Wednesday, June 27, 2007

Enciclopedias

El vendedor de enciclopedias, recién incorporado a la profesión, se va a un congreso en Barcelona. Se queda en un hotel de cuatro estrellas, ocupado por cientos de vendedores de enciclopedias llegados de todos los rincones de España. Y va por el pasillo, mirando la pantalla del móvil y pensando que tiene que llamar a su madre (aunque allí es una hora menos, ahora estará en la clase de power-fitness), cuando un señor enchaquetado le asalta rapazmente y, sin dejarle casi abrir la boca, le vende una hermosa enciclopedia de 58 volúmenes, que hoy y sólo hoy viene acompañada de un equipo de música y de una colección de discos compactos de los grandes maestros del jazz, todo ello por 25,50 euros al mes (pero de aquí a la eternidad).

El vendedor principiante, que se llama José Ramón, tarda un poco en reponerse de la experiencia. Pero se repone y sigue adelante, suspirando y diciendo bajito “ay, Dios”. Llama al ascensor, entra, se mira en el espejo, y nada más cerrarse la puerta le cae encima otro vendedor que estaba agazapado en el falso techo. José Ramón se defiende como un hombre y trata de sacar el cartoncito rosado que le acredita como vendedor de enciclopedias, por si eso le salva; pero da igual, el atacante se muestra tan magnético, tan arrebatador, que el pobre sale del ascensor en posesión de una excelente enciclopedia de la caza mayor y menor, que lleva consigo dos magníficos regalos, como son una escopeta de repetición, con munición suficiente para seis meses, y un venado disecado, con certificado del taxidermista; y todo por 31,15 euros al mes, lo que cuesta una cena.

José Ramón, admirado a su pesar, piensa que a su madre ya la llamará mañana, y se dirige al bar, con la idea de animarse tomándose unas copas, y de hablar con quien sea que esté atendiendo la barra, a quien, con un poco de suerte, le puede colocar una enciclopedia lujosamente encuadernada en cuero de color café con letras doradas, una obra tan elegante como informativa, el complemento ideal para toda sala de estar, y sólo cuesta 15,65 euros al mes, y a los primeros 100 peticionarios se les obsequiará con un reloj de cuco suizo. Pero cuando entra en el bar se encuentra un ejército de hombres de ojos penetrantes que lo miran sin piedad y calibran cuántas enciclopedias podría comprar.

El vendedor principiante se asusta, sale corriendo y se refugia en su habitación. No se mueve de allí hasta que acaba el congreso. Se dedica a mirar las ofertas de trabajo del periódico y a ensayar cómo le va a explicar a su madre que este empleo tampoco era para él.

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Saturday, June 23, 2007

Cumpleaños

Era su cumpleaños. El teléfono empezó a sonar a media mañana. Tres llamadas. Ninguna de él, claro. A la hora de comer le escribió un mensaje. “Hace mucho que no hablamos. Antes o después volveremos a ser amigos, ¿no? Estaría bien que fuera hoy. Es mi cumpleaños. Besos”. Pero no lo mandó. Lo guardó en Borradores.

El café, la tarde. Catorce felicitaciones, ninguna de él. Le escribió otro mensaje. “Estos últimos meses se me hicieron largos. Tanto amor, tanta historia, ¿y nada más, nunca más? Es mi cumpleaños. Asoma el hocico y te invito a algo”. Tampoco lo mandó. Lo guardó en Borradores.

Se hizo de noche. Siete campanilleos más, ninguno de él. El vestido nuevo, las sandalias, las uñas brillantes, la cena. El teléfono bien guardado, en el fondo del bolso, con el volumen al máximo. Dos llamadas, ninguna de él. A las diez y media se fue al baño y le escribió otro mensaje. “Pacíficamente te digo que te echo de menos y que me gustaría ser amiga tuya. Es mi cumpleaños, estoy de fiesta, podrías venir. Besos”. Tampoco lo mandó. A la carpeta de Borradores no le quedaba mucho espacio ya.

Tarta, velas, abrazos, regalos, fotos, copas. El teléfono no volvió a resollar. A las doce menos cinco, de camino a un bar, se paró en medio de la calle y le escribió otro mensaje. “Tres años juntos y no eres capaz de decirme ‘felicidades, besos’. Y ni siquiera me sorprende. Qué se puede esperar. Bah. A la mierda. Me rindo”. Éste sí lo mandó.

Él no respondió.

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Tuesday, June 19, 2007

Zinc

Los de primero decidieron hacer un asadero para festejar el fin de curso. Todavía era el mes de abril, pero a ellos les daba igual. Se repartieron las tareas: unos fueron a comprar la comida (chuletas, chorizos parrilleros, muslos de pollo), otros se encargaron de la bebida (toda la posible en cantidad, variedad y graduación), y a Quique le tocó llevar la tela metálica sobre la que se iba a asar la carne. Como eran ya las ocho menos cinco, y muy a su pesar, porque él no era dado a las prisas ni a los agobios, salió corriendo hacia la ferretería más cercana. Allí recuperó el aliento y le pidió al ferretero un metro de tela metálica. El ferretero le preguntó para qué la quería. Quique respondió “para un asadero”. “Pues entonces”, dijo el ferretero, “no te la puedo vender, porque está galvanizada y contiene importantes concentraciones de zinc, que, como sabes, es tóxico si se somete a altas temperaturas”. Quique no sabía. Además ya habían dado las ocho, por más que se esforzara no iba a llegar a ninguna otra ferretería, y si se presentaba en el asadero con las manos vacías lo iban a ejecutar allí mismo, sin juicio ni nada. “¿Y no tiene otra menos venenosa?”, preguntó. “No, todas están recubiertas de zinc, ¿tú no has oído hablar de la fiebre por humos metálicos?”. Quique no. “Escalofríos, fiebre irregular, sudoración profusa, náuseas, dolor de cabeza, cansancio extremo”, cantó el ferretero. “Pero oiga, en lo que va de año estuve como en trescientos asaderos”, calculó Quique, “y en todos había una tela metálica cualquiera al fuego, y yo estoy perfectamente, y mis amigos también”. El ferretero se empeñó en que no y que no: porque él tenía conciencia y escrúpulos y no podía vender nada que fuera a envenenar a las personas, ni siquiera un poco, y menos a un muchacho tan joven y tan amable y con tanta vida por delante. La cosa quedó ahí. Y entonces el ferretero puso cara de haber tenido una idea luminosa y le dijo a Quique que se esperase un segundito, que total ya era la hora, que cerraba la tienda, iban para su casa y le dejaba una parrilla que tenía él, perfectamente homologada. Quique empezó a decir “no se moleste”, pero el ferretero estaba tan firme en su postura que se rindió. Cerraron la tienda, echaron las persianas metálicas (“¿y las persianas éstas no están galvanizadas?”, “pero no es lo mismo, hombre, no las voy a poner al fuego con diez kilos de chuletas encima”, “ya, claro, visto así”), y caminaron brevemente hacia la casa del ferretero, que tenía un montón de niños y una señora bastante extrañada de ver a Quique, con las melenas y las barbas y la camiseta de Metallica, allí, de pie, en la sala. El ferretero tardó poco en encontrar la parrilla en las profundidades de la despensa y se la entregó a Quique con gran entusiasmo. Él dio las gracias, se despidió y se fue. Y por el camino se dio cuenta de la gran amabilidad del ferretero, y le vino una especie de flash y se quedó parado en medio de la calle, y tuvo ganas de volver a casa del hombre para darle unas gracias más intensas y más agradecidas. Pero luego decidió que mejor no, que cuando le devolviera la parrilla ya se pondría expresivo y afectuoso. Y se fue, barranco abajo, hacia el asadero, que se celebraba debajo de un puente, a varios cientos de metros de la civilización. El asadero fue largo y fructuoso, y Quique no volvió a su casa hasta la mañana siguiente, borracho perdido, cantando una versión thrash-metal del pasodoble Islas Canarias. Se olvidó la parrilla. De hecho no se acordó de nada hasta que ya habían pasado tres días y estaba dormitando en clase de Geografía Física. “Hostia”, dijo. “¿Qué?”, le preguntó Matías, su compañero. “La parrilla”. “¿La qué?”. Quique le contó la historia y terminó diciendo que tenía que ir urgentemente a comprar una parrilla para devolvérsela al ferretero con todas las disculpas del mundo. Matías se lo pensó. “Para mí que el tío es maricón, porque si no, ¿de qué iba a preocuparse tanto por ti?, ¿qué más le daba a él que te envenenases? Además, prestarle la parrilla a un desconocido… y con la pinta que tú tienes… nada, está claro, maricón con ganas de fiesta. Igual quería que lo llevaras al asadero”. De fondo, la profesora hablaba de pliegues y fallas y orogenias y nadie le hacía caso. Quique se ofendió todo y le dijo a Matías que parecía mentira que fuera incapaz de ver la diferencia, que el hombre no era maricón, sino generoso, buena persona, y que desde que saliera de clase iba a ir a por la parrilla sin falta. Pero luego se le fue de la cabeza. Y cuando volvió a acordarse le dio nosequé y lo dejó para luego. Y el tiempo pasó cada vez más, y llegó el momento en el que se cumplieron tres meses, y Quique se dijo que a esas alturas era ridículo aparecer por allí con una parrilla nueva en las manos y decir “muchísimas gracias, de verdad, es usted un excelente ferretero y una bellísima persona, siento haber venido noventa días tarde”, la cantidad de explicaciones que tendría que dar, así que lo que hizo fue evitar los alrededores de la ferretería hasta la hora de su muerte. Que tampoco, porque en unos pocos años la ferretería se convirtió en un supermercado.

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Friday, June 8, 2007

Mujer fantasma

Me siento en la cama, me pongo las gafas y miro. Está dormido. Durante medio segundo me olvido y me da ternura. Pero luego me vuelve el odio. Qué mal lo hizo, pienso envenenada, qué mal. Al principio me quería mañana, tarde y noche: yo era la reina de los mares. Y cuando empezaba a acostumbrarme al reinado y a disfrutarlo, se enredó con una chiquita rubia. No significaba nada, me explicó, él me quería igual que antes, o más, y si me lo contaba era porque la confianza y la comunicación son fundamentales en la pareja. Pero después le entraron dudas, le costaba aclararse, tenía sentimientos contradictorios; porque no era que no me quisiera, sino que no sabía si me quería lo suficiente, o mejor dicho, no sabía cómo me quería, para qué me quería. Todo esto me lo fue retransmitiendo en tiempo real. La sinceridad es una mierda. El diálogo, también.

Quedamos en darnos tregua hasta después de Carnavales. Pero claro, nos encontramos. Él iba de Jimi Hendrix, y yo, de mujer extraterrestre, con rastas plateadas y un fusil intergaláctico. Empezamos a hablar con mucho cuidado. Dio igual. En diez minutos nos estábamos peleando. A gritos. Bueno, yo gritaba más. Y le pegué, y le hice sangre en la nariz. No se enfadó. Me abrazó, me dijo “no te preocupes”. Me puse a llorar y me abrazó más. Acabamos en la cama. Y después se durmió.

Cómo puede dormir. Yo hace semanas que no duermo ni como casi. No entiendo nada. Ni sé cómo me acuesto con él, con este coraje que tengo. Cada poco se me enciende una foto en el cerebro (la más repetida es una de él abrazado a la chiquita rubia, comiéndosela a besos) y se me llevan los demonios, y a veces vomito. No lo puedo evitar. No tengo cabeza ni voluntad. Ya no sé quién soy. Ahora, que me estoy quedando flaca, flaca, regia. Estoy tremenda con el traje de extraterrestre.

Él se da la vuelta, resopla. Qué estará soñando. Lo miro más. Y qué va a pasar, me pregunto. Si se queda conmigo, si se va, da lo mismo. Si se queda nunca me voy a creer lo que me diga, me veo revolviéndole los bolsillos delante de la lavadora, pasándole el escáner por encima cuando vuelva a casa, olisqueando el aire a su alrededor, comprobando cada dato que me dé. Tendré que vivir con este fondo de odio y de vergüenza en el cuerpo. Y todo el mundo sabrá que me engañó y que me comí el orgullo y lo perdoné. Pero si se va me muero. No podré dejar de quererlo, ni querré a nadie más, no me recuperaré, me quedaré empantanada, siempre aquí, seré una mujer fantasma. No hay  remedio.

Entonces me viene un golpe de lucidez, y veo que la única salida, la única posibilidad de cerrar esta historia con cierta dignidad, es matarlo. Si él se muere sí se acaba todo. Ya no hay que decidir nada más. Lo pienso más. Es lógico. Está desnudo y dormido. Si lo hago bien no sufrirá apenas. No puede ser tan difícil, la gente se muere rapidísimo en los accidentes. En el cuello le late la sangre. Me levanto despacito y me acerco a la cocina. Abro el cajón de los cubiertos y no encuentro ningún cuchillo que merezca la pena. Busco en el fregadero, pero tampoco. El menos malo es el de las papas. Lo lavo, lo seco, me lo llevo a la cama. Me siento otra vez. Él sigue dormido. Miro dónde tendría que cortar. Aquí, en este huequito. Le paso la lengua. Está salado. Él apenas se da cuenta.

Y cuando estoy calculando cuál sería el ángulo más efectivo, se me enciende una foto. Una foto mía. Me veo en la cárcel, en el patio. Llevo un chándal celeste, estoy haciendo aerobic. Si lo mato, se me ocurre, me van a internar durante diez o quince años. ¿Y merece la pena? Me quedo un poco en la cama, con un ronroneo nuevo en el cerebro. Al final me levanto, me ducho, recojo el traje de extraterrestre del suelo y me lo pongo, arrugado como está. En la mano llevo las rastas y el fusil intergaláctico, que se quedó encendido y ya no tiene pilas. Dentro de un rato me querré morir, pero ahora me siento muy capaz de irme. Cierro la puerta sin hacer ruido.

Cuando ya estoy en la calle se me enciende otra foto. Él se despierta, desorientado, mira a mi lado de la cama y no ve más que el cuchillo de las papas.

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Monday, June 4, 2007

Especies distintas

Se conocieron en una fiesta, se gustaron, estuvieron seis años juntos.

Ella, con un cuidado de abeja o de hormiga, y con el aire de estar haciendo cualquier otra cosa mientras tanto, fue poniendo cimientos, levantando muros, pensando dónde debían ir los ventanales y las escaleras y las chimeneas, tendiendo los techos y los suelos, decidiendo para qué debía servir cada habitación y lo que se plantaba afuera, si era huerto o jardín o qué, y si se rodeaba con una tapia o se dejaba abierto. Fue disponiendo y cartografiando el espacio que era de los dos y que eran los dos.

Para él fue más bien cosa de subirse a un tren con ella y mirar qué iba pasando por la ventana y hacer alguna foto.

El mismo día, a la misma hora, la casa se vino abajo y el tren se paró en una estación donde los carteles no decían nada.

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Monday, May 28, 2007

Uniforme

Cuando yo tenía diez años iba a un colegio de monjas y llevaba un uniforme de cuadros grises y blancos aburridísimos. Cada mañana, cuando me vestía y me miraba en el espejo, pensaba cómo no iba a ser triste mi vida, si me obligaban a ponerme siempre la misma ropa, y encima con esos colores tan muertos, tan vacíos. Qué desgracia. Un día empecé a apuntar las cosas que quería en los cuadros más claros de la falda. La Nancy Patines, por ejemplo. El Gran Libro de los Seres Mágicos del Bosque. Luego escribí un poema. Con bolígrafo rojo. Se veía bastante bien. Después pegué unas cuantas pegatinas de Hello Kitty (pero de las pequeñas) y unas lentejuelas. Me costó mucho conseguir las lentejuelas. Tuve que meterme debajo del sofá y arrancarlas del bolso de mi tía Irene, que estaba de visita, con todo el cuidado y el silencio del mundo.

 

La madre María Luisa tardó poco en llamarme a su despacho y en decirme, muy seria, que no podía llevar el uniforme de esa manera. Que me salía de las normas establecidas en las ordenanzas y en el ideario del centro. Que ya era poco ortodoxo que mezclara cintas del pelo de varios colores, porque todo el mundo (menos yo) sabía que sólo se podían usar lazos blancos, lisos y de un máximo de dos dedos de ancho. Y que hasta ahí había transigido conmigo, pero que lo del uniforme era demasiado. Que la indulgencia podía ser tanto virtud como vicio, y que les hiciera saber a mis padres que así no podía entrar en clase.

 

Hubo un silencio y yo contesté que sí, que tenía razón, pero que mis padres eran alcohólicos y no me hacían mucho caso. Luego levanté los ojos y parpadeé.

 

La madre María Luisa no dijo nada más. Me mandó de vuelta a la clase de naturales. Mientras la profesora explicaba lo de la cloaca de la rana, yo pensaba en unas puntillas rosadas que había visto en los ribetes de la toalla del baño de los invitados, y que podría recortar sin que nadie se diera cuenta y coser en mi maleta. O mejor. Podría dejar la maleta por ahí y coger el bolso de charol rojo de mi madre. Total, ella apenas se lo ponía.

 

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Wednesday, May 16, 2007

Pies

Es la noche de la verbena y estamos todos en la playa. Hay unos cuantos que se van a quedar de amanecida, hasta el chocolate con churros y la diana floreada. Qué suerte, quién pudiera. Yo sólo tengo permiso hasta la hora de los fuegos, y lo que me costó. En el lado de allá de la playa, las luces, la orquesta, los cochitos, los puestos de golosinas, la bulla. En éste, la oscuridad, el mar rompiendo, la gente tirada en la arena, nosotros, hablando, riéndonos. Aunque yo no hablo ni me río casi. Porque estoy fuera de sitio, allí y en el mundo. Y porque está Pablo. Con Lourdes. A Pablo, que tiene los ojos amarillos como los gatos, lo quiero desde que cumplí los trece. Tengo catorce ya y no se me pasa. Más bien voy a peor. Él ni me mira, porque le gusta Lourdes. Yo soy alta, grande, calzo un 40, mi madre me llama “caballito” (pero de cariño). Lourdes es pequeña, delicada, calza un 35, su madre la llama “la niña”. En el colegio, yo juego al baloncesto (mal) y ella hace ballet y gimnasia rítmica. Ahora, en la arena, yo estoy sola, y Lourdes está sentada dentro de Pablo. Quiero decir, la espalda de Lourdes contra el pecho de Pablo, que la abraza. Me duele verlo, pero si me levanto y me voy se notará y será peor. Y después de tanto batallar para que me dejaran quedarme hasta los fuegos… Como los padres de Lourdes son igual de antiguos que los míos, y como ella es la única niña de su casa, yo confiaba en que tuviera que volver pronto. Entonces a lo mejor yo podría hablar un poco con Pablo. Pero se supone que Lourdes está con sus hermanos mayores, así que se puede quedar hasta la una y media. Y yo sólo tengo hermanos pequeños, que no sirven para nada. Cierro los ojos, procuro no pensar. Oigo una conversación sobre viajes. A Óscar le gustaría ir a Sudáfrica, y probablemente irá, porque su padre trabaja en Iberia y una vez al año le dan billetes gratis. A Marina le haría ilusión ir a la Patagonia, donde los pingüinos y los lobos marinos, o a Cuba, donde Silvio Rodríguez, no se decide. A Jorge, a coger olas a Australia. Manolo, Sergio y Loles se van a comprar pipas y cigarros, y se lo piensan por el camino. A mí me gustaría ir a México, a Guatemala, donde los mayas, pero no lo digo. Pablo y Lourdes están hablando en voz baja. Supongo que no quieren ir a ninguna parte. Y para qué. Pablo le está diciendo a Lourdes que tiene unos pies muy graciosos. Lourdes se ríe. Yo entierro mis pies, inmensos y feos y planos, en la arena. Pablo coge un pie de Lourdes y lo mira de cerca y le hace cosquillas y le dice que tiene los dedos perfectos, todos iguales, que parecen manises. Lourdes sigue riéndose. Y no puedo más. Y me levanto y digo que bueno, que adiós, que me voy. A nadie le importa. Marina pregunta, por pura educación, “¿pero antes de los fuegos?”. Digo que sí y busco los zapatos, que están al lado de los de Lourdes y parecen portaaviones. De camino a casa, pienso lo estupendo que sería que alguien me asesinara, y cojo por las calles más oscuras. Pero no. Acabo oyendo los fuegos desde la cama. Por el ruido se sabe que son una mierda de fuegos.

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Sunday, April 29, 2007

Portabultos

A los chicos no se les permite fumar en el centro, pero fuman. Bueno, a los que tienen más de 16 años y una autorización firmada por sus padres sí se les permite. A esos los educadores les dan cinco cigarros al día, uno después de cada comida, y se los encienden en el acto, porque allí dentro están prohibidos los mecheros. Sí, por los incendios, claro. Ninguno de los chicos puede llevar fuego, ni tabaco, y mucho menos chocolate ni papelillo, pero llevan. Y como en cualquier momento les cae un registro, de sus personas y de sus habitaciones, se los guardan en el lugar más seguro, que es el culo. La cantidad de cosas que caben en el culo. Los chicos recubren el mechero, la piedra de chocolate, el papelillo y un lote de cinco o seis cigarros con ese plástico transparente que se usa para envolver los bocadillos. Entonces se lo meten todo en el culo, despacito, cuidando sobre todo de no romper los cigarros. Algunos tienen más capacidad que otros y alquilan sitio a los compañeros. A esos les dicen portabultos. Pero a veces se les va la mano, se meten demasiadas cosas y se hacen daño. Y acaban en Urgencias. El portabultos, con los ojos muy abiertos, tendido en la camilla como si estuviera de parto, se agarra a la mano del director y resopla “duele”. A tres metros, dos policías nacionales, que están ahí para vigilar al chico, porque podría fugarse en cualquier momento, pero que miran para otro lado, avergonzados. Y el médico, sentado en un taburete, con la vista puesta en la radiografía, que le sirve de guía, internándose en la oscuridad de ese culo sobrecargado y triste, pensando cómo será la vida en los centros de reforma juvenil.

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Wednesday, February 21, 2007

Dormir sola

Durante años durmió con su marido. Entonces se separaron, y ella tuvo que acostumbrarse a dormir sin él. No dormía sola, sino con el espacio vacío que su marido había dejado en la cama. El vacío era más alto, más fuerte que él, y estaba muy vivo. A veces se le oía respirar.

Pasó tiempo. Años. El vacío fue menguando y apagándose hasta que desapareció. No hizo falta enterrarlo. Ella empezó a dormir sola. Toda la cama para ella.

Una noche se trajo a un muchacho a casa. El muchacho sonreía y hablaba poco. Se abrazaron, se enredaron, no durmieron.

Después de eso empezó a dormir sola, pero con el móvil al alcance de la mano, porque este muchacho le mandaba mensajes de madrugada, y ella quería leerlos y sentir el pellizco a la hora que fuera. Acabó durmiendo con el muchacho, aunque el muchacho estaba, la mayor parte de las veces, en otro sitio. Llegó un momento en el que el muchacho ya no estaba nunca.

Y ella volvió a dormir con un espacio vacío. Éste ocupaba casi toda la cama y casi toda la manta. Daba mucho frío.

A fuerza de tiempo y de empeño consiguió dormir más o menos sola. Aunque a veces soñaba con su marido, con el muchacho, con los espacios vacíos. Se movían a su alrededor, hablaban, la tocaban. Ella se despertaba y se sacudía como un perro mojado, pero los sueños le dejaban un residuo pegajoso que duraba todo el día. “Quiero dormir sola”, se decía, “quiero dormir sola”, y se reía, porque le parecía un deseo muy triste.

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Monday, February 19, 2007

Cucarachas

Octubre de 1996. Estaba con Jose en la cama. Eran las tres o las cuatro de la mañana de un miércoles. Llevábamos poco tiempo juntos y todavía no necesitábamos dormir. Tuve sed, fui a la cocina a buscar agua, encendí la luz y vi una cucaracha enorme que subía por el cajón de los cubiertos. Volví corriendo a mi alcoba, con los ojos muy abiertos, y le dije a Jose: “Hay una cuca en la cocina”. Jose, tan alto, tan fuerte, tan hombre, se desencajó, puso cara de virgen dolorosa y gritó: “¡Mátala, mátala!”.

Agosto de 1997. Jose y yo estábamos a medio romper y pasábamos el fin de semana en un apartamento-estudio en la playa. Yo quería que nos arregláramos. Él no sé qué quería. La cocina estaba llena de cucarachas pequeñitas. No comimos nada. Y a la hora de acostarnos, no podíamos cerrar la puerta porque no había puerta. No dormí en toda la noche. Estuve callada, dando vueltas en la cama, sintiendo que me comían los bichos, por dentro y por fuera, deseando estar en otro sitio, en otro momento, ser otra. Mientras, Jose hablaba en sueños, pero no se le entendía.

Julio de 1999. Estaba con Rafa en la cama. Él dormía. A mí me despertó la iglesia de la Compañía, que daba las cinco de la mañana. Era martes, la segunda noche que pasábamos juntos. Entonces vi una cucaracha gigantesca que caminaba por el techo. Me aguanté las ganas de gritar. Le toqué el hombro y lo desperté. “Hay una cuca ahí arriba”, dije, bajito, y me levanté y me fui para la sala lo más rápido que pude, pero sin correr. Rafa miró a su alrededor, medio dormido, se levantó sin decir nada, salió de la alcoba, buscó el cepillo de barrer, cogió un trapo en la cesta de la ropa sucia, envolvió el cepillo con el trapo, entró en la alcoba, tiró a la cuca al suelo de un golpe certero y luego la remató. Salió de nuevo, cogió papel del baño, recogió los restos mortales de la cuca, lo echó todo a la vasija y tiró de la cadena. Luego puso el trapo en la cesta de la ropa sucia y colocó el cepillo en su sitio, detrás de la puerta de la cocina. Se volvió a la cama. Yo me acosté a su lado, maravillada. Me dio un beso. Me dormí.

Agosto de 2003. Rafa y yo nos estábamos separando, después de cuatro años de vida en común. Llevábamos dos meses y medio sin vernos, pero esa noche nos acostamos. Daba igual que fuera lunes o sábado. Era muy tarde. Entré en el baño de la que hasta entonces había sido mi casa, vi pinturas y cremas que no eran mías, y antes de que me diera tiempo de pensar más una cucaracha enorme pasó a mi lado. Grité y salí del baño a toda velocidad. No hizo falta decir nada. Rafa vino, cerró la puerta, dio unos cuantos golpes y volvió a la alcoba, triunfante. “Había tres”, dijo. Yo no hablé. Para qué.

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