Uniforme
Me despierto, me estiro en la cama, despacito, y siento que me duelen un montón de cosas. Miro a ver. Me duele la cicatriz del muslo (de cuando me mordió el perro), la de la rodilla (del fusil de pesca submarina), la del hombro (de cuando me operaron), la de la frente (del accidente de coche). Pero tengo cicatrices que no reconozco y que me duelen igual. ¿Cómo puede ser que estén perfectamente cerradas y curadas y yo no me acuerde de ellas? Me preocupo. Me paso los dedos por encima de una que me cruza la barriga y de repente sé. Ésta es de cuando Jose me engañó con aquella. Y ésta otra, me digo, tocándome el costado, de cuando Alejandro.
Dejo de mirar. Me levanto y me asomo a la ventana. Va a llover.
Ella: Ave María Purísima.
Él: Eso ya no se dice. Pero vamos, que sin pecado concebida.
Ella: ¿No se dice? Es que hace mucho que no me confieso.
Él: Lo normal es que nos demos los buenos días o las buenas tardes.
Ella: Pues buenas, padre.
Él: Buenas, hija.
Ella: Ahora ya no sé seguir. Cuando yo era chica se decía “Me acuso de que...”
Él: Sí, cuéntame.
Ella: Pues me acuso de que llevo una vida de mierda.
Él: ¿Cómo?
Ella: Una vida de mierda. Trabajo quince horas al día, libro cuando a mi jefe le da la gana, voy siempre corriendo a todos lados, me gritan, gano poco, no tengo contrato ni seguro ni derecho a nada, pero Hacienda me saca una pasta cada año, estoy todo el día pendiente del teléfono, si no me duele la cabeza me duele la espalda, como de pie, en los bares, fumo un montón, bebo un montón, y cuando llego a casa lo único que me apetece es llorar y morirme.
Él: Pero eso no es para confesarse.
Ella: ¿Que no?
Él: No, eso es mala suerte, no es un pecado.
Ella: Venga, padre. Mi vida es ridícula, autodestructiva, lo que hago no sirve para nada más que para ir tirando. Estoy desperdiciándome a mí misma. No soy feliz. Si eso no es pecado...
Él: Pero es que no está en tu mano, ¿no? Quiero decir, me imagino que vives así porque no te queda otro remedio. Hoy en día, el mercado laboral...
Ella: No. No es que no me quede otro remedio. Es que soy cobarde.
Él: [se queda callado]
Ella: Porque tiene que haber otra forma de vivir. Seguro. Pero por más que se me lleven los demonios cada día, no me atrevo a dejar el trabajo que tengo hasta que no aparezca otro. No tengo valor para irme por ahí, a ver qué pasa. Me da miedo el paro, la incertidumbre... Y como no ahorro nada...
Él: Yo creo que esto que me cuentas no es de mi negociado.
Ella: ¿No?
Él: No.
Ella: ¿Qué cosas son de su negociado?
Él: Pues los problemas familiares, los vicios, la mala fe, la soberbia...
Ella: De todo eso tengo.
Él: A lo mejor te convendría ir a la oficina de empleo, o a un gabinete de esos en los que te hacen un perfil y te dicen cuál es la ocupación que mejor se ajusta a tus posibilidades.
Ella: Sí. Y luego, a la casa de la Barbie Malibú, a tomar el té con ella y con Ken.
Él: O ver si salen unas oposiciones o algo...
Ella: Pero para estudiar hace falta muchísimo tiempo, y a mí no me alcanza ni para ir al mercado.
Él: No te puedo ayudar. Lo siento.
Ella: ¿Usted está contratado y eso, padre?
Él: Pues más o menos.
Ella: ¿Cuánto lleva cotizado? Porque yo estoy trabajando desde 1993 y sólo tengo seis meses.
Él: Lo mío es distinto. Oye, ¿y no tienes pecados normales, como todo el mundo?
Ella: ¿De los de levantar falsos testimonios y juntarse con malas compañías y tal? Sí. Muchos.
Él: Pues eso sí lo podíamos dejar arreglado.
Ella: Si usted quiere... Pero a mí me preocupa bastante menos.
Él: A ver, a ver, ¿por dónde empezamos?
Ella: Ah, por ejemplo por lo de las mentiras. Trabajo en un periódico, ¿sabe?Es la noche de la verbena y estamos todos en la playa. Hay unos cuantos que se van a quedar de amanecida, hasta el chocolate con churros y la diana floreada. Qué suerte, quién pudiera. Yo sólo tengo permiso hasta la hora de los fuegos, y lo que me costó. En el lado de allá de la playa, las luces, la orquesta, los cochitos, los puestos de golosinas, la bulla. En éste, la oscuridad, el mar rompiendo, la gente tirada en la arena, nosotros, hablando, riéndonos. Aunque yo no hablo ni me río casi. Porque estoy fuera de sitio, allí y en el mundo. Y porque está Pablo. Con Lourdes. A Pablo, que tiene los ojos amarillos como los gatos, lo quiero desde que cumplí los trece. Tengo catorce ya y no se me pasa. Más bien voy a peor. Él ni me mira, porque le gusta Lourdes. Yo soy alta, grande, calzo un 40, mi madre me llama “caballito” (pero de cariño). Lourdes es pequeña, delicada, calza un 35, su madre la llama “la niña”. En el colegio, yo juego al baloncesto (mal) y ella hace ballet y gimnasia rítmica. Ahora, en la arena, yo estoy sola, y Lourdes está sentada dentro de Pablo. Quiero decir, la espalda de Lourdes contra el pecho de Pablo, que la abraza. Me duele verlo, pero si me levanto y me voy se notará y será peor. Y después de tanto batallar para que me dejaran quedarme hasta los fuegos... Como los padres de Lourdes son igual de antiguos que los míos, y como ella es la única niña de su casa, yo confiaba en que tuviera que volver pronto. Entonces a lo mejor yo podría hablar un poco con Pablo. Pero se supone que Lourdes está con sus hermanos mayores, así que se puede quedar hasta la una y media. Y yo sólo tengo hermanos pequeños, que no sirven para nada. Cierro los ojos, procuro no pensar. Oigo una conversación sobre viajes. A Óscar le gustaría ir a Sudáfrica, y probablemente irá, porque su padre trabaja en Iberia y una vez al año le dan billetes gratis. A Marina le haría ilusión ir a la Patagonia, donde los pingüinos y los lobos marinos, o a Cuba, donde Silvio Rodríguez, no se decide. A Jorge, a coger olas a Australia. Manolo, Sergio y Loles se van a comprar pipas y cigarros, y se lo piensan por el camino. A mí me gustaría ir a México, a Guatemala, donde los mayas, pero no lo digo. Pablo y Lourdes están hablando en voz baja. Supongo que no quieren ir a ninguna parte. Y para qué. Pablo le está diciendo a Lourdes que tiene unos pies muy graciosos. Lourdes se ríe. Yo entierro mis pies, inmensos y feos y planos, en la arena. Pablo coge un pie de Lourdes y lo mira de cerca y le hace cosquillas y le dice que tiene los dedos perfectos, todos iguales, que parecen manises. Lourdes sigue riéndose. Y no puedo más. Y me levanto y digo que bueno, que adiós, que me voy. A nadie le importa. Marina pregunta, por pura educación, “¿pero antes de los fuegos?”. Digo que sí y busco los zapatos, que están al lado de los de Lourdes y parecen portaaviones. De camino a casa, pienso lo estupendo que sería que alguien me asesinara, y cojo por las calles más oscuras. Pero no. Acabo oyendo los fuegos desde la cama. Por el ruido se sabe que son una mierda de fuegos.
Me acerqué al chófer de la guagua, que era un muchacho joven, le toqué el hombro y le dije, muy suave: “Mira, perdona, ¿podrías quitar la música?”. Él, sin mirarme, me respondió en voz baja: “No, lo siento, pero no puedo, es una visita guiada, el CD es el guía, y además de la música trae las explicaciones, la historia de los volcanes, el uno de septiembre de 1730 la tierra se abrió, ese rollo, ¿sabes?”. Yo le dije: “Ya, pero esto de la misa de réquiem es demasiado”. “¿Demasiado qué?”, preguntó. “Demasiado, no sé, demasiado hermoso, demasiado conmovedor, y encima el paisaje, y la luz...”. “Pero es que está hecho para eso, para que sea bonito, para que se impresione la gente”. “Si no digo que no, pero es que llevo unos días terribles con tanta belleza, estoy toda revuelta, me duele el cuerpo entero, primero estuve en La Graciosa, luego en un concierto en la Cueva de Los Verdes, luego navegando y había ballenas, y ya no puedo más, me siento como despellejada”. “¿Y entonces por qué vienes a la Montaña del Fuego? ¿No sabes lo que es esto?”. “Sí, pero es que tengo invitados en casa, unos amigos de la Península, y los tengo que acompañar a todos lados”. “Pues lo siento, pero el CD no lo puedo quitar, la empresa me obliga, imagínate que los viajeros reclaman y dicen que nadie les guió la visita: me echan". “Bueno”. “Pero no te pongas así". “Es que me siento muy mal, tengo un desconsuelo...”. “Si te vas para el fondo se oye menos. Y puedes cerrar las cortinillas. A tus amigos les dices que te mareas”. “Ya”. “O si quieres te dejo mi mp3 y le subes el volumen al máximo”. “¿Y qué llevas?”. “Reggaetón”. “Pues igual...”. “Toma, mira, el play está aquí”. “Ay, gracias”.
Él: Te juro por Dios que estaba borracho.
Ella: Ya.
Él: Borracho de verdad. No me acuerdo de nada.
Ella: Son cosas que pasan.
Él: Lo único que sé seguro es que antes de emborracharme tú y yo teníamos una historia y que luego ya no.
Ella: Sí.
Él: Y ya sé que me merezco que me des 400 latigazos en la plaza, y que luego me eches un caldero de brea hirviendo por encima y me emplumes y me avergüences públicamente, y que la multitud me arrastre hasta el río y me lance al agua, con una piedra de molino amarrada al cuello...
Ella: A mí me gusta más la idea de atarte cada brazo y cada pierna a un caballo percherón, y luego arrearlos a los cuatro para que corran en direcciones opuestas, de modo que te descuarticen. Es una tradición francesa, ¿sabes?
Él: Yo lo que tú digas. Lo único que te pido es que antes me expliques qué pasó. Porque por más que me estrujo la cabeza no me acuerdo. Y ya que voy a morir, me gustaría saber qué hice.
Ella: Bueno.
Él: ¿Me lo vas a contar?En circunstancias normales, el ferry que une las islas de Fuerteventura y Lanzarote tarda un cuarto de hora en cruzar el estrecho de la Bocayna (a los dos lados, arenas brillantes y aguas de color turquesa, con montañas quemadas de fondo). Si el tiempo está revuelto, media hora. Y si, como sucedió ayer, las 27 cabras lecheras que viajan en un camión en la bodega se amotinan, se escapan y toman el barco entero, puede tardar hasta hora y media.
“Fue un viaje agitado”, explica el portavoz de la compañía naviera. “Había bastante viento, entre fuerza 5 y fuerza 6, y además, mar de fondo. Pero el ferry navegó en condiciones de absoluta seguridad, y si los animales hubieran estado debidamente inmovilizados y controlados, esto no habría sucedido. Lo que quiero decir es que la culpa es del propietario de las cabras, y nos reservamos el derecho de tomar las medidas legales oportunas”.
El propietario, Alfonso Padrón, está indignado. “¿Mis cabras? Mis cabras se portaron de maravilla. El barco cabeceaba como si fuera el fin del mundo. El camión daba unos bandazos espantosos. Las pobrecitas estaban mareadas y asustadas. Desde que vieron el modo de salir de la caja, salieron, claro. ¿Tú no habrías hecho lo mismo si fueras una cabra?”.
Nada más escapar de su encierro, las cabras se dispersaron. Unas pocas se quedaron en el garaje, jugando al escondite en torno a los coches. Otras subieron a la cubierta de popa y se esforzaron por tomar asiento. No era fácil, porque las sillas son altas, estrechas y poco apropiadas anatómicamente para cualquier cuadrúpedo. Sólo una de ellas, la Margarita, especialmente tenaz, lo consiguió, y se quedó allí disfrutando del sol y de la brisa del mar (había mucho de ambas cosas), hasta que un pez volador aterrizó tres metros más allá, y todas a una se sintieron impelidas a acercarse, con dos preguntas claramente definidas en sus cabezas; ¿qué era eso? ¿se podría comer?
Otras cuantas decidieron quedarse dentro, en los salones, y mordisquear las plantas decorativas (de plástico). “Y que quede claro que voy a demandar a la compañía naviera, porque mis cabras han estado tragándose esas porquerías derivadas del petróleo, y con eso se perjudica la calidad de la leche y del queso, que tiene denominación de origen”, advierte el propietario. Se comieron, además, una pintura abstracta y unos dos metros cuadrados de moqueta azul de Prusia. “Que es sintética: eso también va en la demanda”, continúa el propietario, vengativo. Dos de las cabras se subieron a un sofá y miraron la tele (daban un informativo). Cuatro vomitaron sobre una mesa de centro.