24/07/2008

Habilidad

Subo a casa de mi tía corriendo, sin avisar ni nada. Toco a la puerta. Ella abre, se asombra un poco y me sonríe. “Hola, mi niña”. “Que vengo a que me mires las orejas”. Me da un beso. “Pasa, pasa para dentro”. Por el pasillo duda. “¿Yo no te saqué un chupachús ayer?”. “Sí, uno grande, con chicle. Y sugus también. Pero fue anteayer”. “Ah, anteayer”. Entramos en la cocina. “¿Tú merendaste? ¿Quieres leche? ¿Un bocadillo? ¿Galletas?”. “Ya merendé ya”. “¿Seguro? ¿Un yogur? ¿Magdalenas? ¿Nocilla? ¿Queso con conserva? ¿No?”. No. Me siento en una silla blanca con flores de terciopelo y me estiro la coleta y la miro con cara de por favor. “Ya tú sabes que las golosinas necesitan tiempo para criarse”, dice ella. “No nacen de un día para otro. Y en dos días no sé si habrá dado tiempo”. “Bueno, pero mira por si acaso, que ahora como son vacaciones da más tiempo para todo... Para la magia también... Anda”. Mi tía se ríe. “Que no es magia. Es habilidad. A ver, quédate quieta un momento”. Me coge la cabeza, se asoma a la oreja derecha. “Por aquí no veo nada... Espera, que... Ay, el teléfono... Ahora vuelvo”. Se va para la sala. Yo aprovecho para levantarme, saltar un poco por la cocina y sacudir la cabeza. Por si sirve para algo. Y qué habrá. Estaría bien que fuera regaliz rojo. O pastillas de goma. O barquillos de chocolate. O un polo de Drácula. Mi tía vuelve. “Siéntate. Y no te muevas. Que si te mueves las golosinas se enrabiscan y se van para allá dentro y se desaparecen. Como un pulpo en una cueva, igual. A ver... Sí... Pues mira, sí que hay algo... Pero no sé qué será... Qué difícil”. Oigo un crujidito y me alegro toda. “Fíjate tú qué cosa”. Más crujiditos. Algo que raspa un poco. Ya. Mi tía, triunfante, me pone en la mano cuatro caramelos de limón de los de Napoleón. Buenísimos. Con picapica. “Espérate, espérate, no te muevas aún, que hay algo más... Es grande... Ay... ¿Será posible esto?”.

Me voy a mi casa con una caja de bombones debajo del brazo. Mi tía dice que ahora tenemos que esperar dos semanas por lo menos, para que se me recuperen los interiores de tanto esfuerzo. Yo lo entiendo. Son muchos bombones. Y además ingleses.

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10/07/2008

Mercado

Él sabía que ella tenía todo el trabajo del mundo y que era mala hora para llamarla. Pero la llamó igual. Ella contestó acelerada, “¿sí?”, con subtítulos que decían “¿qué?”. Y él, tan tranquilo, mirando al cielo: “niña, que soy yo, que cuando salgas de la radio te pases por el bar del mercado, que te espero allí y nos tomamos una caña antes de ir para casa”. Ella calculó, “es la una y cuarto, vale, tardaré como media hora”, y colgó y siguió con lo suyo. Y mientras escribía pensaba “una caña y nos vamos juntos a casa, y ya veremos qué almorzamos... pero la nevera está vacía... bueno, no, hay dos tomates y media coliflor... y huevos... y no nos queda un duro ya... a día veintiuno”. Llegó al bar del mercado diez minutos tarde. Ya por la acera iba oyendo la musiquita líquida de la máquina tragaperras. Y entró y lo vio allí, de pie, con su camiseta de tirantes, concentrado en los mandos de la máquina como si estuviera tripulando una nave espacial, y el cigarro y la caña abandonados en la barra. Ella dijo, suavito, “hola”. Él hizo un gesto de “espera”, sin desclavar los ojos de la máquina, y dio un par de toques más. Y de repente la máquina hizo un ruido raro, reventó por dentro y empezó a soltar dinero. Él levantó los brazos, triunfante, y la abrazó. Cuando dejaron de caer las monedas las contaron. Cinco mil pesetas. El premio máximo. Se fueron al mercado y compraron navajas y salmonetes y pimientos de padrón y tres kilos de tomates para gazpacho y una sandía enorme que reventaba de azúcar. Luego, subiendo por la calle San Juan, helado de vainilla y café granizado. Ella lo miraba, cargado con las bolsas, contento, con su diente de tiburón al cuello y su anillo de calaveras y sus pulseras de cuero y sus melenas, hablando sin parar, y pensaba que vale que no tenía trabajo, ni parecía que lo fuera a tener, pero que ahí estaba, llevando comida a casa, y tan grande, y tan fuerte, y tan capaz, y tan feliz siempre. Él miró cómo lo miraba ella y se paró en medio de la calle, soltó la compra en el suelo y se la comió a besos.

Almorzaron con mucho lujo y mucha sonrisa. Ella llegó tarde a la emisora y se llevó un responso, pero le dio lo mismo.

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04/07/2008

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Chica sencilla, sincera, esporádica, busca persona afín para amistad y lo que surja.
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