Diario perruno
Que sepas que la perra está mejor, que parece que se va acostumbrando a la casa y a mí. Esta noche durmió cuatro horas, lo que significa una mejora de más del 400% respecto a la noche anterior (en la que no durmió nada). No, no es una forma de hablar, es una observación perfectamente científica: durmió cero horas, cero minutos, cero segundos. Lo mismo que yo. Cuando no duerme lo que hace es suspirar, llorar y caminar pasillo arriba, pasillo abajo, como un alma en pena. Yo creo que la casa se le queda chica. Sale al balcón, se asoma y hace ruidos de lobo. Los vecinos me odian, pero no importa, porque yo también los odio a ellos, y mis razones son mejores (si te da curiosidad, te pongo una nota a pie de página). La primera noche, a las cuatro y media, justo en el momento en que la perra volvía del balcón por decimoctava vez, se tendía al lado de mi cama y resoplaba como una tonina huérfana, sola en la vida, tuve un ataque de inteligencia y me dije: "le voy a dar un valium". Me levanté, miré en el Google "perro", "ansiedad", "valium", y pensé que en el peor de los casos siempre podría tomármelo yo. Pero encontré una página de veterinarios donde decían que sí, que se lo podía dar, a razón de tantos miligramos por kilo de perro. Y cuando estaba multiplicando se me acercó la perra y me puso el hocico en la rodilla, tristísimamente; y me vino un ataque de culpa, me sentí como la madre de Madeleine, y abandoné. Le estuve haciendo compañía y caricias (parte fundamental del programa libre de drogas) hasta que amaneció, y entonces, pálidas y ojerosas las dos, nos fuimos de paseo.
En estas 48 horas de convivencia la perra y yo hemos caminado unos doscientos kilómetros por la avenida de la playa. Tengo la esperanza de que en algún momento se canse y duerma. Pero por el momento sólo me canso yo. Además me estoy deslomando, porque cada vez que la perra ve o huele algo que le llama la atención, da un tirón de la correa que me lleva casi a partirme en dos a la altura de la cuarta vértebra lumbar. También me hace saltar por el aire cuando se asusta, y se asusta mucho. La pobre se crió en el campo, y esto de venirse a vivir a una gran metrópoli internacional como Arrecife la tiene desandada. Le dan miedo los coches, las motos, los camiones de la basura, las alarmas, los gritos, el reggaetón. Le da miedo la gente desconocida, sobre todo si es grande o de colores; los señores con bastón, los que llevan carros o sombrillas, los policías municipales, los taxistas, los carteros y los aparcacoches. Las únicas criaturas que no le dan miedo son las que miden menos de un metro de alto. Esto, claro, limita bastante nuestra vida social.
No la puedo dejar sola, porque se agobia y se pone a darle testarazos a la puerta de la casa, y temo por ella y por la puerta (que no es mía, sino de alquiler). Así que salgo lo mínimo, y la llevo conmigo a todos lados. En todos lados me dicen que es muy bonita pero que no puede entrar, y me indigno en todos lados. Está bien, porque gasto menos y estoy adelgazando. Ah, y otra cosa: se puso en celo. Cuando caminamos por la avenida de la playa nos sigue un rebaño de perros endemoniados, que tengo que ahuyentar a patadas. Si se te ocurre alguna forma menos traumática de ahuyentarlos dímelo, que me interesa. Ayer me rompí la uña del dedo gordo.

