26/06/2008

Bricolaje

Estaba yo encerrada en mi cuarto maquillándome los pies, que tenía unas cicatrices feísimas por culpa de unas sandalias de charol que me despellejaron toda, vamos, que un pelo me faltó para parecer la Novia Cadáver y caminar por ahí sembrando cachitos de hueso y cartílago con prodigiosa elegancia; y yo lo que quería era ver si el corrector de ojeras funcionaría en los pies, o si sería mejor el iluminador, y si después habría que añadir polvos compactos, para darle uniformidad al tono, y si la combinación mancharía o no; y tenía la cabeza ocupada en decidir qué sería preferible, si dar pena por la parte de los pies o estropearme los zapatos, y recordaba los refranes de mi abuela, "al que quiera celeste que le cueste", "para presumir hay que sufrir", todos deprimentísimos, cuando de repente entró mi madre, y yo escondí el corrector de ojeras debajo de la almohada, porque estos experimentos científicos prefiero mantenerlos en privado, y ella me preguntó "¿qué, qué haces?", y yo le dije "aquí, pensando si me pinto las uñas de los pies o no", y ella, con la ceja levantada, "pero si ya las llevas pintadas, y de negro además", y yo, "no, es color chocolate", y ella, "chocolate negro, será", y yo, revirándome un poco, "se llama Gorgeous ChocolArt Explosion", y ella, "milagro que cabe el nombre en la etiqueta", y yo, acordándome de por qué no me gusta discutir de estilismos con mi madre, "¿y tú viniste por algo en particular?", y ella, orgullosa, "para decirte que te arreglé el emepetrés", y yo, "pero si no estaba roto", y ella, "sí estaba, tenía la parte de arriba medio levantada, la de la lengüeta del bloqueo, pero no te preocupes que ya te lo pegué con la gotita", y ahí me entraron fatigas, "ay, ay, ay", y ella, "¿qué?", y yo, "¿dónde está?", y ella, "fuera, secándose al sol", y yo "ay, ay, ay", porque delante de mi madre no digo palabrotas, y ella, "niña, que no lo llevé a reciclar ni se lo di al gato para que jugara, que te estoy diciendo que te lo arreglé", y yo bajé las escaleras a gran velocidad, y lo vi en la ventana de la cocina, tan blanquito, tan delicado, y bueno, por ir resumiendo y evitando suspenses, ahora mi empetrés funciona, pero de un tirón, empieza y no acaba hasta que no se le agota la batería, tengo que oírme cuatro gigas de música sin tregua ni piedad, cosa que incluye a los Electroduendes, por ejemplo, y a Celia Cruz, y a mi madre le entró un ataque de culpabilidad y me dijo "perdona, hija mía, yo no sabía que los emepetrés de alta tecnología no se podían pegar con la gotita, la próxima vez leeré el prospecto del pegamento y el del aparato antes que nada, de verdad, dime qué puedo hacer para compensarte, te compro otro", y yo, estúpidamente, dije que no y pedí pinturas, y como resultado tengo dieciséis esmaltes de uñas en la gama del negro satánico, el marrón frío-y-umbrío, el plateado-lago de la muerte y el morado-lívida putrefacción, y a mi madre le parecen todos horribles, y cuando me mira los pies se estremece. Y me encanta.
Posted by La Lupe at 11:45:47 | Permanent Link | Comments (10) |

21/06/2008

Cádiz

[éste, para Cristóbal]

Estoy en Cádiz. Voy por la calle como un perro perdiguero, con la nariz en alto, oliendo cosas riquísimas que me llevan dando bandazos de un lado a otro. Huele a pescado de cinco mil formas distintas, y a viento del atlántico, y a barcos, y a gente. Pero además de nariz tengo ojos (aunque menos). Y los ojos también me llevan por donde quieren. Veo un hombre sentado en un carrito de niño chico en la misma puerta del mercado. Mira la hora, las dos y media, como si esperara a alguien. Me imagino que llega otro hombre sentado en un carrito, rodando calle abajo, y que los dos se saludan y se van juntos a comer. Pero no. El hombre sigue allí sentado, meciéndose un poco, y, yo aunque tengo ganas de quedarme a ver qué hace, no me paro. Camino hacia la playa. Nada más entrar por la Puerta de La Caleta veo un hombre tendido en el suelo. Hace mucho sol, pero el hombre está allí, bocabajo, con la cara enterrada en el asfalto. Me acerco y le pregunto si está bien. Abre un ojo y me dice que no. Que está malo. Mareado. Que se ha tragado por lo menos dos litros de agua. Le digo que no se preocupe, que el agua no es venenosa. Me contesta “salada”. Ah. Lo miro y me doy cuenta de que lleva toda la ropa mojada y emborrizada de arena. Perdió los zapatos.
Y las gafas de sol (de moderno) se le rompieron.
Posted by La Lupe at 21:23:17 | Permanent Link | Comments (8) |

08/06/2008

Tablón de anuncios

Esta semana tendremos en nuestro CLUB CULTURAL CANTA, CALANDRIA, CANTA al poeta Manuel Ángel Rupérez, que nos presentará su última obra, 'Suspensión temporal del fluido eléctrico', y recitará algunos fragmentos escogidos: pero trataremos también temas que nos interesen a todos, como el alcoholismo, el cáncer de próstata, el euríbor, el fracaso escolar y la estadística anual de suicidios de
nuestra localidad.

Posted by La Lupe at 14:09:30 | Permanent Link | Comments (3) |

02/06/2008

Caneco

La Noe está atendiendo a una señora que ha pedido rojo-rojo para las uñas de los pies y brillo-ópalo-rosa para las de las manos. Los pies ya están, perfectos, relucientes, y la Noe se concentra en las manos. La señora cierra un poco los ojos y se relaja. Entonces se abre la puerta de la peluquería y entra el Caneco, que sonríe como un camión de esos todos cromados que llevan naranjas a Francia, y le da un teléfono móvil a la Noe y le dice "Llámame a Elena, anda", y la Noe suelta un momento el pincelito, coge el teléfono y dice "Hola, buenas tardes, ¿me puede poner con la Infanta Elena, por favor?". La señora abre los ojos. Y la Noe, "Hola, guapa, ¿cómo estás?, sí, yo muy bien también, pero mira, ahora no me puedo parar, que tengo mucha tarea, te paso al Caneco, ¿vale?, besitos, adiós". El Caneco coge el teléfono y se derrite, "Elena, Elenita, vida mía, tú no sabes cuánto te echo de menos", y se va hacia la puerta, y se despide de la Noe con un gesto agradecido, y sale a la calle hablando en voz baja, y desaparece. La señora mira a la Noe con cara de interrogación. La Noe, callada, le pinta unas cuantas uñas a la señora con tanto cuidado como si el esmalte fuera de plutonio enriquecido. La señora se resigna y vuelve a cerrar los ojos. La Noe empieza a hablar de repente. "El pobre", dice. "Antes era muy conocido, hacía giras mundiales y bailaba en los mejores escenarios, con los grandes. Y se le fue la cabeza, y le dio por decir que él había estado con mujeres de mucho tronío, princesas, emperatrices, reinas... Pero que a él la que le gustaba de verdad era y es la Infanta Elena. Y como la tienen encerrada en palacio y no le pasan sus llamadas, le hace falta una voz de chica que pregunte por ella". La señora lo entiende. En palacio son muy estrictos con estas cosas. "Entonces todos los días viene a la misma hora y nos pide que llamemos a Elena. El teléfono está apagado, claro". La Noe remata la segunda capa y busca el spray de secado rápido. La señora vuelve a cerrar los ojos. "¿Y los domingos?". "No, los domingos se lo pide a una vecina".
Posted by La Lupe at 21:22:45 | Permanent Link | Comments (7) |