27/07/2007

Vacaciones

Papá: Hija mía, no sé si verías el telediario hoy.

Elenita: No.

Papá: Pues decían que hay una ola de calor terrible en Italia, 50 grados si no más, y en Sicilia, unos incendios forestales pavorosos. Están evacuando a la gente y todo.

Elenita: Qué se le va a hacer. Ya nos arreglaremos.

Papá: Todavía estás a tiempo de quedarte en casa, fresquita, descansando.

Elenita: Que no, si tenemos los billetes, las reservas y el coche alquilado desde cuándo...

Papá: De verdad que no entiendo por qué siempre te tienes que ir a los sitios más peligrosos

Elenita: Es que a mi edad ya no me apetece Eurodisney.

Papá: Sicilia, Jamaica, Marruecos, Bilbao...

Elenita: Pero si nunca me pasa nada.

Papá: Bueno, tú dirás qué hacemos cuando te secuestren.

Elenita: Pues pagar, yo creo que será lo mejor.

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25/07/2007

Documentos deprimentes - El paro (I)

Me desperté sin ganas ningunas, por puro sentido del deber. Pero ya que estaba, y como todavía no he aprendido a morirme a voluntad, me levanté, encendí la radio y la tostadora, desayuné (todo integral, todo desnatado, todo de plástico), me duché, me probé un vestido, un pantalón y tres faldas que no me sentaban bien y dos pares de zapatos que tampoco. En un ataque de decisión conseguí vestirme, y nada más bajar las escaleras supe que me había equivocado. Llevaba unas sandalias blancas con las que parecía una enfermera del doctor Schöll (una que tuviera tendencias secretamente nazis), y la camiseta se me había quedado chica. Pero me puse digna conmigo misma y me negué a subir a casa a cambiarme otra vez.

Llegué a la oficina del paro a las ocho y media, con la carpeta en la mano. Había una cola como para un concierto de los Rolling, y, justo detrás de mí, un chiquito con gorra y los pantalones allá abajo que me miraba con detenimiento y se preguntaba muy obviamente si yo sería una tía o un travestón. No llegó a ninguna conclusión, y no por falta de tiempo. La señora que me atendió me acusó de no tener cita previa, de no traer la documentación en regla, de ser una lagarta mala. Esto último no lo dijo, pero lo pensó. Me ordenó que pidiera cita la semana siguiente y me dio una lista de todos los papeles que debía llevar. Dieciséis. Me sentí como en un chiste de Forges, pero me fui sin protestar. Al chiquito, cuando salía, le dije “una tía, soy una tía”, pero por la cara que puso no debió creerme.

A la delegación de Educación llegué a las once. Había cola también. La señora que me atendió (es una forma de hablar) me dijo que las listas no habían salido ni se sabía cuándo iban a salir, que podía ser mañana o dentro de un año o de cinco o nunca en la vida, y que lo único era ir preguntando; que no, que por Internet no lo podía ver; y que de todos modos si me había inscrito correctamente yo tendría que haber recibido una resolución en mi casa: que algo habría hecho mal.

Al Cabildo llegué a la una. Allí no había cola, pero daba igual. Me dijeron que el jefe estaba reunido, que la chica que se encargaba de los certificados de empresa había salido un momento a hacer una gestión, que no sabían cuando volvería, ni siquiera si volvería; que nadie más me podía atender; y que a ver qué esperaba yo a esas horas. Que en todo caso viniera mañana, tempranito, a partir de las diez.

Salí resoplando como una ballena yubarta y cuando iba por la heladería italiana me di cuenta de que me había dejado la carpeta en el negociado de Asuntos Laborales del Cabildo. Volví a buscarla y me tropecé con el jefe que estaba reunido, y cuando hice amago de hablar con él me dijo, todo serio, que le era completamente imposible, y me miró con aire de reproche. Es una deslealtad muy grande actuar como si uno se rindiera y se fuera para la calle y luego volver sin avisar a ver si así da con el funcionario que necesita. Está muy feo.

A las dos y cinco me senté en un banco en la avenida de la playa, me abracé a la carpeta y me puse a llorar. Entonces pasó un muchacho con un perro pequeñito. El perro se dejó acariciar y coger en brazos y me dio unos pocos lametones y un mordisco en la garganta, cosa que me animó bastante. Luego, mientras el muchacho me explicaba que era de la marca bulldog francés, y que había costado 800 euros, y que era más bueno que el pan, aunque se comía las paredes, el perro saltó al suelo, y de allí al muro de la playa, y de allí, cogiendo impulso, a la arena, y aterrizó sobre una escultura gigantesca de un elefante que había hecho un señor con barba que pedía dinero (no de viva voz, sino a través de un cartel).

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19/07/2007

Hazme un favor

Cuando era chica lloraba y ya. Pasaba lo que fuera y yo estaba llorando, resoplando, hipando, se me torcía la voz, los ojos se me ponían verdes, la cara me quemaba. Venga lágrimas y lágrimas y más lágrimas, unas me las secaba con las manos o con las mangas, otras iban al suelo, otras me las tragaba. Me dolía la piel, la barriga, los pulmones. Luego tenía que sonarme y lavarme la cara con agua fría.

Después me hice un poco mayor y empecé a notar las ganas de llorar antes de llorar. Casi nunca podía evitar la llantina, pero sabía que venía, y a veces alcanzaba a irme y esconderme a tiempo. Aprendí a no hacer ruido, además.

Ahora que soy mayor del todo no lloro. Tengo razones y ganas (aunque las siento lejos, como si no fueran mías), pero no lloro. Por más que nadie me vea ni me oiga, por más que me empeñe. Hay días que me bajo al vídeoclub, a ver. La semana pasada saqué “La vida secreta de las palabras”, “Olvídate de mí” y “Mar adentro”. Nada. Entonces, “Bailando en la oscuridad” y “La lista de Schindler”. Nada, tampoco. Sigo con una llantina ahí atravesada. Y hace ya siete meses. Me voy a enfermar.

Hazme un favor. Podías pegarme o gritarme o algo, ¿no? O déjame penada sin salir. O háblame de la perrera municipal. O dime que me calle la boca ya. O llora tú. Verás que funciona. Anda.

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13/07/2007

Voz mecánica

El teléfono móvil al que llama está apagado o fuera de cobertura en este momento. Por favor, inténtelo de nuevo más tarde. O mira, no. Te voy a decir la verdad. Marcos desactivó el contestador porque le ponía nervioso. Y como ahora mismo está comunicando, por eso salto yo. Lleva una hora hablando con una muchacha morenita, guapa, que trabaja en el aeropuerto, una que se ríe mucho. Bueno, todo este rato lleva riéndose. Raquel, se llama. Y ya quedaron para mañana por la noche. Yo creo que es mejor que lo sepas.
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08/07/2007

Tachones

La realidad se va llenando de tachones, de espacios imposibles, vedados. No, aquí no, aquí tampoco, da la vuelta, prueba por otro lado, a ver. Los tachones son memoria concentrada y tinta. Una tinta pesada, como alquitrán caliente. Las cosas las tachas porque duelen. Si no las ves se supone que te duelen menos y que acabas olvidándote de ellas. Aunque el tachón sí lo ves.

Mientras más vive una, más tachones aparecen. Por lógica, los más antiguos deberían ir difuminándose y dejando ver lo que hay debajo; pero no, porque en los tiempos de los primeros tachones una era tiernita, inocente, no sabía, y las cosas dolían terriblemente, hasta el fondo, sin límites, así que los tachones se hacían violentos, eléctricos, casi atravesaban el papel y la mesa, y por más tiempo que pasara no había manera de librarse de ellos.

Al principio se tachan los sitios, países, islas, ciudades enteras, barrios, calles, escaleras, habitaciones, balcones, alfombras. Luego la cosa se extiende, y se empiezan a tachar músicas, festivales de jazz, libros, películas, artistas, voces. Y vinos, y dulces, y sujetadores de encaje, y vainilla y chocolate blanco, y, y, y. Entonces se tachan palabras, no digo nombres propios, que también, sino palabras corrientes que hacen falta para vivir normalmente, como “desayuno” o “cocodrilo” o “fantástico”, y es grave. Pero lo peor es cuando empiezan a tacharse trozos de tu cuerpo. Hay un tachón negro que te recubre la boca, y otro en la nuca, y otro te baja por el vientre, y ya no se puede hacer nada.

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03/07/2007

Vida de Francisco Araña (capítulo III)

Doctor: Buenas.

Francisco Araña: Buenas.

[seis segundos de silencio; el médico mira a Francisco; Francisco, inmutable, clava los ojos en el techo]

Doctor: Pues usted dirá.

Francisco Araña: Sí. Yo venía a hacerle una consulta urgente, porque aunque no se me note a primera vista, estoy malo, malo de verdad.

Doctor: ¿Trae usted los informes?

Francisco Araña:No me hacen falta informes. Quédese con lo que le digo, que es la verdad pura y simple, porque yo no miento jamás. Me voy a morir ya mismo.

Doctor: ¿De qué?

Francisco Araña: Del pecho. Y del hígado. De las venas y las arterias y las arteriolas. Del colon transverso. De sarcoidosis. Son muchas cosas.

Doctor: Pero y yo qué le voy a decir, sin los informes... ¿No tiene placas, ni análisis, nada?

Francisco Araña: No.

Doctor: ¿Y su médico de cabecera quién es?

Francisco Araña: Una mala persona. Incompetente, además.

Doctor: ¿Cómo?

Francisco Araña: Mire, vamos a centrarnos, que no hay tiempo que perder. Yo lo que le vengo a decir es que lo mío no tiene cura. Y quiero saber si el seguro incluye la congelación.

Doctor: ¿La qué?

Francisco Araña: La congelación, congelación, hombre. Lo mío hoy por hoy es irremediable. Pero al paso que avanza la ciencia, y por más que esté en manos de degenerados y sinvergüenzas, que tendríamos que hablar de los experimentos que hacen con los animalitos inocentes...

Doctor: [sin palabras] Eh...

Francisco Araña: Sí, lo que le decía, al paso que va la ciencia, en cien o ciento diez años, si no se ha extinguido la humanidad ni ha reventado el planeta, sí habrá remedio para mí. Entonces la cosa es que me congelen, pero con todas las garantías, manteniendo la estructura de los tejidos y deteniendo el avance de la enfermedad. Y cuando se hayan dado todos los progresos necesarios para salvarme, me descongelan y listo.

Doctor: Ya. Pues para esto tiene usted que ir a su médico de cabecera.

Francisco Araña: No. Porque fui y me dio un volante para el psiquiatra.

Doctor: Claro.

Francisco Araña: [belicoso] ¿Cómo, claro?

Doctor: Es que el pase para el congelador tiene una serie de requisitos, y uno de ellos es un informe psiquiátrico.

Francisco Araña: No sabía yo eso.

Doctor: Sí.

Francisco Araña: ¿Y por qué?

Doctor: A cualquiera no se le puede mandar al congelador. Hacen falta unas condiciones.

Francisco Araña: ¿Condiciones de qué?

Doctor: ¿Usted sabe lo que es pasarse cien años bajo cero, con el cerebro al mínimo de revoluciones? Una experiencia. No es que esté uno apagado del todo, pero vamos... Y cuando lo devuelven a la vida, allá en el futuro, es un choque. Así que antes nos tenemos que asegurar de que el cerebro va a aguantar la presión.

Francisco Araña: [se lo piensa, con toda la cara arrugada]

Doctor: Vaya usted tranquilo al médico de cabecera. Le dice esto mismo. Y cuando le dé el volante para el psiquiatra, lo coge. Y allí le explica el asunto al psiquiatra. Usted verá que le hacen el reconocimiento, le firman el informe y lo mandan al congelador.

Francisco Araña: ¿Y me congelan a mí sólo, así, en una habitación particular, o compartida?

Doctor: Pues no le sé decir. Siendo por el seguro...

Francisco Araña: ¿Y se permiten animales?

Doctor: Tampoco sé. Los detalles mejor se los pregunta al médico de cabecera. Pero mire, no se esté, vaya rapidito, que hay una lista de espera...

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