Por favor [esto no es un cuento]
Gracias, aquí les espero, besos para todos,
L.
La madre de Amalia la llama por teléfono a la hora de comer y le dice, sin respirar, “Cariño, yo no me quiero meter en tu vida ni nada, Dios me libre, pero por favor, mira a ver si te pones la vacuna ésa nueva del cáncer del cuello del útero”. “¿Qué?”, pregunta Amalia, extrañadísima. “Sí, el único requisito para que funcione es ser virgen: entonces, piénsatelo, porque los beneficios son muchos, a largo plazo…”. “Mamá, que tengo 28 años”. “Sí, si yo no digo nada, yo respeto tu intimidad, pero valóralo tú, que…”. “Mamá, que no hace falta que valore nada, que tardo un segundo en hacer un repaso histórico, y es que no”. “Verás, son tres pinchazos repartidos en un período de un año, y en total cuestan 464 euros, que yo creo que es un dinero que merece la pena, porque la salud…”. “Mamá, que no, que…”. “Aunque igual si te esperas la acaba dando gratis la Seguridad Social, pero claro, entonces igual ya es demasiado tarde, y mientras tanto el cuello del útero …”. “Mamá, escúchame, que tengo 28 años, que hace mucho que no soy virgen”. “Cariño, de verdad, no te sientas obligada a contarme nada”. “Mamá”. “Porque yo quiero dejarte tu espacio personal, que tú tomes libremente tus decisiones y tus cosas, que alces el vuelo…”. “Mamá”. “Porque ya lo decía Khalil Gibran, tus hijos no son tus hijos, son hijos e hijas de la vida, que se manifiesta a través de ti...”. “El móvil, me están llamando, Mamá, adiós, adiós”. Amalia cuelga, indignada, coge el móvil, que no estaba sonando ni nada, y escribe un mensaje, todo en mayúsculas: “MAMÁ, NO SOY VIRGEN. NO SIRVE DE NADA QUE ME VACUNE A ESTAS ALTURAS. LO SIENTO. PERO CON LO QUE ME AHORRE TE VOY A PAGAR EL CURSILLO ÉSE DE ESCUCHEMOS A NUESTROS HIJOS. ME TIENES LOCA. BESOS”.
Nos sentamos a almorzar los tres. Teníamos hambre y prisa, porque los dibujos empezaban ya mismo. Le preguntamos a Mamá qué había y ella contestó “Comida”. “Sí, ¿pero qué comida?”. “Comida, comida, comida y nada más”, cantó, mientras iba a buscar los platos. Era mala señal. Si fueran croquetas o macarrones ya lo habría dicho. Mi hermano el segundo no quería ni pensar que hubiera estofado. Mi hermana la tercera rezaba para que no fueran guisantes. Yo estaba segura de que iba a haber puré de pelos. Y Mamá llegó a la mesa y claro, era puré de pelos. Los tres gritamos con mucho asco. Mamá dijo “A comer y a callar todos ahora mismo, que está buenísimo, con picatostes”. Nosotros seguimos gritando con mucho asco. Miramos los platos y vimos que el puré de pelos era naranja. Dejamos de gritar. “¿Por qué es naranja?”, preguntamos preocupados. La última vez era verde. “Porque sí, porque lleva zanahoria y calabaza”. Otra vez gritamos llenos de asco. “No”, dijo mi hermano el segundo. “Es porque el muerto era pelirrojo”. Mi hermana la tercera dijo “De esos con pecas por todo el cuerpo”. Yo dije “Si miras bien se ven las pecas en el puré; cuando los muertos pelirrojos se empiezan a pudrir se quedan blancos, se les caen las pecas”. Gritamos más. Mamá nos mandó a callar y nos dijo que no había muerto ninguno, que era un puré de verduras riquísimo y recién hecho, que no tenía pelos, sino algún hilito que pudiera haber quedado de las habichuelas, y que eso no eran pecas, sino las migas del pan frito, y que era muy sano y punto. Mi hermano el segundo dijo que prefería morirse antes que comer puré de pelos de un muerto pelirrojo con todas las pecas por ahí. Mi hermana la tercera dijo que si él se moría, Mamá lo echaría al próximo puré de pelos, y entonces todo sería más asqueroso todavía. Yo dije que no podía ser más asqueroso que éste. Mi hermana la tercera me recordó que a mi hermano el segundo le olían los pies. Mi hermano el segundo dijo que a nosotras nos olían las amígdalas. Yo le dije a mi hermana la tercera que cómo sabía ella que al pelirrojo no le olían los pies. Mi hermana la tercera dijo que ella creía que Mamá no habría cogido del hospital un muerto que no oliera bien. Mamá dijo que ya estaba bien de tonterías y que a comer todos, y que ella no cogía muertos del hospital, y mucho menos para dárnoslos de comer a nosotros; que si fuera así ya la habrían metido en la cárcel y habría salido en los periódicos, porque nosotros comíamos como limas y no habría cadáveres suficientes en todos los hospitales de la isla para alimentarnos, y entonces ella tendría que ponerse a matar gente; y que no, que ella iba al mercado y compraba verduras vivas y maravillosas y carísimas; y que el que no se acabara el puré en cero coma cinco se quedaba sin segundo plato y sin postre.
¿Qué había de segundo plato? Albóndigas. ¿Y de postre? Flan.
Cerramos los ojos y nos comimos el puré de pelos. Hasta llegamos a tiempo de ver los dibujos.