Monday, May 28, 2007

Uniforme

Cuando yo tenía diez años iba a un colegio de monjas y llevaba un uniforme de cuadros grises y blancos aburridísimos. Cada mañana, cuando me vestía y me miraba en el espejo, pensaba cómo no iba a ser triste mi vida, si me obligaban a ponerme siempre la misma ropa, y encima con esos colores tan muertos, tan vacíos. Qué desgracia. Un día empecé a apuntar las cosas que quería en los cuadros más claros de la falda. La Nancy Patines, por ejemplo. El Gran Libro de los Seres Mágicos del Bosque. Luego escribí un poema. Con bolígrafo rojo. Se veía bastante bien. Después pegué unas cuantas pegatinas de Hello Kitty (pero de las pequeñas) y unas lentejuelas. Me costó mucho conseguir las lentejuelas. Tuve que meterme debajo del sofá y arrancarlas del bolso de mi tía Irene, que estaba de visita, con todo el cuidado y el silencio del mundo.

 

La madre María Luisa tardó poco en llamarme a su despacho y en decirme, muy seria, que no podía llevar el uniforme de esa manera. Que me salía de las normas establecidas en las ordenanzas y en el ideario del centro. Que ya era poco ortodoxo que mezclara cintas del pelo de varios colores, porque todo el mundo (menos yo) sabía que sólo se podían usar lazos blancos, lisos y de un máximo de dos dedos de ancho. Y que hasta ahí había transigido conmigo, pero que lo del uniforme era demasiado. Que la indulgencia podía ser tanto virtud como vicio, y que les hiciera saber a mis padres que así no podía entrar en clase.

 

Hubo un silencio y yo contesté que sí, que tenía razón, pero que mis padres eran alcohólicos y no me hacían mucho caso. Luego levanté los ojos y parpadeé.

 

La madre María Luisa no dijo nada más. Me mandó de vuelta a la clase de naturales. Mientras la profesora explicaba lo de la cloaca de la rana, yo pensaba en unas puntillas rosadas que había visto en los ribetes de la toalla del baño de los invitados, y que podría recortar sin que nadie se diera cuenta y coser en mi maleta. O mejor. Podría dejar la maleta por ahí y coger el bolso de charol rojo de mi madre. Total, ella apenas se lo ponía.

 

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Tuesday, May 22, 2007

Va a llover

Me despierto, me estiro en la cama, despacito, y siento que me duelen un montón de cosas. Miro a ver. Me duele la cicatriz del muslo (de cuando me mordió el perro), la de la rodilla (del fusil de pesca submarina), la del hombro (de cuando me operaron), la de la frente (del accidente de coche). Pero tengo cicatrices que no reconozco y que me duelen igual. ¿Cómo puede ser que estén perfectamente cerradas y curadas y yo no me acuerde de ellas? Me preocupo. Me paso los dedos por encima de una que me cruza la barriga y de repente sé. Ésta es de cuando Jose me engañó con aquella. Y ésta otra, me digo, tocándome el costado, de cuando Alejandro.

Dejo de mirar. Me levanto y me asomo a la ventana. Va a llover.

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Sunday, May 20, 2007

Confesión

Ella: Ave María Purísima.

Él: Eso ya no se dice. Pero vamos, que sin pecado concebida.

Ella: ¿No se dice? Es que hace mucho que no me confieso.

Él: Lo normal es que nos demos los buenos días o las buenas tardes.

Ella: Pues buenas, padre.

Él: Buenas, hija.

Ella: Ahora ya no sé seguir. Cuando yo era chica se decía “Me acuso de que…”

Él: Sí, cuéntame.

Ella: Pues me acuso de que llevo una vida de mierda.

Él: ¿Cómo?

Ella: Una vida de mierda. Trabajo quince horas al día, libro cuando a mi jefe le da la gana, voy siempre corriendo a todos lados, me gritan, gano poco, no tengo contrato ni seguro ni derecho a nada, pero Hacienda me saca una pasta cada año, estoy todo el día pendiente del teléfono, si no me duele la cabeza me duele la espalda, como de pie, en los bares, fumo un montón, bebo un montón, y cuando llego a casa lo único que me apetece es llorar y morirme.

Él: Pero eso no es para confesarse.

Ella: ¿Que no?

Él: No, eso es mala suerte, no es un pecado.

Ella: Venga, padre. Mi vida es ridícula, autodestructiva, lo que hago no sirve para nada más que para ir tirando. Estoy desperdiciándome a mí misma. No soy feliz. Si eso no es pecado…

Él: Pero es que no está en tu mano, ¿no? Quiero decir, me imagino que vives así porque no te queda otro remedio. Hoy en día, el mercado laboral…

Ella: No. No es que no me quede otro remedio. Es que soy cobarde.

Él: [se queda callado]

Ella: Porque tiene que haber otra forma de vivir. Seguro. Pero por más que se me lleven los demonios cada día, no me atrevo a dejar el trabajo que tengo hasta que no aparezca otro. No tengo valor para irme por ahí, a ver qué pasa. Me da miedo el paro, la incertidumbre… Y como no ahorro nada…

Él: Yo creo que esto que me cuentas no es de mi negociado.

Ella: ¿No?

Él: No.

Ella: ¿Qué cosas son de su negociado?

Él: Pues los problemas familiares, los vicios, la mala fe, la soberbia…

Ella: De todo eso tengo.

Él: A lo mejor te convendría ir a la oficina de empleo, o a un gabinete de esos en los que te hacen un perfil y te dicen cuál es la ocupación que mejor se ajusta a tus posibilidades.

Ella: Sí. Y luego, a la casa de la Barbie Malibú, a tomar el té con ella y con Ken.

Él: O ver si salen unas oposiciones o algo…

Ella: Pero para estudiar hace falta muchísimo tiempo, y a mí no me alcanza ni para ir al mercado.

Él: No te puedo ayudar. Lo siento.

Ella: ¿Usted está contratado y eso, padre?

Él: Pues más o menos.

Ella: ¿Cuánto lleva cotizado? Porque yo estoy trabajando desde 1993 y sólo tengo seis meses.

Él: Lo mío es distinto. Oye, ¿y no tienes pecados normales, como todo el mundo?

Ella: ¿De los de levantar falsos testimonios y juntarse con malas compañías y tal? Sí. Muchos.

Él: Pues eso sí lo podíamos dejar arreglado.

Ella: Si usted quiere… Pero a mí me preocupa bastante menos.

Él: A ver, a ver, ¿por dónde empezamos?

Ella: Ah, por ejemplo por lo de las mentiras. Trabajo en un periódico, ¿sabe?

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Wednesday, May 16, 2007

Pies

Es la noche de la verbena y estamos todos en la playa. Hay unos cuantos que se van a quedar de amanecida, hasta el chocolate con churros y la diana floreada. Qué suerte, quién pudiera. Yo sólo tengo permiso hasta la hora de los fuegos, y lo que me costó. En el lado de allá de la playa, las luces, la orquesta, los cochitos, los puestos de golosinas, la bulla. En éste, la oscuridad, el mar rompiendo, la gente tirada en la arena, nosotros, hablando, riéndonos. Aunque yo no hablo ni me río casi. Porque estoy fuera de sitio, allí y en el mundo. Y porque está Pablo. Con Lourdes. A Pablo, que tiene los ojos amarillos como los gatos, lo quiero desde que cumplí los trece. Tengo catorce ya y no se me pasa. Más bien voy a peor. Él ni me mira, porque le gusta Lourdes. Yo soy alta, grande, calzo un 40, mi madre me llama “caballito” (pero de cariño). Lourdes es pequeña, delicada, calza un 35, su madre la llama “la niña”. En el colegio, yo juego al baloncesto (mal) y ella hace ballet y gimnasia rítmica. Ahora, en la arena, yo estoy sola, y Lourdes está sentada dentro de Pablo. Quiero decir, la espalda de Lourdes contra el pecho de Pablo, que la abraza. Me duele verlo, pero si me levanto y me voy se notará y será peor. Y después de tanto batallar para que me dejaran quedarme hasta los fuegos… Como los padres de Lourdes son igual de antiguos que los míos, y como ella es la única niña de su casa, yo confiaba en que tuviera que volver pronto. Entonces a lo mejor yo podría hablar un poco con Pablo. Pero se supone que Lourdes está con sus hermanos mayores, así que se puede quedar hasta la una y media. Y yo sólo tengo hermanos pequeños, que no sirven para nada. Cierro los ojos, procuro no pensar. Oigo una conversación sobre viajes. A Óscar le gustaría ir a Sudáfrica, y probablemente irá, porque su padre trabaja en Iberia y una vez al año le dan billetes gratis. A Marina le haría ilusión ir a la Patagonia, donde los pingüinos y los lobos marinos, o a Cuba, donde Silvio Rodríguez, no se decide. A Jorge, a coger olas a Australia. Manolo, Sergio y Loles se van a comprar pipas y cigarros, y se lo piensan por el camino. A mí me gustaría ir a México, a Guatemala, donde los mayas, pero no lo digo. Pablo y Lourdes están hablando en voz baja. Supongo que no quieren ir a ninguna parte. Y para qué. Pablo le está diciendo a Lourdes que tiene unos pies muy graciosos. Lourdes se ríe. Yo entierro mis pies, inmensos y feos y planos, en la arena. Pablo coge un pie de Lourdes y lo mira de cerca y le hace cosquillas y le dice que tiene los dedos perfectos, todos iguales, que parecen manises. Lourdes sigue riéndose. Y no puedo más. Y me levanto y digo que bueno, que adiós, que me voy. A nadie le importa. Marina pregunta, por pura educación, “¿pero antes de los fuegos?”. Digo que sí y busco los zapatos, que están al lado de los de Lourdes y parecen portaaviones. De camino a casa, pienso lo estupendo que sería que alguien me asesinara, y cojo por las calles más oscuras. Pero no. Acabo oyendo los fuegos desde la cama. Por el ruido se sabe que son una mierda de fuegos.

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Monday, May 14, 2007

Demasiado

Me acerqué al chófer de la guagua, que era un muchacho joven, le toqué el hombro y le dije, muy suave: “Mira, perdona, ¿podrías quitar la música?”. Él, sin mirarme, me respondió en voz baja: “No, lo siento, pero no puedo, es una visita guiada, el CD es el guía, y además de la música trae las explicaciones, la historia de los volcanes, el uno de septiembre de 1730 la tierra se abrió, ese rollo, ¿sabes?”. Yo le dije: “Ya, pero esto de la misa de réquiem es demasiado”. “¿Demasiado qué?”, preguntó. “Demasiado, no sé, demasiado hermoso, demasiado conmovedor, y encima el paisaje, y la luz…”. “Pero es que está hecho para eso, para que sea bonito, para que se impresione la gente”. “Si no digo que no, pero es que llevo unos días terribles con tanta belleza, estoy toda revuelta, me duele el cuerpo entero, primero estuve en La Graciosa, luego en un concierto en la Cueva de Los Verdes, luego navegando y había ballenas, y ya no puedo más, me siento como despellejada”. “¿Y entonces por qué vienes a la Montaña del Fuego? ¿No sabes lo que es esto?”. “Sí, pero es que tengo invitados en casa, unos amigos de la Península, y los tengo que acompañar a todos lados”. “Pues lo siento, pero el CD no lo puedo quitar, la empresa me obliga, imagínate que los viajeros reclaman y dicen que nadie les guió la visita: me echan”. “Bueno”. “Pero no te pongas así”. “Es que me siento muy mal, tengo un desconsuelo…”. “Si te vas para el fondo se oye menos. Y puedes cerrar las cortinillas. A tus amigos les dices que te mareas”. “Ya”. “O si quieres te dejo mi mp3 y le subes el volumen al máximo”. “¿Y qué llevas?”. “Reggaetón”. “Pues igual…”. “Toma, mira, el play está aquí”. “Ay, gracias”.

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Sunday, May 6, 2007

Borracho

Él: Te juro por Dios que estaba borracho.

Ella: Ya.

Él: Borracho de verdad. No me acuerdo de nada.

Ella: Son cosas que pasan.

Él: Lo único que sé seguro es que antes de emborracharme tú y yo teníamos una historia y que luego ya no.

Ella: Sí.

Él: Y ya sé que me merezco que me des 400 latigazos en la plaza, y que luego me eches un caldero de brea hirviendo por encima y me emplumes y me avergüences públicamente, y que la multitud me arrastre hasta el río y me lance al agua, con una piedra de molino amarrada al cuello…

Ella: A mí me gusta más la idea de atarte cada brazo y cada pierna a un caballo percherón, y luego arrearlos a los cuatro para que corran en direcciones opuestas, de modo que te descuarticen. Es una tradición francesa, ¿sabes?

Él: Yo lo que tú digas. Lo único que te pido es que antes me expliques qué pasó. Porque por más que me estrujo la cabeza no me acuerdo. Y ya que voy a morir, me gustaría saber qué hice.

Ella: Bueno.

Él: ¿Me lo vas a contar?

 

Ella: Sí. Mira. El viernes por la tarde, serían las ocho o las ocho y media, me llamaste por teléfono. Me dijiste: “Llevo bebiendo desde la hora del almuerzo, estoy todo borracho, y quiero que sepas que te echo de menos y que me muero de ganas de follar contigo”.

Él: Joder.

Ella: Entonces, sin que a mí me diera tiempo de responder nada, te vino un ataque de arrepentimiento y empezaste a hablar a toda velocidad: “Por favor, por favor, perdóname, no era eso lo que quería decir, no quiero tratarte como un objeto sexual, la pregunta es, ¿te parece bien si paso por el vídeoclub y saco unas pelis y pido unas pizzas y luego voy a tu casa y pasamos la noche abrazaditos?”.

Él: Ay.

Ella: Sí. Y yo te contesté que en realidad prefería que me tratases como un objeto sexual; que me parecía mejor idea que vinieras a follar y luego te fueras a casita tranquilo, y me dejaras dormir. Porque yo estaba muy cansada, había tenido una semana terrible.

Él: ¿Eso me dijiste?

Ella: Sí.

Él: Eres muy rara.

Ella: Ah, tú no. Tú eres un modelo de normalidad, vamos, es que no sé cómo…

Él: Perdona, perdona, sigue.

Ella: Entonces te ofendiste todo y me dijiste que yo era muy rara.

Él: (cierra los ojos y se calla).

Ella: Sí. Y yo te dije que, en resumen, eso era lo que había. Que un ratito sí podías venir, que me parecía muy bien y tenía ganas de verte, pero que nada de acampar a pasar la noche o el fin de semana conmigo. Que me reservaba el derecho de echarte cuando me pareciera. Y más si estabas borracho.

Él: ¿Y no se me notaba la tajada?

Ella: No, la voz la tenías perfecta. Hablabas igual que ahora. Pero cuando te dije eso te pusiste todavía más digno. “¿No quieres nada conmigo si estoy borracho?”. Y yo te respondí que dependía.

Él: ¿De qué?

Ella: Pues de en qué medida te incapacitara la borrachera. Entonces te entró una especie de masculinidad agresiva y me dijiste que eras perfectamente capaz de cualquier cosa, y que me lo ibas a demostrar, y que yo iba a quedar impresionada y llamaría a todas mis amigas para contarles…

Él: Dios.

Ella: Pero, dijiste, era inadmisible que yo te echara a la calle una vez que me hubiera aprovechado de ti. Tú te ibas a quedar a dormir conmigo. Entonces yo te recordé que yo no era tu novia ni nada, y que no me correspondía aguantarte las borracheras ni las resacas. Y te enfadaste mucho y me dijiste que no tenía corazón ni sentimientos, que era una moderna de mierda, y me colgaste.

Él: No.

Ella: Sí. Y luego me volviste a llamar para decirme que te habías ido a casa de tu hermana, y que ella sí te dejaba quedarte a dormir, y además te iba a dar un caldito calentito antes de acostarte; que yo debería tomar ejemplo, que no veías ninguna razón para que me riera tanto, y que en el futuro me arrepentiría de haberte tratado tan mal. Entonces desconecté el teléfono.

Él: ¿Y qué puedo hacer para que me perdones?

Ella: Nada. La sentencia ya está dictada, ya la leyó el pregonero y todo. Los caballos te están esperando.

Él: Podía haber sido peor.

Ella: Ah, sí, siempre puede ser peor.

Él: Cuando estoy sereno soy encantador.

Ella: Sí. Mucho.

Él: Y ya entiendo por qué no me acuerdo de nada. Tanta vergüenza me bloqueó el cerebro.

Ella: Qué bien que estoy yo aquí para desbloqueártelo.

Él: ¿Y no te apetece salir a cenar conmigo, así, en plan de desagravio? Hay un restaurante buenísimo que…

Ella: Verás, tú me caes bien, me gustas y eso, y eres muy divertido, pero a tu alrededor la siniestralidad es alta-muy alta. Estar contigo significa meterse en líos, uno detrás de otro.

Él: ¿Líos? ¿Cómo, líos? ¿Por qué?

Ella: ¿Por qué? Ah, tengo una teoría, pero es bastante desagradable.

Él: Después de esto, ya…

Ella: Los líos se multiplican a tu alrededor, creo yo, porque exteriormente eres un hombre de treinta y tantos, capaz, razonable, inteligente, con sentido del humor… Pero cuando se te rasca un poquito resulta que por dentro tienes catorce años.

Él: Vaya.

Ella: O como mucho quince.

Él: Gracias.

Ella: Sí. Y no es fácil relacionarse con adolescentes.

Él: Pero eso no es culpa mía. Es que cuando yo iba al instituto era tímido y bajito y llevaba gafas y sacaba muchos sobresalientes. Y las chicas ni me veían, no me juntaba con nadie. Así que a los catorce años no me pasó nada, ni aprendí nada útil sobre las relaciones humanas. Entonces las cosas me pasan ahora y me cogen de nuevas.

Ella: Pobrecito.

Él: ¿Qué hacías tú con los muchachos cuando tenías catorce años?

Ella: Pues si ellos tenían catorce años los trataba como si no existieran, como si fueran amigos de mi hermano pequeño, seres inferiores, digamos.

Él: ¿Ves?

Ella: Pero si tenían quince o dieciséis, procuraba ponerlos nerviosos. Y si alguno que me gustara se ponía suficientemente nervioso y se me declaraba, primero hacía como que me lo tenía que pensar, luego le decía que sí, y buscábamos un lugar oscuro donde nadie nos viera y nos dábamos besos y lametones y nos apretujábamos y nos cogíamos unas calenturas terribles y nos peleábamos porque él quería meterme la mano por debajo de la camiseta o desabrocharme algún botón o bajarme alguna cremallera, y yo le decía que de ninguna manera, y no nos hablábamos y nos odiábamos, pero luego volvíamos a empezar otra vez. Era estupendo.

Él: ¿Y no podríamos hacer eso tú y yo?

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Saturday, May 5, 2007

Travesía

En circunstancias normales, el ferry que une las islas de Fuerteventura y Lanzarote tarda un cuarto de hora en cruzar el estrecho de la Bocayna (a los dos lados, arenas brillantes y aguas de color turquesa, con montañas quemadas de fondo). Si el tiempo está revuelto, media hora. Y si, como sucedió ayer, las 27 cabras lecheras que viajan en un camión en la bodega se amotinan, se escapan y toman el barco entero, puede tardar hasta hora y media.

“Fue un viaje agitado”, explica el portavoz de la compañía naviera. “Había bastante viento, entre fuerza 5 y fuerza 6, y además, mar de fondo. Pero el ferry navegó en condiciones de absoluta seguridad, y si los animales hubieran estado debidamente inmovilizados y controlados, esto no habría sucedido. Lo que quiero decir es que la culpa es del propietario de las cabras, y nos reservamos el derecho de tomar las medidas legales oportunas”.

El propietario, Alfonso Padrón, está indignado. “¿Mis cabras? Mis cabras se portaron de maravilla. El barco cabeceaba como si fuera el fin del mundo. El camión daba unos bandazos espantosos. Las pobrecitas estaban mareadas y asustadas. Desde que vieron el modo de salir de la caja, salieron, claro. ¿Tú no habrías hecho lo mismo si fueras una cabra?”.

Nada más escapar de su encierro, las cabras se dispersaron. Unas pocas se quedaron en el garaje, jugando al escondite en torno a los coches. Otras subieron a la cubierta de popa y se esforzaron por tomar asiento. No era fácil, porque las sillas son altas, estrechas y poco apropiadas anatómicamente para cualquier cuadrúpedo. Sólo una de ellas, la Margarita, especialmente tenaz, lo consiguió, y se quedó allí disfrutando del sol y de la brisa del mar (había mucho de ambas cosas), hasta que un pez volador aterrizó tres metros más allá, y todas a una se sintieron impelidas a acercarse, con dos preguntas claramente definidas en sus cabezas; ¿qué era eso? ¿se podría comer?

Otras cuantas decidieron quedarse dentro, en los salones, y mordisquear las plantas decorativas (de plástico). “Y que quede claro que voy a demandar a la compañía naviera, porque mis cabras han estado tragándose esas porquerías derivadas del petróleo, y con eso se perjudica la calidad de la leche y del queso, que tiene denominación de origen”, advierte el propietario. Se comieron, además, una pintura abstracta y unos dos metros cuadrados de moqueta azul de Prusia. “Que es sintética: eso también va en la demanda”, continúa el propietario, vengativo. Dos de las cabras se subieron a un sofá y miraron la tele (daban un informativo). Cuatro vomitaron sobre una mesa de centro.

 

Antonio Monforte, empleado de la naviera, le quita hierro a la situación. “No se movía tanto el barco. Si hubieras estado en Gran Sol, ah, allí sí que había olas de cincuenta y nueve metros y riesgo de naufragar. Pero esto no es nada: aquí sólo se marean las niñas y las mariconas. Bueno, y las cabras, que no tienen costumbre y son poco marineras”. Silvina Betancor, una pasajera, no da crédito a las palabras de Antonio. “Él dirá lo que quiera, pero por las ventanas se veía el horizonte completamente torcido, la espuma del mar lo salpicaba todo, el barco se movía muchísimo y yo me sentía fatal, así que me tomé cuatro biodraminas y cerré los ojos para relajarme y meditar, porque yo creo mucho en las terapias alternativas, ¿sabes?, entonces sentí un ruido extraño y me desconcentré y abrí los ojos, y es que había una cabra subida al sofá, metiendo el hocico en mi bolso de Carolina Herrera, y primero pensé que era una visión y que tenía que significar algo, y me puse a darle vueltas a la simbología de la cabra en la tradición judeo-cristiana; pero cuando sacó mi cartera (de Carolina Herrera también, a juego) ya me pareció demasiado, y le dije, muy firme, “¡oye!”, y la soltó y se fue; entonces me di cuenta de que no era un símbolo sino un animal real, probablemente lleno de garrapatas y parásitos horribles, y me dio una especie de ataque de ansiedad, que menos mal que siempre llevo Lexatín en el bolso”.

Después de media hora de caos, de escuchar el sonido de los cascos de las cabras sobre el parqué y de presenciar como se perseguían entre sí, daban topetazos a los turistas y al personal del barco y estercolaban los pasillos, la situación quedó controlada. Costó trabajo, pero las cabras fueron devueltas a su cautiverio en el camión. Todas menos dos, que estaban en la cubierta de popa y que opusieron inmensa resistencia, porque ya se habían acomodado en sus hamacas y hasta habían conseguido que les sirvieran una cervecita.

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