24/11/2007

Por favor [esto no es un cuento]

Señoras, señores, llevo diez meses contándoles cosas. Van sesenta y cinco piezas ya. Y en este punto les voy a pedir un favor. Uno a cada uno. No me da vergüenza ni remordimiento, porque a la gran mayoría de ustedes los conozco mucho y los quiero bastante. Lo que les pido es que escojan un texto, el que más les guste, el que primero se les venga a la cabeza, y me pongan un comentario o un correo electrónico (aylalupe@yahoo.es) diciéndome cuál. Es para el libro, ¿saben?
Gracias, aquí les espero, besos para todos,
L.

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21/11/2007

Vacuna

La madre de Amalia la llama por teléfono a la hora de comer y le dice, sin respirar, “Cariño, yo no me quiero meter en tu vida ni nada, Dios me libre, pero por favor, mira a ver si te pones la vacuna ésa nueva del cáncer del cuello del útero”. “¿Qué?”, pregunta Amalia, extrañadísima. “Sí, el único requisito para que funcione es ser virgen: entonces, piénsatelo, porque los beneficios son muchos, a largo plazo…”. “Mamá, que tengo 28 años”. “Sí, si yo no digo nada, yo respeto tu intimidad, pero valóralo tú, que…”. “Mamá, que no hace falta que valore nada, que tardo un segundo en hacer un repaso histórico, y es que no”. “Verás, son tres pinchazos repartidos en un período de un año, y en total cuestan 464 euros, que yo creo que es un dinero que merece la pena, porque la salud…”. “Mamá, que no, que…”. “Aunque igual si te esperas la acaba dando gratis la Seguridad Social, pero claro, entonces igual ya es demasiado tarde, y mientras tanto el cuello del útero …”. “Mamá, escúchame, que tengo 28 años, que hace mucho que no soy virgen”. “Cariño, de verdad, no te sientas obligada a contarme nada”. “Mamá”. “Porque yo quiero dejarte tu espacio personal, que tú tomes libremente tus decisiones y tus cosas, que alces el vuelo…”. “Mamá”. “Porque ya lo decía Khalil Gibran, tus hijos no son tus hijos, son hijos e hijas de la vida, que se manifiesta a través de ti...”. “El móvil, me están llamando, Mamá, adiós, adiós”. Amalia cuelga, indignada, coge el móvil, que no estaba sonando ni nada, y escribe un mensaje, todo en mayúsculas: “MAMÁ, NO SOY VIRGEN. NO SIRVE DE NADA QUE ME VACUNE A ESTAS ALTURAS. LO SIENTO. PERO CON LO QUE ME AHORRE TE VOY A PAGAR EL CURSILLO ÉSE DE ESCUCHEMOS A NUESTROS HIJOS. ME TIENES LOCA. BESOS”.

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15/11/2007

Transplante

Ustedes no se lo creerán, pero, después de años y años de experimentar incansablemente, el equipo del doctor Mondáriz ha conseguido el primer transplante de entusiasmo. Sí, como lo leen. Se trata de un complejo procedimiento quirúrgico que beneficia por igual al donante y al receptor, porque, en las inspiradas palabras del doctor, “iguala y reequilibra algunos de los peores errores de la madre naturaleza, en concreto aquellos que se refieren al color del cristal con que se mira la realidad. ¿Eso lo ha apuntado bien? ¿Seguro?”.
Todo empezó en el hospital de Santa Teresa del Algarrobillo. Allí los médicos reunieron a la donante, una mujer de poco más de treinta años que responde a las iniciales A.Y., y al receptor, U.F., un hombre que se acerca a los cuarenta. A.Y., según explica el doctor, disfrutaba (es un decir) de una personalidad excesivamente entusiasta. “Hasta hace poco se hallaba en un estado de perpetua celebración; se asombraba por todo, desde las avecillas del campo, por sucias, malolientes y carroñeras que fueran, hasta el mobiliario urbano, los bancos, las marquesinas, las papeleras... Lloraba de placer o de dolor a la primera oportunidad, y, bueno, el universo entero le parecía maravilloso, impactante, sobrecogedor”.
En el otro extremo, U.F., que nunca dio muestra de emoción alguna, ni siquiera ante estímulos extremos. “Su máximo expresivo lo alcanzó un día en el que se le cayó encima un macetero de terracota de 85 kilos de peso: dijo ‘vaya por Dios’, y levantó la ceja izquierda perceptiblemente”, recuerda el doctor, repasando el historial del paciente; “y eso que se le desintegró el costillar y buena parte del epiplón”...
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07/11/2007

Puré de pelos

Nos sentamos a almorzar los tres. Teníamos hambre y prisa, porque los dibujos empezaban ya mismo. Le preguntamos a Mamá qué había y ella contestó “Comida”. “Sí, ¿pero qué comida?”. “Comida, comida, comida y nada más”, cantó, mientras iba a buscar los platos. Era mala señal. Si fueran croquetas o macarrones ya lo habría dicho. Mi hermano el segundo no quería ni pensar que hubiera estofado. Mi hermana la tercera rezaba para que no fueran guisantes. Yo estaba segura de que iba a haber puré de pelos. Y Mamá llegó a la mesa y claro, era puré de pelos. Los tres gritamos con mucho asco. Mamá dijo “A comer y a callar todos ahora mismo, que está buenísimo, con picatostes”. Nosotros seguimos gritando con mucho asco. Miramos los platos y vimos que el puré de pelos era naranja. Dejamos de gritar. “¿Por qué es naranja?”, preguntamos preocupados. La última vez era verde. “Porque sí, porque lleva zanahoria y calabaza”. Otra vez gritamos llenos de asco. “No”, dijo mi hermano el segundo. “Es porque el muerto era pelirrojo”. Mi hermana la tercera dijo “De esos con pecas por todo el cuerpo”. Yo dije “Si miras bien se ven las pecas en el puré; cuando los muertos pelirrojos se empiezan a pudrir se quedan blancos, se les caen las pecas”. Gritamos más. Mamá nos mandó a callar y nos dijo que no había muerto ninguno, que era un puré de verduras riquísimo y recién hecho, que no tenía pelos, sino algún hilito que pudiera haber quedado de las habichuelas, y que eso no eran pecas, sino las migas del pan frito, y que era muy sano y punto. Mi hermano el segundo dijo que prefería morirse antes que comer puré de pelos de un muerto pelirrojo con todas las pecas por ahí. Mi hermana la tercera dijo que si él se moría, Mamá lo echaría al próximo puré de pelos, y entonces todo sería más asqueroso todavía. Yo dije que no podía ser más asqueroso que éste. Mi hermana la tercera me recordó que a mi hermano el segundo le olían los pies. Mi hermano el segundo dijo que a nosotras nos olían las amígdalas. Yo le dije a mi hermana la tercera que cómo sabía ella que al pelirrojo no le olían los pies. Mi hermana la tercera dijo que ella creía que Mamá no habría cogido del hospital un muerto que no oliera bien. Mamá dijo que ya estaba bien de tonterías y que a comer todos, y que ella no cogía muertos del hospital, y mucho menos para dárnoslos de comer a nosotros; que si fuera así ya la habrían metido en la cárcel y habría salido en los periódicos, porque nosotros comíamos como limas y no habría cadáveres suficientes en todos los hospitales de la isla para alimentarnos, y entonces ella tendría que ponerse a matar gente; y que no, que ella iba al mercado y compraba verduras vivas y maravillosas y carísimas; y que el que no se acabara el puré en cero coma cinco se quedaba sin segundo plato y sin postre.

¿Qué había de segundo plato? Albóndigas. ¿Y de postre? Flan.

Cerramos los ojos y nos comimos el puré de pelos. Hasta llegamos a tiempo de ver los dibujos.

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