Tila
Se me comen los nervios. Ya no sé qué hacer conmigo. Voy a la cocina y miro en el roperito alto. Tila. Sí. Pongo agua a hervir, cojo la taza, el colador, una cuchara. Espero. El agua se va empapando del amarillo suave de las flores de tila. Pienso. Calculo cuánta tila me queda. Me voy al baño. Abro el grifo del agua caliente. Cuando el espejo empieza a empañarse, me arrodillo al borde de la bañera y voy rompiendo las bolsitas. Despacio. Respiro el vapor. Luego me desnudo y me baño. Me quedo dormida. Cuando me despierto, la tila y yo estamos frías y pegajosas. Yo, además, un poco azul.

