De día no se puede ver la Piazza della Signoria, porque hay demasiada gente dentro. Lo único que se puede ver es un mar de turistas, todos esforzándose por ver la plaza y por sacar fotos y vídeos, procurando que en la foto o en el vídeo parezca que en la plaza están ellos solos, cosa que es dificilísima cuando no imposible, y que les produce gran frustración y arrebatos de coraje que, a veces, acaban en combustión espontánea.
Bueno, lo que te decía, que para ver la plaza hay que ir de noche. Tarde. Cuando yo llegué eran cerca de las doce y no había casi nadie. Me paré ante la puerta del Palazzo Vecchio y miré para arriba, para la torre. Entonces sentí un ruido mecánico y bajé la vista y vi que se me acercaba una de esas máquinas de la limpieza que llevan luces amarillas y dos cepillos giratorios por delante y luego una especie de aspiradora que parece capaz de chuparte los zapatos y dejarte descalza en medio de la calle. Me hice un poco para atrás y volví a mirar para arriba. La máquina siguió adelante y me rodeó. Cuando digo que me rodeó no es que se desviara discretamente para adelantarme, sino que dio una vuelta completa a mi alrededor, y luego otra. Me extrañó; miré al conductor, que me sonrió como si me conociera y me dijo hola con la mano. Le dije hola yo también. Y como no se iba, pensé que igual justo ahí donde me había parado le debía molestar. A lo mejor tenía que hacer algo municipal exactamente en ese metro cuadrado mío, no sé, enchufarse a una toma de agua o de luz... Él sabría. Así que me eché a andar, crucé la plaza, salí y acabé en un callejón donde está la casa en la que vivía Dante, y, tres pasos más allá, la iglesia en la que, dicen, conoció a Beatriz. Y estaba mirando, tan contenta, toda ojos, cuando por el callejón entró, rugiendo, la máquina de la limpieza.
Primero me pregunté cuántos callejones sucios habría en el centro histórico de Florencia, y me respondí "siete mil". Pero luego se me ocurrió que al hombre le debía pasar lo mismo que a mí, que no podía moverse con normalidad durante el día, cuando la marea de turistas estaba llena, y que se tenía que esperar a que vaciara para que le quedara un poco de espacio. La máquina se me acercó y el hombre me sonrió por encima del ruido. Yo le hice un gesto de disculpa. "Pobrecito, que no te libras de los turistas ni a la medianoche", pensé. Cogí camino otra vez, para la calle del mercado, y ya que estaba me arrimé a un escaparate. Había un abrigo blanco que costaba 1.660 euros. Suspiré y levanté la ceja a la vez. Allá al fondo me pareció oír la máquina de la limpieza otra vez, pero decidí que no podía ser y ni siquiera me di la vuelta. Y seguí hacia la Piazza del Duomo, y me paré debajo del Campanile. Lo estuve mirando un ratito, y entonces se me acercó un muchacho, muy educado, que me saludó y, sin respirar apenas, me preguntó si quería dar un paseo con él, que conocía muy bien la ciudad antigua. Le dije que no, que muchas gracias, que ya era muy tarde, y él dijo que no, que no era nada tarde, pero que si yo estaba cansada podíamos pasear en moto, y en esa conversación estábamos cuando la máquina de la limpieza entró en la plaza y vino directa hacia nosotros a una velocidad impensable y nos atropelló.