Ranas
Kitty se sentó conmigo en su salón de té, el más elegante de la ciudad y de la isla y del paralelo 28, cogió la taza (olía a gingko biloba y a frambuesas), se la llevó a los labios y dijo, toda preocupada: “a mí lo que me da miedo de viajar al trópico es que me den a chupar una rana y me dejen inconsciente y me lo roben todo”. Yo la miré, asombrada. “¿Pero por qué te van a dar a chupar una rana?”. “Porque eso pasa en el trópico cada rato, viene una persona que muy educadamente te pide que chupes la rana, que es una costumbre local, una forma de agasajar a los visitantes, y tú, que no quieres ser antipática ni estirada ni perderte una experiencia curiosa, chupas la rana, y en el lomo tiene un alcaloide poderosísimo que te deja loca, viendo visiones, al borde de la muerte; y entonces esa persona aprovecha para quitarte hasta los zapatos, y tú no puedes hacer nada”, explicó Kitty, bajando la vista hacia sus sandalias italianas con gran melancolía. “Pues si ya sabes que existe ese peligro, no chupes la rana y en paz”. “Ah, pero ellos se valen de subterfugios: como las ranas son rojas, amarillas, anaranjadas, y tienen una piel limpia y brillante, te las pueden poner sentadas dentro de una ensalada, por ejemplo, o en una bandeja de frutas exóticas, y las chupas sin darte cuenta”. “Si te ponen ranas en el plato seguro que te das cuenta; para empezar, saltan”. “No, porque a las ranas las narcotizan. Está todo pensado. Es muy serio, esto, lo contaban en un documental del National Geographic; y luego salió en un episodio de los Simpson. Homer chupaba una rana y empezaba a tener alucionaciones y a sentirlo todo en plan psicodélico, así, Lucy in the Sky with Diamonds, the girl with kaleidoscope eyes...”. “Pero tú eres mucho más lista que Homer”. “Ya, pero de todos modos”. “Entonces no podemos ir al trópico”. “No”, suspiró Kitty, resignada, y se levantó a atender a unas señoras que pedían té blanco y éclairs.

