Ella: Sí. Mira. El viernes por la tarde, serían las ocho o las ocho y media, me llamaste por teléfono. Me dijiste: “Llevo bebiendo desde la hora del almuerzo, estoy todo borracho, y quiero que sepas que te echo de menos y que me muero de ganas de follar contigo”.
Él: Joder.
Ella: Entonces, sin que a mí me diera tiempo de responder nada, te vino un ataque de arrepentimiento y empezaste a hablar a toda velocidad: “Por favor, por favor, perdóname, no era eso lo que quería decir, no quiero tratarte como un objeto sexual, la pregunta es, ¿te parece bien si paso por el vídeoclub y saco unas pelis y pido unas pizzas y luego voy a tu casa y pasamos la noche abrazaditos?”.
Él: Ay.
Ella: Sí. Y yo te contesté que en realidad prefería que me tratases como un objeto sexual; que me parecía mejor idea que vinieras a follar y luego te fueras a casita tranquilo, y me dejaras dormir. Porque yo estaba muy cansada, había tenido una semana terrible.
Él: ¿Eso me dijiste?
Ella: Sí.
Él: Eres muy rara.
Ella: Ah, tú no. Tú eres un modelo de normalidad, vamos, es que no sé cómo…
Él: Perdona, perdona, sigue.
Ella: Entonces te ofendiste todo y me dijiste que yo era muy rara.
Él: (cierra los ojos y se calla).
Ella: Sí. Y yo te dije que, en resumen, eso era lo que había. Que un ratito sí podías venir, que me parecía muy bien y tenía ganas de verte, pero que nada de acampar a pasar la noche o el fin de semana conmigo. Que me reservaba el derecho de echarte cuando me pareciera. Y más si estabas borracho.
Él: ¿Y no se me notaba la tajada?
Ella: No, la voz la tenías perfecta. Hablabas igual que ahora. Pero cuando te dije eso te pusiste todavía más digno. “¿No quieres nada conmigo si estoy borracho?”. Y yo te respondí que dependía.
Él: ¿De qué?
Ella: Pues de en qué medida te incapacitara la borrachera. Entonces te entró una especie de masculinidad agresiva y me dijiste que eras perfectamente capaz de cualquier cosa, y que me lo ibas a demostrar, y que yo iba a quedar impresionada y llamaría a todas mis amigas para contarles…
Él: Dios.
Ella: Pero, dijiste, era inadmisible que yo te echara a la calle una vez que me hubiera aprovechado de ti. Tú te ibas a quedar a dormir conmigo. Entonces yo te recordé que yo no era tu novia ni nada, y que no me correspondía aguantarte las borracheras ni las resacas. Y te enfadaste mucho y me dijiste que no tenía corazón ni sentimientos, que era una moderna de mierda, y me colgaste.
Él: No.
Ella: Sí. Y luego me volviste a llamar para decirme que te habías ido a casa de tu hermana, y que ella sí te dejaba quedarte a dormir, y además te iba a dar un caldito calentito antes de acostarte; que yo debería tomar ejemplo, que no veías ninguna razón para que me riera tanto, y que en el futuro me arrepentiría de haberte tratado tan mal. Entonces desconecté el teléfono.
Él: ¿Y qué puedo hacer para que me perdones?
Ella: Nada. La sentencia ya está dictada, ya la leyó el pregonero y todo. Los caballos te están esperando.
Él: Podía haber sido peor.
Ella: Ah, sí, siempre puede ser peor.
Él: Cuando estoy sereno soy encantador.
Ella: Sí. Mucho.
Él: Y ya entiendo por qué no me acuerdo de nada. Tanta vergüenza me bloqueó el cerebro.
Ella: Qué bien que estoy yo aquí para desbloqueártelo.
Él: ¿Y no te apetece salir a cenar conmigo, así, en plan de desagravio? Hay un restaurante buenísimo que…
Ella: Verás, tú me caes bien, me gustas y eso, y eres muy divertido, pero a tu alrededor la siniestralidad es alta-muy alta. Estar contigo significa meterse en líos, uno detrás de otro.
Él: ¿Líos? ¿Cómo, líos? ¿Por qué?
Ella: ¿Por qué? Ah, tengo una teoría, pero es bastante desagradable.
Él: Después de esto, ya…
Ella: Los líos se multiplican a tu alrededor, creo yo, porque exteriormente eres un hombre de treinta y tantos, capaz, razonable, inteligente, con sentido del humor… Pero cuando se te rasca un poquito resulta que por dentro tienes catorce años.
Él: Vaya.
Ella: O como mucho quince.
Él: Gracias.
Ella: Sí. Y no es fácil relacionarse con adolescentes.
Él: Pero eso no es culpa mía. Es que cuando yo iba al instituto era tímido y bajito y llevaba gafas y sacaba muchos sobresalientes. Y las chicas ni me veían, no me juntaba con nadie. Así que a los catorce años no me pasó nada, ni aprendí nada útil sobre las relaciones humanas. Entonces las cosas me pasan ahora y me cogen de nuevas.
Ella: Pobrecito.
Él: ¿Qué hacías tú con los muchachos cuando tenías catorce años?
Ella: Pues si ellos tenían catorce años los trataba como si no existieran, como si fueran amigos de mi hermano pequeño, seres inferiores, digamos.
Él: ¿Ves?
Ella: Pero si tenían quince o dieciséis, procuraba ponerlos nerviosos. Y si alguno que me gustara se ponía suficientemente nervioso y se me declaraba, primero hacía como que me lo tenía que pensar, luego le decía que sí, y buscábamos un lugar oscuro donde nadie nos viera y nos dábamos besos y lametones y nos apretujábamos y nos cogíamos unas calenturas terribles y nos peleábamos porque él quería meterme la mano por debajo de la camiseta o desabrocharme algún botón o bajarme alguna cremallera, y yo le decía que de ninguna manera, y no nos hablábamos y nos odiábamos, pero luego volvíamos a empezar otra vez. Era estupendo.
Él: ¿Y no podríamos hacer eso tú y yo?