03/07/2007

Vida de Francisco Araña (capítulo III)

Doctor: Buenas.

Francisco Araña: Buenas.

[seis segundos de silencio; el médico mira a Francisco; Francisco, inmutable, clava los ojos en el techo]

Doctor: Pues usted dirá.

Francisco Araña: Sí. Yo venía a hacerle una consulta urgente, porque aunque no se me note a primera vista, estoy malo, malo de verdad.

Doctor: ¿Trae usted los informes?

Francisco Araña:No me hacen falta informes. Quédese con lo que le digo, que es la verdad pura y simple, porque yo no miento jamás. Me voy a morir ya mismo.

Doctor: ¿De qué?

Francisco Araña: Del pecho. Y del hígado. De las venas y las arterias y las arteriolas. Del colon transverso. De sarcoidosis. Son muchas cosas.

Doctor: Pero y yo qué le voy a decir, sin los informes... ¿No tiene placas, ni análisis, nada?

Francisco Araña: No.

Doctor: ¿Y su médico de cabecera quién es?

Francisco Araña: Una mala persona. Incompetente, además.

Doctor: ¿Cómo?

Francisco Araña: Mire, vamos a centrarnos, que no hay tiempo que perder. Yo lo que le vengo a decir es que lo mío no tiene cura. Y quiero saber si el seguro incluye la congelación.

Doctor: ¿La qué?

Francisco Araña: La congelación, congelación, hombre. Lo mío hoy por hoy es irremediable. Pero al paso que avanza la ciencia, y por más que esté en manos de degenerados y sinvergüenzas, que tendríamos que hablar de los experimentos que hacen con los animalitos inocentes...

Doctor: [sin palabras] Eh...

Francisco Araña: Sí, lo que le decía, al paso que va la ciencia, en cien o ciento diez años, si no se ha extinguido la humanidad ni ha reventado el planeta, sí habrá remedio para mí. Entonces la cosa es que me congelen, pero con todas las garantías, manteniendo la estructura de los tejidos y deteniendo el avance de la enfermedad. Y cuando se hayan dado todos los progresos necesarios para salvarme, me descongelan y listo.

Doctor: Ya. Pues para esto tiene usted que ir a su médico de cabecera.

Francisco Araña: No. Porque fui y me dio un volante para el psiquiatra.

Doctor: Claro.

Francisco Araña: [belicoso] ¿Cómo, claro?

Doctor: Es que el pase para el congelador tiene una serie de requisitos, y uno de ellos es un informe psiquiátrico.

Francisco Araña: No sabía yo eso.

Doctor: Sí.

Francisco Araña: ¿Y por qué?

Doctor: A cualquiera no se le puede mandar al congelador. Hacen falta unas condiciones.

Francisco Araña: ¿Condiciones de qué?

Doctor: ¿Usted sabe lo que es pasarse cien años bajo cero, con el cerebro al mínimo de revoluciones? Una experiencia. No es que esté uno apagado del todo, pero vamos... Y cuando lo devuelven a la vida, allá en el futuro, es un choque. Así que antes nos tenemos que asegurar de que el cerebro va a aguantar la presión.

Francisco Araña: [se lo piensa, con toda la cara arrugada]

Doctor: Vaya usted tranquilo al médico de cabecera. Le dice esto mismo. Y cuando le dé el volante para el psiquiatra, lo coge. Y allí le explica el asunto al psiquiatra. Usted verá que le hacen el reconocimiento, le firman el informe y lo mandan al congelador.

Francisco Araña: ¿Y me congelan a mí sólo, así, en una habitación particular, o compartida?

Doctor: Pues no le sé decir. Siendo por el seguro...

Francisco Araña: ¿Y se permiten animales?

Doctor: Tampoco sé. Los detalles mejor se los pregunta al médico de cabecera. Pero mire, no se esté, vaya rapidito, que hay una lista de espera...

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05/03/2007

Vida de Francisco Araña. Capítulo II

Francisco Araña, el poeta, está sentado en la parada de la guagua de Los Llanos. Muy digno, pensando en sus cosas, que son de gran importancia. Acaban de dar las tres de la tarde. Una chica de pelo largo baja la cuesta corriendo, llega a la parada, respira y abre la boca para preguntar, así en general, si ya pasó la guagua de las menos cinco; pero a medio camino se arrepiente, se pone colorada y no dice nada. Es tímida, la pobre. Francisco la conoce, porque la ve siempre a la misma hora en el mismo sitio. Debe andar por los veinte años y lleva una carpeta y una mochila. Estará estudiando. Francisco suele hacer discursos a su lado y ella no se va. No es que le preste atención, pero tampoco lo manda a callar con la mirada ni resopla ni se ríe de él. Lo normal es que se ponga colorada, saque un libro y lea con toda la concentración del mundo.

La guagua se retrasa, como siempre, y a la parada llega un señor mayor, con una guayabera planchadita, que dice "Buenas tardes". Francisco aprovecha para informar a este señor de que el mundo se va a acabar en breve, y que el signo que delata más claramente la cercanía del apocalipsis es lo mal que los seres humanos tratan al resto de los animales de la creación. Porque, pregunta, ¿qué culpa deben las pobres vacas y cabras y ovejas y gallinas y burras y yeguas y mulas? Ninguna, se responde a sí mismo y al señor mayor y a la chica. "Y tienen la misma dignidad que las personas", proclama, "no, más, porque ellas, criaturitas, no explotan ni esclavizan ni torturan a nadie, ni le arrancan las patas a nadie ni deshuesan a nadie". El señor mayor levanta la vista y confía en que la guagua venga pronto. Mientras, Francisco, dando voces de todos los colores, defiende que los animales son la inocencia personificada, y jura por Dios que él no come carne ni huevos ni leche ni nada que signifique perjudicar a ningún ser vivo que tenga corazón o vaya a tenerlo en el futuro. Otra cosa son los berros y las papas y las calabazas, dice.

La guagua llega y le interrumpe. El señor mayor sube primero. Luego la chica. Luego Francisco. La chica se sienta a media altura y Francisco, contra su costumbre, se coloca a su lado. Y eso que está peligrosamente cerca del chófer, que alguna vez se ha puesto firme en su papel de capitán del barco y le ha dicho que haga el favor de dejar tranquilos a los demás pasajeros, que no vinieron a una conferencia ni tienen por qué aguantar semejante guineo. Cuando Francisco se sienta con ella, la chica primero se sobresalta y luego se avergüenza mucho. Piensa disculparse por haberse asustado, ensaya mentalmente una explicación, no fue porque creyera que él está mal de la cabeza (que lo cree), sino porque no se lo esperaba, porque como él siempre se pone al final de la guagua, como los gamberros que quieren fumar a escondidas... No sabe cómo decirlo sin meter la pata y acaba por callarse. Francisco, sin mirarla mucho, para que no vuelva a encenderse ni a quedarse sin palabras, le pregunta si está estudiando y la chica responde que sí. Entonces Francisco le explica, muy comedidamente, que él ya ha cumplido los cuarenta y tres y que está buscando una mujer para casarse; que hace falta que sepa leer, que tenga corazón, que sea limpia y amante de los animales; que él es propietario de una casa y un cercado y un corral y veintiséis animales, a los que trata con respeto y cariño; que a ella también la trataría con respeto y cariño; y que necesita su dirección, porque va a ir a su casa a hablar con su padre y a pedirle permiso para cortejarla. La chica se queda pálida y no atina a decir nada. Luego se echa a llorar.

Francisco encuentra lógico que la muchacha se emocione, piensa que ya se irá haciendo a la idea, se levanta y se va para el fondo de la guagua, a cumplir con su deber. Desde allí, de pie, da un discurso bastante arrebatado que empieza así: “Las manos de todos ustedes están manchadas de sangre, sangre de bebés-cordero, de bebés-paloma, de bebés-cochino. Las manos y las barbas. Gotean sangre. Y mejor no me pongo a hablar de los terneros, con esos ojos tan dulces y tan entregados. Los terneros se merecen todo lo mejor del universo, un paraíso entero sólo para ellos, aunque más no fuera por esa forma de mirar tan amorosa que tienen. Sólo el peor de los asesinos sería capaz de convertir un ternero en filetes”. La chica sigue llorando. El chófer mira a Francisco (mal) a través del espejo, y Francisco se yergue y se prepara para la lucha.

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15/02/2007

Vida de Francisco Araña. Capítulo I

Francisco Araña, el poeta de Los Llanos, escribió tres volúmenes de versos sobre las pardelas, cosa muy meritoria, y después consiguió que se los publicaran, cosa aún más meritoria, rayana en lo sobrenatural. Es triste, pero las pardelas no tienen demasiada aceptación entre nosotros. Son unas criaturas grises, desmañadas, con cara de pena, que anidan en los acantilados. Están amenazadas por varias razones: porque la costa ya no es lo que era, con tanto turismo; porque hay quien las caza y se las come, asegurando que saben a pato; y porque se deslumbran con las luces de las farolas y los polideportivos, se estampan contra los muros y se quedan conmocionadas, y a veces se mueren, las pobres. Pero a Francisco Araña las pardelas le gustan y le inspiran intensamente.

Francisco Araña lleva siempre en su bolsa ejemplares de sus tres libros, y también una carta de Antonio Gala, de su puño y letra, en la que le agradece el envío de sus poemas, le felicita y le anima a seguir adelante en el difícil camino de la literatura. Todo esto forma parte de un rito repetido mil veces. Francisco llega a cualquier lugar en el que se reúnan más de dos personas (un banco en la plaza, una parada de guagua) y se declara analfabeto a voz en grito. El público reacciona poco en general, pero siempre hay alguien que lo mira, aunque sea un segundo. Así que Francisco toma partido por el curioso, se dirige a él y profundiza en su declaración; no sólo es analfabeto, sino muy bruto. Del campo. ¿O no?, pregunta truculento, acercándose más. El oyente se pone nervioso, busca apoyo en el resto de la audiencia, pero no hay modo, nadie levanta la vista ni mueve un pelo. Así que responde bajito "oh, si usted lo dice, será". Francisco, entonces, con gesto triunfal, se vuelve, saca sus tres libros, los dispone en abanico y esgrime una fotocopia vieja de su carné de identidad. "Son míos", dice, "los escribí yo". Resopla y añade, amargo, "para que vengan a llamarme analfabeto". Como el público no se muestra suficientemente estupefacto para su gusto (Francisco cree que la razón principal de la decadencia del pueblo canario es que ya no se asombra de nada), decide hacer uso del argumento supremo y muestra la carta de Antonio Gala. "Estimado Francisco", lee con unción. Termina, dobla y guarda la carta, y mira de nuevo al público con aire combativo, y pregunta "¿qué, estoy loco?".

Lo que pasa es que Francisco tiene tendencia a hablar solo, alto y claro, en sitios públicos, sobre todo en las guaguas y sus alrededores, y salpica sus teorías con citas de Plinio el Viejo y de Nietzsche. De manera que el vecindario piensa (acertadamente) que está mal de la cabeza, y en eso coincide con su psiquiatra, que le explica que el primer paso hacia la curación es aceptar que las enfermedades existen. Francisco Araña opina que las enfermedades son, por este orden, el psiquiatra, su familia y el vecindario, y está dispuestísimo a aceptar que existen y a lamentarlo. Pero parece que no es eso lo que quería decir el psiquiatra.

Francisco Araña confiesa humildemente que tiene sus miras puestas en el Premio Nobel, porque "los suecos sí son gente seria y decente y trabajadora, con cultura, no como estos debasos de aquí". Recuerda cómo nadie hizo caso a Tomás Morales, cómo Alonso Quesada se murió de aburrimiento, cómo Pérez Galdós tuvo que irse a Madrid. "¿Qué voy a esperar yo?", concluye. Luego sale disparado, en busca de víctimas nuevas.
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