Cuatro calles
Es que esto es muy chico, vivimos en cuatro calles, nos tropezamos todo el tiempo, y entonces las cosas son como de opereta. Mira, yo estaba sentada en una terraza, tomando café con Clara, cuando vi pasar a Antonio cargado con un montón de bolsas de comida china. Él no me vio; iba, como siempre, con cara de velocidad, pero tan planchadito, tan puesto, que parece que su madre lo vistiera y lo peinara a primera hora y lo dejara perfecto para el resto del día. Acabé el café y la conversa y me fui a casa con una caja de trufas con amaretto. Me quité los tacones, me tendí en la alfombra, encendí la tele. Daban una serie de asesinatos. Empecé a soltar el lazo de las trufas. Y entonces sonó el teléfono, y era Víctor, que me dijo que por favor, que tenía el niño malo y que necesitaba un medicamento con toda la urgencia del mundo, y que a mí, si tenía corazón, se me presentaban dos posibilidades, a saber, a) buscar la farmacia de guardia y hacerle el mandado o b) quedarme con el niño mientras él iba a buscar la farmacia de guardia. Conociendo a Víctor (y al niño) elegí ir a la farmacia. Me volví a poner los zapatos, me peiné, me pinté la boca por si acaso (qué acaso, yo qué sé, por si acaso en general), cogí el bolso. Y en plena operación supositorio me crucé con Amalia. Iba de camino a la casa de Antonio y llevaba en la mano una peli del vídeoclub. De los Hermanos Marx, “Una noche en Casablanca” creo que era. Ella me vio y, muy educadamente, se paró a saludarme. Hablamos de mi trabajo (o más bien de la falta del mismo) y de sus estudios y de si es más difícil sacarse el carné de conducir o sobrevivir sin coche. A Antonio no lo nombramos, ni se nos pasó por la cabeza. Estuvimos muy agradables las dos. “Me alegro de verte”, sonrió.
Si Amalia se alegra de verme es porque no sabe que Antonio estuvo en mi casa ayer, ni que me llamó esta mañana para prometerme que no me va a volver a llamar nunca más, y luego, de nuevo, para decir que lo promete sabiendo que no va a ser capaz, que recaerá hasta el infinito en el vicio de llamarme, hasta que yo le dé de patadas o cambie de número o pida una orden de alejamiento. En realidad Amalia no se alegra. Y si nos ponemos sinceras, aunque Antonio no sea mi novio ni nada, yo tampoco me alegro de saber que esta noche les toca comida china, acurrucarse en el sofá y ver una peli de los Hermanos Marx. Igual no tienen trufas con amaretto, pero tampoco tendrán frío ni sensación de ir a extinguirse sin dejar rastro ni semilla.

