Ella: No.

Él: Pero has estado deprimida.

Ella: Sí, claro. ¿Cuántos años te crees que tengo, catorce?

Él: ¿Has estado enganchada a alguna droga o algo?

Ella: No. No tomo nada. Casi ni bebo. ¿Qué, te parezco una pirada y estás buscando la raíz del problema?

Él: No, es por curiosidad…

Ella: Oye, y ya que estamos, ¿te suele funcionar eso de decirle a la gente que quieres follar pero que no estás para nada, que tienes el corazón roto?

Él: Pues no sé. Es la primera vez.

Ella: Ya.

Él: No, en serio. Hace poco que me separé, y de verdad que no estoy para nada. Ahora empiezo a levantar cabeza.

Ella: Vaya.

Él: Y como no te conozco apenas, pensé “total, ¿qué tengo que perder?”.

Ella: Ah, muchas gracias.

Él: No, quiero decir que si en vez de tomártelo bien te llegas a enfadar, o me dices que de ninguna manera, que qué me he creído, que así no se hacen las cosas, pues no hace falta que volvamos a vernos más nunca.

Ella: Hombre, también está el riesgo de que yo, a pesar de todo este encanto personal que tengo, resulte ser una psicópata y me obsesione contigo y te persiga por tierra, mar y aire, gritando “vamos a casarnos, a tener tres hijos, ven aquí, cumple tus promesas, traidor, sinvergüenza”, y tengas que pedir una orden de alejamiento y escolta policial…

Él: No te rías de mí. 

Ella: Claro que me río. 

Él: Vamos a volver al punto en el que estábamos antes.

Ella: ¿Cuál? 

Él: Sí, bueno, pues, que…

Ella: ¿Qué?

Él: Pues que por mí ya podemos subir.

Ella: Primero te tengo que comer la boca, porque si no se nos da bien, aquí mismo abandono, ¿sabes?

Él: Te veo capaz de dejarme en el coche después de pasar el interrogatorio.

Ella: A ver, a ver…

[Se besan. Tardan]

Él: ¿Puedo subir, entonces?

Ella: Sí.

Él: Qué bien. ¿Vamos?

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Sunday, March 11, 2007

Bellas y sumisas

 

Las doce del mediodía en una peluquería de Las Palmas de Gran Canaria. Una señora de melena negra, tez aceitunada y cejas de frondosidad amazónica se sienta en un sillón rosado y pide ondas rubio platino. La peluquera la examina con aire científico a través del espejo y le dice: “Desintoxícate. Marilyn no. Venga, repítelo conmigo hasta que te lo creas: ‘no soy Marilyn ni lo voy a ser’. Lo más que puedo hacer es darte unos reflejitos castaño-dorados o rojizos. Pero vamos, tú no sales de aquí con el pelo frito”. La señora pone cara de pena y se encoge de hombros. “Y lamentaciones ni una. A ver si empiezas ya a aceptar la realidad. Que no tienes quince años”.

Escenas como ésta se producen cada día en Sinescrúpulo’s, la peluquería de Clara Navarro. “Aquí se le dice la verdad a la clientela”, explica ella, “y si les duele, pues que les duela: que se espabilen. Mi trabajo no es hacerles felices, sino, en lo posible, menos feos”.

¿Se acuerdan de aquello de que el cliente siempre tiene la razón? Bueno, pues aquí no la tiene nunca, y aún así el negocio marcha viento en popa. Clara lo razona: “trabajamos así por dignidad profesional, porque tenemos un prestigio que mantener, y por el bien de las personas que acuden a nosotros. Esta gente normalmente no tiene ni idea. No digo que sean más tontos que la media de la humanidad, pero vamos, no saben nada de estética, no están al día, no leen las revistas adecuadas, no se fijan en las pasarelas ni en las tendencias… Son, para que me entiendas, unos antiguos, están llenos de prejuicios ridículos y necesitan mano dura”.

Estas criaturas descarriadas pagan para que les corten, les peinen, les den color y, sobre todo, órdenes. Clara lo tiene todo previsto. Hay un guardia de seguridad en la puerta, por si algún cliente se pone recalcitrante. “No es lo más común, pero a veces pasa”, confiesa la peluquera. Recuerda a una señora que sólo quería alisarse el pelo para una boda, a la que hubo que reducir e inmovilizar para hacerle un corte aceptable, “porque de mi establecimiento no podía salir con esas greñas”…

Y a otra que peleó como una leona para conservar las canas y el bigote, pero que cayó ante el ímpetu combinado de Clara, dos empleadas y el guardia, que, paradójicamente, fue el que le aplicó la cera caliente en el labio superior y terminó con su resistencia. “Aquí estoy aprendiendo muchas cosas”, dice, contrito, el guardia, “pero si te digo la verdad prefería el centro de menores, que era más tranquilo”. Clara es, además, cinturón marrón de taekwondo, que “nunca se sabe cuándo te van a hacer falta las artes marciales”.

La peluquera barajó muchos nombres antes de colocar el cartel definitivo sobre la puerta. “Algunos los descarté porque eran demasiado étnicos, como por ejemplo Cállese la boca, Boberías ni una o Abájame el belfo; porque yo quiero trascendencia internacional, ¿sabes?, quiero abrir una cadena de peluquerías con sede en Madrid, París, Nueva York… y no lo iban a entender. Así que al final la cosa estaba entre Verdades como puños, Despiadadamente’s, que me gustaba mucho, Calladita estás más guapaSin pelos en la lengua lo dejamos ir porque era demasiado obvio. Y entonces se nos ocurrió Sinescrúpulo’s, que tiene tanta sonoridad”.

 

Los clientes salen con la cabeza a gusto de Clara y las manos llenas de geles, espumas y champús de gama alta que compran por las buenas o por las malas. Se llevan, además, una tarjetita en la que se les dice cuándo deben volver; si se retrasan les cae un responso. La capacidad de convicción de Clara es mucha. Esta reportera, que fue sólo a informarse y a escribir, salió con la nuca rapada, luciendo un elegante dibujo tribal en bajorrelieve. Y el fotógrafo perdió las rastas y las patillas dickensianas.

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Thursday, March 8, 2007

Una de estas noches

Una de estas noches me dio por llorar en el sofá. Cuando estaba a media llantina Papá me llamó por teléfono. Procuré que no se me notara la pena, pero no pude. Me preguntó qué me pasaba. Le dije que estaba muy triste, que me hacía daño la idea de que a estas alturas yo ya no iba a tener niños, y que Mamá y él se iban a quedar sin nietos. Papá se calló un segundo. Hizo por reírse, pero tampoco pudo. Me dijo que no pensara esas cosas, que eran destructivas. Y que además no eran verdad. Que yo tendría niños, que hoy en día, pues en fin; y que si no los tenía, los niños no eran lo único en la vida. Me dijo que mirara, si no, a la madre Teresa de Calcuta. Le dije que malditas las ganas que yo tenía de parecerme a la madre Teresa de Calcuta. Me dijo que sí, que efectivamente. Pero que no sufriera. Que él tampoco es que estuviera esperando nietos; que, aquí entre nosotros, los niños eran una cruz. Que yo, por ejemplo, parecía que estuviera endemoniada; que desde que nací hasta que cumplí los nueve meses ellos dos no habían dormido ni cinco minutos seguidos; que no sabía cómo no me habían matado. “Gracias, Papá”, le dije, enternecida. “¿Por no matarte?”. “Sí”. “Ah, fue tu madre, que no me dejó”.

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Monday, March 5, 2007

Vida de Francisco Araña. Capítulo II

Francisco Araña, el poeta, está sentado en la parada de la guagua de Los Llanos. Muy digno, pensando en sus cosas, que son de gran importancia. Acaban de dar las tres de la tarde. Una chica de pelo largo baja la cuesta corriendo, llega a la parada, respira y abre la boca para preguntar, así en general, si ya pasó la guagua de las menos cinco; pero a medio camino se arrepiente, se pone colorada y no dice nada. Es tímida, la pobre. Francisco la conoce, porque la ve siempre a la misma hora en el mismo sitio. Debe andar por los veinte años y lleva una carpeta y una mochila. Estará estudiando. Francisco suele hacer discursos a su lado y ella no se va. No es que le preste atención, pero tampoco lo manda a callar con la mirada ni resopla ni se ríe de él. Lo normal es que se ponga colorada, saque un libro y lea con toda la concentración del mundo.

La guagua se retrasa, como siempre, y a la parada llega un señor mayor, con una guayabera planchadita, que dice “Buenas tardes”. Francisco aprovecha para informar a este señor de que el mundo se va a acabar en breve, y que el signo que delata más claramente la cercanía del apocalipsis es lo mal que los seres humanos tratan al resto de los animales de la creación. Porque, pregunta, ¿qué culpa deben las pobres vacas y cabras y ovejas y gallinas y burras y yeguas y mulas? Ninguna, se responde a sí mismo y al señor mayor y a la chica. “Y tienen la misma dignidad que las personas”, proclama, “no, más, porque ellas, criaturitas, no explotan ni esclavizan ni torturan a nadie, ni le arrancan las patas a nadie ni deshuesan a nadie”. El señor mayor levanta la vista y confía en que la guagua venga pronto. Mientras, Francisco, dando voces de todos los colores, defiende que los animales son la inocencia personificada, y jura por Dios que él no come carne ni huevos ni leche ni nada que signifique perjudicar a ningún ser vivo que tenga corazón o vaya a tenerlo en el futuro. Otra cosa son los berros y las papas y las calabazas, dice.

La guagua llega y le interrumpe. El señor mayor sube primero. Luego la chica. Luego Francisco. La chica se sienta a media altura y Francisco, contra su costumbre, se coloca a su lado. Y eso que está peligrosamente cerca del chófer, que alguna vez se ha puesto firme en su papel de capitán del barco y le ha dicho que haga el favor de dejar tranquilos a los demás pasajeros, que no vinieron a una conferencia ni tienen por qué aguantar semejante guineo. Cuando Francisco se sienta con ella, la chica primero se sobresalta y luego se avergüenza mucho. Piensa disculparse por haberse asustado, ensaya mentalmente una explicación, no fue porque creyera que él está mal de la cabeza (que lo cree), sino porque no se lo esperaba, porque como él siempre se pone al final de la guagua, como los gamberros que quieren fumar a escondidas… No sabe cómo decirlo sin meter la pata y acaba por callarse. Francisco, sin mirarla mucho, para que no vuelva a encenderse ni a quedarse sin palabras, le pregunta si está estudiando y la chica responde que sí. Entonces Francisco le explica, muy comedidamente, que él ya ha cumplido los cuarenta y tres y que está buscando una mujer para casarse; que hace falta que sepa leer, que tenga corazón, que sea limpia y amante de los animales; que él es propietario de una casa y un cercado y un corral y veintiséis animales, a los que trata con respeto y cariño; que a ella también la trataría con respeto y cariño; y que necesita su dirección, porque va a ir a su casa a hablar con su padre y a pedirle permiso para cortejarla. La chica se queda pálida y no atina a decir nada. Luego se echa a llorar.

Francisco encuentra lógico que la muchacha se emocione, piensa que ya se irá haciendo a la idea, se levanta y se va para el fondo de la guagua, a cumplir con su deber. Desde allí, de pie, da un discurso bastante arrebatado que empieza así: “Las manos de todos ustedes están manchadas de sangre, sangre de bebés-cordero, de bebés-paloma, de bebés-cochino. Las manos y las barbas. Gotean sangre. Y mejor no me pongo a hablar de los terneros, con esos ojos tan dulces y tan entregados. Los terneros se merecen todo lo mejor del universo, un paraíso entero sólo para ellos, aunque más no fuera por esa forma de mirar tan amorosa que tienen. Sólo el peor de los asesinos sería capaz de convertir un ternero en filetes”. La chica sigue llorando. El chófer mira a Francisco (mal) a través del espejo, y Francisco se yergue y se prepara para la lucha.

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Friday, March 2, 2007

Memoria

A mi teléfono se le llena la memoria y ya no le caben más mensajes. Tengo que borrar unos cuantos para recibir más. Me cuesta, no soy capaz de hacerlos desaparecer así. Pero hasta que no me decida no me entrarán más palabras tuyas. ¿Y si te viene un ataque de amor y me escribes, y mi teléfono, sobrepasado, no da para más? El mensaje se pierde, se muere, se disuelve en el aire. No puede ser. Termino sentándome delante del ordenador, aunque sea tarde y me duela la espalda y la pantalla me queme la vista, y me pongo a transcribir los mensajes. Hago copias de seguridad de lo que tú me quieres.

A mi cuerpo también se le llena la memoria. Llega un momento en el que no le caben más revolturas, más temblores, más ojos cerrados, más murmullos, más crujidos. Tendría que borrar unos cuantos… ¿y cómo lo hago? Muchas veces los digo en voz alta o los apunto. Pero no funciona, no se dejan almacenar así, en ese soporte. No consigo olvidarme de nada, ni siquiera pasar las imágenes a un segundo plano relativamente inofensivo. Hay cosas que sigo viendo en mi cabeza una vez y otra y otra. ¿Qué pasará? ¿Se desgastarán, se les irán cayendo los brillos y los efectos especiales?

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