Exceso de entusiasmo
Estos días escribo mucho. Voy por ahí y me entra un sentimiento avasallador mientras estoy mirando un escaparate o un perro o tratando de recordar, en medio de la calle, qué era lo que tenía que hacer. Entonces me siento en una terraza, pido cualquier cosa y escribo. En las reuniones también. Los demás se creen que lo apunto todo porque tengo mucho interés y soy muy profesional. Y yo, concentrada, llenando libretas. Pero es que estoy arrebatada, entusiasmada. Los griegos decían poseída por los dioses. Claro que casi todo lo que escribo en este estado es pura materia prima: le falta mucho trabajo, mucho. Si lo hago bien, parecerá espontáneo, recién nacido, tendrá vida, voz propia. Si no, se notarán las vueltas y revueltas sobre las mismas ideas y palabras y silencios, se me verá la mano. Muchas de estas notas irán a la basura (cubo azul, papel y cartón).
No me dan tanto, los dioses. Me obligan a esforzarme y a gastarme la vista, a retorcer y exprimir la realidad hasta que cobra sentido. Y entretanto vivo agotada y exultante, sin que se sepa por qué. Al mundo le subieron el volumen y el contraste, los colores son más intensos. Todo tiene más aristas de lo habitual, está dibujado con un lápiz más afilado, de esos que acaban agujereando el papel. A ratos tengo una felicidad terrible, a ratos me duele todo por dentro y me siento viejísima, resquebrajada, al borde de la muerte. No tengo hambre. Se me olvida que tengo sed. Y no estoy enferma, no se me fue la cabeza, no te preocupes. Esto me viene pasando a intervalos más o menos regulares desde que tengo catorce, quince años, y ya aprendí a disfrutarlo y a aprovechar esa extraña lucidez de ver lo que otros días no se ve. Luego llegan tiempos en los que todo es apagado y neutro y previsible y tibio y razonable, y también me hago a eso, y hasta me gusta. Qué remedio.
Lo mejor y lo peor que tiene esto es que me saca de mí, de mi yo de costumbre. Ya tú sabes cómo soy, cuánta fragilidad, cuánto trabajo me cuesta decir que no, cuánto miedo a molestar, a sobrar, cuánta necesidad de que me quieran, cuánta facilidad para fabular y fingir que no pasa nada, que todo va bien, incluso en medio del desastre. Y cuando estoy así, revuelta, iluminada, como ahora, desaparece buena parte de esta naturaleza mía tan educada, tan agradable, tan dada a sonreír y a evitar conflictos y dolores. Me vuelvo más dura, más inconsciente, más egoísta. Digo más cosas. Peores.


