Cádiz
Estoy en Cádiz. Voy por la calle como un perro perdiguero, con la nariz en alto, oliendo cosas riquísimas que me llevan dando bandazos de un lado a otro. Huele a pescado de cinco mil formas distintas, y a viento del atlántico, y a barcos, y a gente. Pero además de nariz tengo ojos (aunque menos). Y los ojos también me llevan por donde quieren. Veo un hombre sentado en un carrito de niño chico en la misma puerta del mercado. Mira la hora, las dos y media, como si esperara a alguien. Me imagino que llega otro hombre sentado en un carrito, rodando calle abajo, y que los dos se saludan y se van juntos a comer. Pero no. El hombre sigue allí sentado, meciéndose un poco, y, yo aunque tengo ganas de quedarme a ver qué hace, no me paro. Camino hacia la playa. Nada más entrar por la Puerta de La Caleta veo un hombre tendido en el suelo. Hace mucho sol, pero el hombre está allí, bocabajo, con la cara enterrada en el asfalto. Me acerco y le pregunto si está bien. Abre un ojo y me dice que no. Que está malo. Mareado. Que se ha tragado por lo menos dos litros de agua. Le digo que no se preocupe, que el agua no es venenosa. Me contesta “salada”. Ah. Lo miro y me doy cuenta de que lleva toda la ropa mojada y emborrizada de arena. Perdió los zapatos. Y las gafas de sol (de moderno) se le rompieron.
Estoy allí pensando cómo hago cuando viene un muchacho alto y fuerte, se agacha, le da una palmadita en un hombro y le pregunta, así amistosamente, “¿tú estás borracho?”. Él contesta que no, sin ofenderse ni nada. Yo le insisto, "venga, hombre", y le pido que se levante y se venga para la sombrita, que estará mejor, que ahí le va a dar un tabardillo. Él dice que no puede. Que se bañó y lo cogió una ola y le dio un revolcón. “Esta playa no es buena. La de La Barrosa es mejor. Más limpia. ¿Tú has estado en Chiclana?”. Yo no. “Yo soy de Chiclana. Familia de Rancapino, el cantaor”. Le pregunto si de verdad no se puede levantar. Dice que de verdad que no. Entonces llamo al 112. Me atiende una señora que quiere saber dónde está La Caleta y si la puerta existe y cómo se llega. Yo qué sé, yo soy de fuera. Luego quiere saber si el enfermo está consciente y orientado. Le digo que sí. Y también cómo se llama y cuántos años tiene. Le pregunto. Levanta la cabeza tres centímetros del asfalto y dice, como si estuviera en el colegio o en el cuartel “Francisco Medina Cortés, 47 años, natural de Chiclana de la Frontera. Pero tú dime Curro”. La señora me pide un par de datos más y luego me pasa con los de la ambulancia. Que no le dan más vueltas y me avisan que ya vienen. Pasa un ratito. Cada vez hace más calor. El muchacho alto y fuerte me dice que entre los dos podemos ayudar a Curro a levantarse y ponerlo a la sombra. Vamos. Lo cogemos de los brazos. Pesa mucho. Cuando le damos la vuelta vemos que lleva un montón de collares, enormes, dorados, plateados. Le dan un aire como de rapero jubilado. Lo traemos a la sombra. Nos cuesta. Curro, por el camino, dice “Yo soy familia de Chiquetete”, y canta algo de la luna. El muchacho y yo lo dejamos sentado, con la espalda pegada al muro de una peña flamenca que hay allí, pero él se va resbalando y acaba tirado en el suelo otra vez (aunque a la sombra). Y con los ojos a ras del suelo ve la colilla de un porro en el suelo, y la coge y se la lleva a la boca, y se tienta los bolsillos buscando el mechero, y yo le digo “no, si estás malo no fumes”, con una voz como si él tuviera cinco años. En el acto me arrepiento de ser la señorita Rottenmeier. Pero antes de que me pueda disculpar él me obedece, y tira la colilla (no demasiado lejos). El muchacho alto y fuerte le ofrece agua (dulce), y Curro bebe. “¿Tú has estado en Chiclana?”, me pregunta. Yo no. “Cuando vayas busca el Bar El Capote y pregunta por Curro el Gitano. Y sacamos unos vinitos y una guitarra y nos echamos unos cantecitos”. “Claro”, digo yo. “Rancapino es familia mía”. “Qué bien”. “A mí en Chiclana me conoce todo el mundo”. Llegan los chicos de la ambulancia, paran en medio de la calle, se bajan y antes que nada se ponen unos guantes de látex. Le hablan a Curro muy amablemente, como si fuera pequeño y se hubiera perdido. Curro les explica que está mareado y malo malo de verdad, que se ha tragado dos litros de agua, y que lo que quiere es que lo lleven en la ambulancia a Chiclana. O, si no puede ser, que le den pastillas para dormir, que se queda allí mismo, total... Los chicos de la ambulancia me dicen que ya me puedo ir y que muchas gracias. Curro vuelve a invitarme al Bar El Capote y me canta un poco más para que me haga una idea de lo que me espera. Los dejo allí a los tres y me siento mal. Como cuando voy por la calle y oigo un gato chico maullando desesperado y no me lo puedo llevar a casa porque no lo encuentro, porque no se deja coger, porque ya tengo tres gatos. Igual.


Me voy a Proteo. (Comment this)
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Y con cuánta intriga me has dejado. ¿Qué pasaría con el pobre Curro? (Comment this)
Estás como para regentar una casa de acogida, o un orfanato de esos multiformes, con niños, grandes, perros, gatos y demás familia... aunque te aseguro que no tienes nada que ver con la Srta. Rottenmeier...
Un besote (Comment this)