30/08/2007

Consideración

Ella fue siempre muy considerada con él. Muy cuidadosa. Tanto que, cuando se dio cuenta de que él ya no la quería, se dejó a sí misma.

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24/08/2007

Guagua (I)

[El poeta salvadoreño Roque Dalton se sentó durante meses y meses en el mismo rincón de la taberna U Fleku de Praga y escuchó cientos de conversaciones. Luego juntó los cachitos, muy brillantemente, en una pieza que llamó ‘Taberna’. A mí me encanta. Y cada vez que oigo gente hablando en las guaguas, los cafés y los bancos de las plazas, sobre todo en las guaguas, me acuerdo de él. Así que esto que pongo a continuación, que no es poema ni nada, sino un listado aleatorio, va dedicado al señor Dalton, que en paz descanse, con infinito amor y admiración]

 

 

“¿Pero tú sabes lo que me costó que se enfadara conmigo y dejara de llamarme? ¿Cómo me voy a poner a tiro para que me perdone ahora? No, no: si la trato mal es por su bien”.

 

“Pues el inspector del ayuntamiento dice que hay un problema con la fosa escéptica”.

 

 

"El pavo nuevo ése de la oficina...”. “¿Qué?”. “¿No lo ves raro?”. “En la oficina todo el mundo es raro”. “Sí, pero éste tiene mirada de loco, y va a todos lados con el maletín: a desayunar, al despacho del director, al baño...”. “¿Y qué?”. “Yo creo que mata gente y se la come”. “Ah”. “Y lleva miembros cortados en el maletín”. “¿Como tentempié?”. “No, hombre, para que no lo coja el FBI”.

 

“Yo a los reyes les voy a pedir la barbie princesa y un lanzallamas”.

 

“Y yo le dije: Alfonso, si tú te has decreído de que esto va a seguir así estás muy pero que muy dequivocado”.

 

“Me cago en la Corporación Dermoestética”. “Y en la Telefónica”. “Boh, eso no hace falta ni decirlo”.

 

“Niña, ¿ésa está más gorda que yo?”. “Mamá, por Dios, no grites”. “Bueno, ¿pero está más gorda que yo?”. “Sí”. “¿Y más vieja?”. “Ay, por favor”. “¿Qué?” “Que sí”. “Pues es de mi quinta, iba a clase conmigo”. “Estupendo: ahora sólo falta que convoques un referéndum popular, a ver qué piensan los demás viajeros y el chófer”. “Qué mal genio, de verdad, yo no sé”. “Si es que gritas mucho, Mamá, cualquier día se levanta una y te parte la cara, y yo no te voy a defender, porque tiene toda la razón”. “¿Y aquella de allá, la del pelo tieso, está más gorda que yo?”.

 

“Señorita, perdone, pero llevo un tiempo observándola con detenimiento y tengo razones para pensar que usted sufrió un trauma muy grave a la edad de cuatro años. Pregunte, pregunte a su familia y verá”.

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19/08/2007

Cuatro calles

Es que esto es muy chico, vivimos en cuatro calles, nos tropezamos todo el tiempo, y entonces las cosas son como de opereta. Mira, yo estaba sentada en una terraza, tomando café con Clara, cuando vi pasar a Antonio cargado con un montón de bolsas de comida china. Él no me vio; iba, como siempre, con cara de velocidad, pero tan planchadito, tan puesto, que parece que su madre lo vistiera y lo peinara a primera hora y lo dejara perfecto para el resto del día. Acabé el café y la conversa y me fui a casa con una caja de trufas con amaretto. Me quité los tacones, me tendí en la alfombra, encendí la tele. Daban una serie de asesinatos. Empecé a soltar el lazo de las trufas. Y entonces sonó el teléfono, y era Víctor, que me dijo que por favor, que tenía el niño malo y que necesitaba un medicamento con toda la urgencia del mundo, y que a mí, si tenía corazón, se me presentaban dos posibilidades, a saber, a) buscar la farmacia de guardia y hacerle el mandado o b) quedarme con el niño mientras él iba a buscar la farmacia de guardia. Conociendo a Víctor (y al niño) elegí ir a la farmacia. Me volví a poner los zapatos, me peiné, me pinté la boca por si acaso (qué acaso, yo qué sé, por si acaso en general), cogí el bolso. Y en plena operación supositorio me crucé con Amalia. Iba de camino a la casa de Antonio y llevaba en la mano una peli del vídeoclub. De los Hermanos Marx, “Una noche en Casablanca” creo que era. Ella me vio y, muy educadamente, se paró a saludarme. Hablamos de mi trabajo (o más bien de la falta del mismo) y de sus estudios y de si es más difícil sacarse el carné de conducir o sobrevivir sin coche. A Antonio no lo nombramos, ni se nos pasó por la cabeza. Estuvimos muy agradables las dos. “Me alegro de verte”, sonrió.

Si Amalia se alegra de verme es porque no sabe que Antonio estuvo en mi casa ayer, ni que me llamó esta mañana para prometerme que no me va a volver a llamar nunca más, y luego, de nuevo, para decir que lo promete sabiendo que no va a ser capaz, que recaerá hasta el infinito en el vicio de llamarme, hasta que yo le dé de patadas o cambie de número o pida una orden de alejamiento. En realidad Amalia no se alegra. Y si nos ponemos sinceras, aunque Antonio no sea mi novio ni nada, yo tampoco me alegro de saber que esta noche les toca comida china, acurrucarse en el sofá y ver una peli de los Hermanos Marx. Igual no tienen trufas con amaretto, pero tampoco tendrán frío ni sensación de ir a extinguirse sin dejar rastro ni semilla.

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07/08/2007

Tiempos

Jorge y Alina se conocieron en el XXIII Congreso Internacional de Productores de Plutonio Enriquecido. Se enredaron. Él estuvo infinitamente enamorado de ella durante 48 horas. Luego ya no.

La hermana pequeña de Alina se llamaba Miriam. Jorge y Miriam se conocieron en la rueda de prensa de presentación de la Ciudad de las Jirafas. Se enredaron. Él estuvo intensamente enamorado de ella durante 36 horas. Después se le pasó.

Miriam y Alina habían ido al colegio con una muchacha que se llamaba Irene. Jorge e Irene se conocieron en la boda de la hija de un magnate de la seda salvaje. Se enredaron. Él estuvo enamorado de ella durante dos años y nueve meses. No comía, no dormía, no trabajaba, no miraba a nadie más. Sólo estaba enamorado, a tiempo completo. A Irene, Jorge le parecía muy gracioso y muy tierno.

Un día Alina entró en un bar y se sentó a tomar algo mientras esperaba a su hermana. Jorge, todo borracho, se acercó, la saludó y le dijo, con aire de agente secreto, “es un desastre, hay una Irene que no me quiere nada”. Antes de que ella pudiera contestar llegó Miriam, y Jorge las presentó educadamente. “Ah, ésta es Miriam, ésta es Alina, verán que se llevan bien, las dos son encantadoras, y, ahora que lo pienso, tienen mucho en común”. Luego le explicó a Miriam “me voy a morir, porque hay una Irene que no me quiere nada” y empezó a llorar.

Miriam y Alina miraron como salía del bar, trastabillando escaleras arriba, tan guapo, tan bien vestido, y dijeron, enternecidas, “pobrecito”.

 

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