Enciclopedias
El vendedor de enciclopedias, recién incorporado a la profesión, se va a un congreso en Barcelona. Se queda en un hotel de cuatro estrellas, ocupado por cientos de vendedores de enciclopedias llegados de todos los rincones de España. Y va por el pasillo, mirando la pantalla del móvil y pensando que tiene que llamar a su madre (aunque allí es una hora menos, ahora estará en la clase de power-fitness), cuando un señor enchaquetado le asalta rapazmente y, sin dejarle casi abrir la boca, le vende una hermosa enciclopedia de 58 volúmenes, que hoy y sólo hoy viene acompañada de un equipo de música y de una colección de discos compactos de los grandes maestros del jazz, todo ello por 25,50 euros al mes (pero de aquí a la eternidad).
El vendedor principiante, que se llama José Ramón, tarda un poco en reponerse de la experiencia. Pero se repone y sigue adelante, suspirando y diciendo bajito "ay, Dios". Llama al ascensor, entra, se mira en el espejo, y nada más cerrarse la puerta le cae encima otro vendedor que estaba agazapado en el falso techo. José Ramón se defiende como un hombre y trata de sacar el cartoncito rosado que le acredita como vendedor de enciclopedias, por si eso le salva; pero da igual, el atacante se muestra tan magnético, tan arrebatador, que el pobre sale del ascensor en posesión de una excelente enciclopedia de la caza mayor y menor, que lleva consigo dos magníficos regalos, como son una escopeta de repetición, con munición suficiente para seis meses, y un venado disecado, con certificado del taxidermista; y todo por 31,15 euros al mes, lo que cuesta una cena.
José Ramón, admirado a su pesar, piensa que a su madre ya la llamará mañana, y se dirige al bar, con la idea de animarse tomándose unas copas, y de hablar con quien sea que esté atendiendo la barra, a quien, con un poco de suerte, le puede colocar una enciclopedia lujosamente encuadernada en cuero de color café con letras doradas, una obra tan elegante como informativa, el complemento ideal para toda sala de estar, y sólo cuesta 15,65 euros al mes, y a los primeros 100 peticionarios se les obsequiará con un reloj de cuco suizo. Pero cuando entra en el bar se encuentra un ejército de hombres de ojos penetrantes que lo miran sin piedad y calibran cuántas enciclopedias podría comprar.
El vendedor principiante se asusta, sale corriendo y se refugia en su habitación. No se mueve de allí hasta que acaba el congreso. Se dedica a mirar las ofertas de trabajo del periódico y a ensayar cómo le va a explicar a su madre que este empleo tampoco era para él.

