Fiebre
Tengo fiebre. Me duele la garganta, y la cabeza, y la espalda, y los huesos, y cada vez que me pongo de pie se me levanta un vendaval en los oídos. De día estoy tirada, lacia, sin espíritu para nada, agobiándome con la cantidad de cosas que debería estar haciendo y no hago, y que tendré que hacer contrarreloj cuando me cure. De noche no consigo dormirme. Tengo fríos y calenturas y me revuelvo en la cama. A ratos estoy encogida como un gato chico, envuelta en kilos y kilos de ropa de cama; a ratos me estiro como una estrella de mar y mando las mantas al suelo. Al principio pensaba que no dormía porque me daban miedo las pesadillas. Porque cuando tengo fiebre siempre sueño con verduras mutantes. Una vez soñé que estaba encerrada en un contenedor de pimientos abandonado en el puerto. Yo gritaba, pero nadie me oía. Y entonces los pimientos empezaban a abrirse en dos mitades, y de su interior salían vampiros-cucaracha que se me acercaban para mirarme bien. Otra vez soñé que estaba dentro de una nube de acelgas radiactivas, que me entraban por la nariz y la boca y se me colaban por la piel, y quemaban venenosamente, y yo no podía hacer nada, porque no había otra cosa que respirar. Pero ahora creo que no es por las pesadillas, sino porque esta vez la fiebre me enciende la cabeza de una manera distinta. Y pienso como una sierra circular, y así no hay quien duerma. De vez en cuando me llegan unas ideas frías, transparentes, que me ponen mala. Por ejemplo, es mentira que los abrazos resuelvan los problemas. Si eso los alejan un poco. Pero luego vuelven, y como aprovecharon para coger carrerilla, están más fuertes.

