Sunday, July 8, 2007

Tachones

La realidad se va llenando de tachones, de espacios imposibles, vedados. No, aquí no, aquí tampoco, da la vuelta, prueba por otro lado, a ver. Los tachones son memoria concentrada y tinta. Una tinta pesada, como alquitrán caliente. Las cosas las tachas porque duelen. Si no las ves se supone que te duelen menos y que acabas olvidándote de ellas. Aunque el tachón sí lo ves.

Mientras más vive una, más tachones aparecen. Por lógica, los más antiguos deberían ir difuminándose y dejando ver lo que hay debajo; pero no, porque en los tiempos de los primeros tachones una era tiernita, inocente, no sabía, y las cosas dolían terriblemente, hasta el fondo, sin límites, así que los tachones se hacían violentos, eléctricos, casi atravesaban el papel y la mesa, y por más tiempo que pasara no había manera de librarse de ellos.

Al principio se tachan los sitios, países, islas, ciudades enteras, barrios, calles, escaleras, habitaciones, balcones, alfombras. Luego la cosa se extiende, y se empiezan a tachar músicas, festivales de jazz, libros, películas, artistas, voces. Y vinos, y dulces, y sujetadores de encaje, y vainilla y chocolate blanco, y, y, y. Entonces se tachan palabras, no digo nombres propios, que también, sino palabras corrientes que hacen falta para vivir normalmente, como “desayuno” o “cocodrilo” o “fantástico”, y es grave. Pero lo peor es cuando empiezan a tacharse trozos de tu cuerpo. Hay un tachón negro que te recubre la boca, y otro en la nuca, y otro te baja por el vientre, y ya no se puede hacer nada.

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Tuesday, July 3, 2007

Vida de Francisco Araña (capítulo III)

Doctor: Buenas.

Francisco Araña: Buenas.

[seis segundos de silencio; el médico mira a Francisco; Francisco, inmutable, clava los ojos en el techo]

Doctor: Pues usted dirá.

Francisco Araña: Sí. Yo venía a hacerle una consulta urgente, porque aunque no se me note a primera vista, estoy malo, malo de verdad.

Doctor: ¿Trae usted los informes?

Francisco Araña:No me hacen falta informes. Quédese con lo que le digo, que es la verdad pura y simple, porque yo no miento jamás. Me voy a morir ya mismo.

Doctor: ¿De qué?

Francisco Araña: Del pecho. Y del hígado. De las venas y las arterias y las arteriolas. Del colon transverso. De sarcoidosis. Son muchas cosas.

Doctor: Pero y yo qué le voy a decir, sin los informes… ¿No tiene placas, ni análisis, nada?

Francisco Araña: No.

Doctor: ¿Y su médico de cabecera quién es?

Francisco Araña: Una mala persona. Incompetente, además.

Doctor: ¿Cómo?

Francisco Araña: Mire, vamos a centrarnos, que no hay tiempo que perder. Yo lo que le vengo a decir es que lo mío no tiene cura. Y quiero saber si el seguro incluye la congelación.

Doctor: ¿La qué?

Francisco Araña: La congelación, congelación, hombre. Lo mío hoy por hoy es irremediable. Pero al paso que avanza la ciencia, y por más que esté en manos de degenerados y sinvergüenzas, que tendríamos que hablar de los experimentos que hacen con los animalitos inocentes…

Doctor: [sin palabras] Eh…

Francisco Araña: Sí, lo que le decía, al paso que va la ciencia, en cien o ciento diez años, si no se ha extinguido la humanidad ni ha reventado el planeta, sí habrá remedio para mí. Entonces la cosa es que me congelen, pero con todas las garantías, manteniendo la estructura de los tejidos y deteniendo el avance de la enfermedad. Y cuando se hayan dado todos los progresos necesarios para salvarme, me descongelan y listo.

Doctor: Ya. Pues para esto tiene usted que ir a su médico de cabecera.

Francisco Araña: No. Porque fui y me dio un volante para el psiquiatra.

Doctor: Claro.

Francisco Araña: [belicoso] ¿Cómo, claro?

Doctor: Es que el pase para el congelador tiene una serie de requisitos, y uno de ellos es un informe psiquiátrico.

Francisco Araña: No sabía yo eso.

Doctor: Sí.

Francisco Araña: ¿Y por qué?

Doctor: A cualquiera no se le puede mandar al congelador. Hacen falta unas condiciones.

Francisco Araña: ¿Condiciones de qué?

Doctor: ¿Usted sabe lo que es pasarse cien años bajo cero, con el cerebro al mínimo de revoluciones? Una experiencia. No es que esté uno apagado del todo, pero vamos… Y cuando lo devuelven a la vida, allá en el futuro, es un choque. Así que antes nos tenemos que asegurar de que el cerebro va a aguantar la presión.

Francisco Araña: [se lo piensa, con toda la cara arrugada]

Doctor: Vaya usted tranquilo al médico de cabecera. Le dice esto mismo. Y cuando le dé el volante para el psiquiatra, lo coge. Y allí le explica el asunto al psiquiatra. Usted verá que le hacen el reconocimiento, le firman el informe y lo mandan al congelador.

Francisco Araña: ¿Y me congelan a mí sólo, así, en una habitación particular, o compartida?

Doctor: Pues no le sé decir. Siendo por el seguro…

Francisco Araña: ¿Y se permiten animales?

Doctor: Tampoco sé. Los detalles mejor se los pregunta al médico de cabecera. Pero mire, no se esté, vaya rapidito, que hay una lista de espera…

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