30/10/2007

Diccionario enciclopédico (I)

Hormonautas

 

Tripulantes de naves propulsadas por hormonas. Viajan en círculos de un radio aproximado de 28 días y se dedican a misiones científicas experimentales que casi nunca salen bien. Sobre todo por las turbulencias que producen los estrógenos, tan poderosos como inestables. La combinación de estrógenos y progesterona suele causar, además, neblinas repugnantemente tristes y densas. El único mecanismo capaz de disiparlas un poco es el estallido cósmico de chocolate.

 

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28/10/2007

Para empezar

Si me vas a mirar así, entonces cógeme y apriétame fuerte y cómeme la boca. Digo, para empezar. Méteme las manos por debajo de la ropa, muérdeme, lléname de moretones, o no, ven despacito, como tú quieras. Pero no me hagas esto. No me trates como si fuera de otra especie, un animal imposible, una cebra de las nieves. O peor, el espíritu descarnado de una cebra de las nieves. No te portes como si yo no estuviera aquí al lado tuyo. Estoy, estoy, tengo sangre, tengo piel, respiro. Es una maldad contarme historias, acercarte un segundo, con los ojos encendidos, brillar, hacerme saber a qué hueles y cómo raspas y cómo quemas, darme ideas, y luego dejar que pase el tiempo hasta el infinito, qué tarde es, vaya, bueno, adiós, adiós, ya nos vemos.

 

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24/10/2007

Cemento

Me despierto, me lavo la cara, me voy a la cocina. Mi madre me dice buenos días, me manda otra vez al baño a recogerme esos pelos de loca que llevo y, mientras, me pone el desayuno. Cuando vuelvo, en la mesa está mi tazón de leche, y, al lado, un bote de colacao, otro de gofio y otro de cemento. Elijo cemento. Le pongo dos cucharadas a la leche y la remuevo. Veo cómo va naciendo un puerto deportivo pequeñito en la ladera norte del tazón. Luego nace un hotel con talasoterapia y playa artificial.
Mi madre me dice que me beba la leche, pero a mí me da nosequé.
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17/10/2007

Inauguración

Hola, niña, cómo estás, bien, verdad, mira, te llamo porque vamos a hacer una fiesta de inauguración de la casa, sí, el sábado, pero no este sábado, sino dentro de tres semanas, yo siempre aviso con tiempo, que hay que ser considerado con los demás, ¿no?; nada, nada, sólo invitamos a los más íntimos; Jorge quería que lo hiciéramos a lo grande, con su orquesta de verbena y todo, pero yo le paré los pies y le dije que no, que de ninguna manera, que un asadero y ya, que no estamos nosotros para dejarnos un dineral en esto, que lo del euríbor nos tiene asfixiaditos; y mira, como la gente es como es, lo vamos a hacer fuera, en el patio, que si no ya tú sabes que los invitados lo destrozan todo, claro, como las alfombras no son de ellos, las pisotean, las manchan, hasta colillas les echan encima, y las tapicerías ni te digo, y los muebles, con lo nuevito que lo tengo yo todo y lo que me gasté en poner la casa; y luego lo noveleros que son, qué poca vergüenza, que si los dejas solos un momento te abren y te revuelven los cajones y los roperos, y eso sí que no; así que lo vamos a organizar de manera que nadie tenga que pasar del recibidor para adentro, es que ni al baño, fíjate, tenemos un bañito monísimo fuera, al lado del garaje; y qué te digo, que si ese fin de semana no te toca la niña arréglalo con Manolo para que te la traigas, mujer, que además de Yaiza la mía vendrán un montón de chiquillos más, tú verás qué divertido; vamos a sacar todos los juguetes al patio para que nadie tenga que entrar a la habitación de Yaiza, que tú sabes lo que son los niños, que lo que no lo rompen se lo llevan; ya te llamaré unos días antes para recordártelo y confirmar y para decirte lo que tienes que traer, porque aquí cada uno trae algo, las cervezas, el vino, la carne... Queso no, que a Jorge en la empresa le regalaron una partida de queso porque estaba a punto de cumplírsele la fecha: pero nada, si el queso además no se echa a perder, azul y todo está bueno. 

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12/10/2007

Sofá

Carlos, que estudió Económicas, le llevaba las cuentas a un señor argelino con muchos músculos y muchos bigotes que se llamaba Ahmed, y que, después de pasarse años y años trabajando en toda clase de cosas agotadoras y, a ratos, ilegales, había reunido lo suficiente para abrir una casa de putas. Como Ahmed era bien amañado y sabía poner bloques y tuberías y conexiones y enfoscar y pintar, las obras del Exotic Girls Palace duraron lo justo. Las chicas llegaron en tiempo y hora, todas muy guapas y muy exóticas. Y el negocio arrancó de maravilla. Carlos se pasó los dos primeros meses con la boca abierta por la desmesurada cantidad de dinero que entraba en esa caja. Millones y millones. Tanto que Carlos estuvo pensando si no le traería más cuenta dejar de pelearse con los clientes, con Hacienda y con el Ayuntamiento y abrir su propia casa de putas. Hasta barajando nombres estuvo.

Pero al tercer mes la cosa se torció. De repente ya no entraron millones y millones de pesetas en la caja. De repente Ahmed perdió un montón de dientes y de kilos. Carlos preguntó qué pasaba y resultó que la culpa era de las tarjetas de crédito. Ahmed había pedido que le instalasen un aparato de esos que sirven para leer las tarjetas, un datáfono se llama, ¿no?, y el chico le preguntó “¿a qué nombre lo pongo?”, y Ahmed contestó, orgulloso, “Exotic Girls Palace”. Lo normal en estos casos es que se escriba “Martínez Serrano S.L.”, o “Bar El Salmonete Feliz”, algo que suene aburrido y decente. Pero a Ahmed no se le ocurrió, y al chico tampoco, porque era nuevo. Entonces, cuando a la casa del primer cliente llegó el extracto de la visa, y su señora vio que se había dejado un dineral en algo que se llamaba “Exotic Girls Palace”, fue la guerra. Fue la guerra en las casas de muchos clientes. Y los clientes, uno detrás de otro, se pasaron por el Exotic Girls Palace y le dieron unas cuantas palizas a Ahmed. Así perdió la mayor parte de los dientes. Los que le quedaban los perdió luego, junto con los músculos, porque, siendo el desastre tanto y tan irremediable, se enganchó al caballo.

Entre unas cosas y otras Ahmed se quedó sin nada y dejó de pagarle a Carlos, que, a su vez, dejó de llevarle las cuentas. Cuando pasó un tiempito sin que la deuda se saldase, Carlos se acercó al Exotic Girls Palace, a ver cómo podía cobrar. Estaba vacío; las chicas ya se habían ido. Así que se trajo a casa el sofá, que es de terciopelo color carmesí. Lo tiene en el salón, tapado con una funda de algodón beige. El perro de Carlos duerme encima la mayor parte del día.

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09/10/2007

Diario perruno

Que sepas que la perra está mejor, que parece que se va acostumbrando a la casa y a mí. Esta noche durmió cuatro horas, lo que significa una mejora de más del 400% respecto a la noche anterior (en la que no durmió nada). No, no es una forma de hablar, es una observación perfectamente científica: durmió cero horas, cero minutos, cero segundos. Lo mismo que yo. Cuando no duerme lo que hace es suspirar, llorar y caminar pasillo arriba, pasillo abajo, como un alma en pena. Yo creo que la casa se le queda chica. Sale al balcón, se asoma y hace ruidos de lobo. Los vecinos me odian, pero no importa, porque yo también los odio a ellos, y mis razones son mejores (si te da curiosidad, te pongo una nota a pie de página). La primera noche, a las cuatro y media, justo en el momento en que la perra volvía del balcón por decimoctava vez, se tendía al lado de mi cama y resoplaba como una tonina huérfana, sola en la vida, tuve un ataque de inteligencia y me dije: "le voy a dar un valium". Me levanté, miré en el Google "perro", "ansiedad", "valium", y pensé que en el peor de los casos siempre podría tomármelo yo. Pero encontré una página de veterinarios donde decían que sí, que se lo podía dar, a razón de tantos miligramos por kilo de perro. Y cuando estaba multiplicando se me acercó la perra y me puso el hocico en la rodilla, tristísimamente; y me vino un ataque de culpa, me sentí como la madre de Madeleine, y abandoné. Le estuve haciendo compañía y caricias (parte fundamental del programa libre de drogas) hasta que amaneció, y entonces, pálidas y ojerosas las dos, nos fuimos de paseo.

En estas 48 horas de convivencia la perra y yo hemos caminado unos doscientos kilómetros por la avenida de la playa. Tengo la esperanza de que en algún momento se canse y duerma. Pero por el momento sólo me canso yo. Además me estoy deslomando, porque cada vez que la perra ve o huele algo que le llama la atención, da un tirón de la correa que me lleva casi a partirme en dos a la altura de la cuarta vértebra lumbar. También me hace saltar por el aire cuando se asusta, y se asusta mucho. La pobre se crió en el campo, y esto de venirse a vivir a una gran metrópoli internacional como Arrecife la tiene desandada. Le dan miedo los coches, las motos, los camiones de la basura, las alarmas, los gritos, el reggaetón. Le da miedo la gente desconocida, sobre todo si es grande o de colores; los señores con bastón, los que llevan carros o sombrillas, los policías municipales, los taxistas, los carteros y los aparcacoches. Las únicas criaturas que no le dan miedo son las que miden menos de un metro de alto. Esto, claro, limita bastante nuestra vida social.

No la puedo dejar sola, porque se agobia y se pone a darle testarazos a la puerta de la casa, y temo por ella y por la puerta (que no es mía, sino de alquiler). Así que salgo lo mínimo, y la llevo conmigo a todos lados. En todos lados me dicen que es muy bonita pero que no puede entrar, y me indigno en todos lados. Está bien, porque gasto menos y estoy adelgazando. Ah, y otra cosa: se puso en celo. Cuando caminamos por la avenida de la playa nos sigue un rebaño de perros endemoniados, que tengo que ahuyentar a patadas. Si se te ocurre alguna forma menos traumática de ahuyentarlos dímelo, que me interesa. Ayer me rompí la uña del dedo gordo.

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01/10/2007

Dos voces (monólogo)

Yo: [suspiro] Mañana es lunes.

Yo también: ¿Y a ti qué? Si estás en el paro.

Yo: Sí.

Yo también: Te da igual que sea lunes o jueves o sábado.

Yo: No me da igual.

Yo también: ¿Qué tienes que hacer mañana?

Yo: Tengo que llamar a la tesorería de la universidad, a ver si me pagan los atrasos. Cuando me digan que no, tengo que ir al banco a explicarles por qué voy a seguir unos días más en números rojos. Tengo que corregir los textos, que sólo me queda un mes para la entrega. Tengo que...

Yo también: ... poner lavadoras, tender, planchar, barrer, fregar, sacar la basura, ir a la compra, guisar.

Yo: Sí.

Yo también: No quiero ser desagradable, pero estás cogiendo costumbres de parada crónica. Lo dejas todo para después. Te acuestas demasiado tarde, ves las teletiendas...

Yo: Oye, ¿al final pedí la tarjeta de El Corte Inglés o no?

Yo también: No.

Yo: Es que anoche vi una máquina de gimnasia que no me acuerdo cómo se llamaba, pero tenía buena pinta y no era cara. Servía para ejercitar como catorce grupos musculares. Y era plegable. Yo creo que cabría debajo del sofá.

Yo también: Espabílate, muchacha. No tienes dinero, sino deudas. No te puedes comprar nada, sea caro, barato o una ganga. Y menos en una teletienda.

Yo: ¿Y a ti qué te pasa con las teletiendas?

Yo también: Te estoy diciendo que no te conviene coger costumbres de parada. No se ve la tele por la mañana ni a altas horas de la noche. No se descuidan las tareas de la casa, no se cambian los horarios ni las pautas de alimentación y ejercicio. Estás más gorda.

Yo: Son las hormonas. Además, me tuve que quitar de la piscina.

Yo también: Pues caminas o corres, que es gratis.

Yo: Ya.

Yo también: Y otra cosa: no se va por ahí con cara de pena.

Yo: Ya.

Yo también: Cuando la gente te llama por teléfono y te pregunta cómo estás, no se pone voz de mártir en la hoguera ni se hacen chistes sobre el fin del mundo ni se dice “ya saldrá algo”. La espalda recta. La cabeza alta. Actitud positiva.

Yo: Ya.

Yo también: ¿Me estás escuchando?

Yo: Sí. Pareces un libro de autoayuda.

Yo también: Ah. Conmigo te pones muy digna, pero luego, de puertas para afuera, no haces más que lloriquear.

Yo: Déjame quieta un ratito, ¿no?

Yo también: No. Venga. Dúchate, vístete y vamos.

Yo: ¿Adónde?

Yo también: Adónde sea. Algo útil tendrás que hacer en la calle.

Yo: Estoy haciendo algo útil aquí.

Yo también: Otra costumbre de parada. Quedarte horas pegada al ordenador, mirando boberías en Internet.

Yo: ¿Si me suicido te callarás la boca?

Yo también: No sé. Supongo.

Yo: Fíjate que me empieza a parecer buena idea.

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