Saturday, May 5, 2007

Travesía

En circunstancias normales, el ferry que une las islas de Fuerteventura y Lanzarote tarda un cuarto de hora en cruzar el estrecho de la Bocayna (a los dos lados, arenas brillantes y aguas de color turquesa, con montañas quemadas de fondo). Si el tiempo está revuelto, media hora. Y si, como sucedió ayer, las 27 cabras lecheras que viajan en un camión en la bodega se amotinan, se escapan y toman el barco entero, puede tardar hasta hora y media.

“Fue un viaje agitado”, explica el portavoz de la compañía naviera. “Había bastante viento, entre fuerza 5 y fuerza 6, y además, mar de fondo. Pero el ferry navegó en condiciones de absoluta seguridad, y si los animales hubieran estado debidamente inmovilizados y controlados, esto no habría sucedido. Lo que quiero decir es que la culpa es del propietario de las cabras, y nos reservamos el derecho de tomar las medidas legales oportunas”.

El propietario, Alfonso Padrón, está indignado. “¿Mis cabras? Mis cabras se portaron de maravilla. El barco cabeceaba como si fuera el fin del mundo. El camión daba unos bandazos espantosos. Las pobrecitas estaban mareadas y asustadas. Desde que vieron el modo de salir de la caja, salieron, claro. ¿Tú no habrías hecho lo mismo si fueras una cabra?”.

Nada más escapar de su encierro, las cabras se dispersaron. Unas pocas se quedaron en el garaje, jugando al escondite en torno a los coches. Otras subieron a la cubierta de popa y se esforzaron por tomar asiento. No era fácil, porque las sillas son altas, estrechas y poco apropiadas anatómicamente para cualquier cuadrúpedo. Sólo una de ellas, la Margarita, especialmente tenaz, lo consiguió, y se quedó allí disfrutando del sol y de la brisa del mar (había mucho de ambas cosas), hasta que un pez volador aterrizó tres metros más allá, y todas a una se sintieron impelidas a acercarse, con dos preguntas claramente definidas en sus cabezas; ¿qué era eso? ¿se podría comer?

Otras cuantas decidieron quedarse dentro, en los salones, y mordisquear las plantas decorativas (de plástico). “Y que quede claro que voy a demandar a la compañía naviera, porque mis cabras han estado tragándose esas porquerías derivadas del petróleo, y con eso se perjudica la calidad de la leche y del queso, que tiene denominación de origen”, advierte el propietario. Se comieron, además, una pintura abstracta y unos dos metros cuadrados de moqueta azul de Prusia. “Que es sintética: eso también va en la demanda”, continúa el propietario, vengativo. Dos de las cabras se subieron a un sofá y miraron la tele (daban un informativo). Cuatro vomitaron sobre una mesa de centro.

 

Antonio Monforte, empleado de la naviera, le quita hierro a la situación. “No se movía tanto el barco. Si hubieras estado en Gran Sol, ah, allí sí que había olas de cincuenta y nueve metros y riesgo de naufragar. Pero esto no es nada: aquí sólo se marean las niñas y las mariconas. Bueno, y las cabras, que no tienen costumbre y son poco marineras”. Silvina Betancor, una pasajera, no da crédito a las palabras de Antonio. “Él dirá lo que quiera, pero por las ventanas se veía el horizonte completamente torcido, la espuma del mar lo salpicaba todo, el barco se movía muchísimo y yo me sentía fatal, así que me tomé cuatro biodraminas y cerré los ojos para relajarme y meditar, porque yo creo mucho en las terapias alternativas, ¿sabes?, entonces sentí un ruido extraño y me desconcentré y abrí los ojos, y es que había una cabra subida al sofá, metiendo el hocico en mi bolso de Carolina Herrera, y primero pensé que era una visión y que tenía que significar algo, y me puse a darle vueltas a la simbología de la cabra en la tradición judeo-cristiana; pero cuando sacó mi cartera (de Carolina Herrera también, a juego) ya me pareció demasiado, y le dije, muy firme, “¡oye!”, y la soltó y se fue; entonces me di cuenta de que no era un símbolo sino un animal real, probablemente lleno de garrapatas y parásitos horribles, y me dio una especie de ataque de ansiedad, que menos mal que siempre llevo Lexatín en el bolso”.

Después de media hora de caos, de escuchar el sonido de los cascos de las cabras sobre el parqué y de presenciar como se perseguían entre sí, daban topetazos a los turistas y al personal del barco y estercolaban los pasillos, la situación quedó controlada. Costó trabajo, pero las cabras fueron devueltas a su cautiverio en el camión. Todas menos dos, que estaban en la cubierta de popa y que opusieron inmensa resistencia, porque ya se habían acomodado en sus hamacas y hasta habían conseguido que les sirvieran una cervecita.

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Sunday, April 22, 2007

El Día del Monaguillo

¿Se le ocurre mejor manera de pasar un domingo primaveral que celebrando el Día del Monaguillo? No, ¿verdad? Pues sepa que se trata de una jornada de convivencia festiva, que combina rezos y diversión. La organiza el Obispado, que este año ha conseguido reunir a 150 chicos de entre 8 y 12 años, y todo bajo el siguiente lema: “Que Jesús derrame su amor sobre mí”.

Los monaguillos llegaron al seminario de San Eusebio a las 8.30 de la mañana del domingo, vestidos con sus mejores galas. El padre Joselito los recibió, les dio la bienvenida afectuosamente, les pasó revista y los pastoreó hacia uno de los patios interiores de este elegante edificio dieciochesco, para que se sacasen una foto de grupo y, según nos explicó, “pudieran llevarse a casa un recuerdo de este día tan señalado”. Como a primera hora los chicos andaban un poco soñolientos, el fotógrafo de la diócesis le dijo al padre Joselito que hiciera por darles chispa; y el cura, lleno de recursos y de espíritu, les pidió que cantasen a coro el Dorondondón, el himno del monaguillo hispanoparlante, que reproduce de forma fidedigna el sonido cristalino de las campanas llamando a misa. Los chicos obedecieron y sus trinos se elevaron hasta el cielo.

En la foto se les ve a todos muy sonrientes. También contribuyó a la animación general el hecho de que Manolín, de la parroquia de San Esteban, tropezara con la pierna casualmente extendida de uno de sus compañeritos, y se cayera en un charco de considerables dimensiones, y se llevara un hermosísimo (y merecido) pescozón del padre Joselito, por armar escándalo y por ensuciarse la ropa de ayudar en misa. A Manolín se le reconoce enseguida en la foto; tiene el rostro embadurnado de barro, y sonríe con especial énfasis, se diría que con fiereza.

Después los chicos se reunieron en la capilla y dedicaron unos minutos (hora y media, para ser exactos) a la oración. Manolín entró un poco tarde, porque empleó algo de tiempo en identificar a aquel de sus compañeritos que había extendido casualmente la pierna (Alvarito, de la parroquia de Santa Marina) y en convencerle, con efectividad y discreción, para que no volviese a perder el control de sus miembros. Alvarito también se retrasó, pero el padre Joselito no le reprendió, porque nada más verlo se hizo cargo de que en el pecado llevaba la penitencia. En concreto, un ojo semicerrado de color púrpura.

 

La oración (en la que se prestó especial atención a San Tarsicio, patrón de los monaguillos y de los niños de adoración nocturna) se prolongó hasta las 11, momento en que los chicos salieron al aire libre a entretenerse con juegos y concursos. Hubo fútbol, carreras de sacos, lanzamiento de incensarios… Además, se abrieron varios stands especialmente dirigidos a ellos: uno de una compañía telefónica que, enviando un SMS al 4474, ofrecía la posibilidad de recibir una imagen del Papa impartiendo una bendición urbi et orbe, que podía ponerse en la pantalla del móvil y reproducirse a voluntad; otro que promocionaba la interesantísima página web www.monaguillosdelmilenio.org, que permite jugar online a Aeternal Salvation; otro que servía vino de misa sin alcohol; otro que mostraba del modo más didáctico los pasos de lo último en coreografías litúrgicas… El padre Joselito nos hizo saber que con esto se pretendía “intensificar el elemento lúdico y dar a los chicos la sensación de que pertenecen a un grupo cohesionado… Hoy en día hay tantas opciones para los niños, hay tanta competencia, que tenemos que atraérnoslos a nuestro campo como sea”.

 

A continuación llegó la hora del almuerzo, amenizado por la orquesta Corderitos de Dios. Los chicos comieron y conversaron tan abundante como amigablemente. Luis Alberto, de la parroquia de Santo Domingo de la Calzada, tomó su tenedor y pinchó a Rafael, de la parroquia de la Virgen de la Caridad, en una zona sensible, cosa que desató cierta inestabilidad en el extremo oeste del comedor; el padre Joselito se levantó y puso orden, pero no pudo evitar que Rafael depositase su silla sobre los lomos de Luis Alberto con más energía de lo que habría sido de desear, ni que éste se lamentase a grandes voces y respondiese dando patadas por doquier y volcando la mesa a la que estaba sentado. A todo esto, la orquesta interpretaba el hit ‘Yo tengo un gozo en el alma (grande)’. “Es difícil contener los ímpetus de los chicos”, señaló el padre Joselito, comprensivo, mientras sostenía a Luis Alberto por la oreja y a Rafael por el cuello de la camisa. “Pero con cariño y seriedad todo se consigue. Es preciso tener carácter para ser monaguillo: todos han de ser capaces de desempeñar sus funciones con entusiasmo, y a la vez, con recogimiento y devoción; deben servir en el altar como si cada vez estuvieran jugando la final de la Supercopa, pero sin los personalismos ni ataques de ego tan propios de los futbolistas”.

La jornada terminó con gran éxito de crítica y de público. “Para ellos es una oportunidad de oro, ésta de confraternizar con sus compañeros de otras parroquias”, indicó el padre Joselito, mientras separaba a Manolín y a Alvarito, que habían encontrado un nuevo motivo de disensión y estaban intercambiando escobazos con gran aprovechamiento. Aunque nunca llueve a gusto de todos, y no faltó la nota discordante: a la puerta del seminario se produjeron dos manifestaciones. Una de chicas que querían ser monaguillas y clamaban por la igualdad, portando pancartas incendiarias con expresiones que no podemos ni queremos reproducir en este nuestro boletín; y la otra de jubilados, que no entendían por qué tanta discriminación y vociferaban que ellos podían hacer cualquier cosa “mucho mejor que esos mocosos”.

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Sunday, March 11, 2007

Bellas y sumisas

 

Las doce del mediodía en una peluquería de Las Palmas de Gran Canaria. Una señora de melena negra, tez aceitunada y cejas de frondosidad amazónica se sienta en un sillón rosado y pide ondas rubio platino. La peluquera la examina con aire científico a través del espejo y le dice: “Desintoxícate. Marilyn no. Venga, repítelo conmigo hasta que te lo creas: ‘no soy Marilyn ni lo voy a ser’. Lo más que puedo hacer es darte unos reflejitos castaño-dorados o rojizos. Pero vamos, tú no sales de aquí con el pelo frito”. La señora pone cara de pena y se encoge de hombros. “Y lamentaciones ni una. A ver si empiezas ya a aceptar la realidad. Que no tienes quince años”.

Escenas como ésta se producen cada día en Sinescrúpulo’s, la peluquería de Clara Navarro. “Aquí se le dice la verdad a la clientela”, explica ella, “y si les duele, pues que les duela: que se espabilen. Mi trabajo no es hacerles felices, sino, en lo posible, menos feos”.

¿Se acuerdan de aquello de que el cliente siempre tiene la razón? Bueno, pues aquí no la tiene nunca, y aún así el negocio marcha viento en popa. Clara lo razona: “trabajamos así por dignidad profesional, porque tenemos un prestigio que mantener, y por el bien de las personas que acuden a nosotros. Esta gente normalmente no tiene ni idea. No digo que sean más tontos que la media de la humanidad, pero vamos, no saben nada de estética, no están al día, no leen las revistas adecuadas, no se fijan en las pasarelas ni en las tendencias… Son, para que me entiendas, unos antiguos, están llenos de prejuicios ridículos y necesitan mano dura”.

Estas criaturas descarriadas pagan para que les corten, les peinen, les den color y, sobre todo, órdenes. Clara lo tiene todo previsto. Hay un guardia de seguridad en la puerta, por si algún cliente se pone recalcitrante. “No es lo más común, pero a veces pasa”, confiesa la peluquera. Recuerda a una señora que sólo quería alisarse el pelo para una boda, a la que hubo que reducir e inmovilizar para hacerle un corte aceptable, “porque de mi establecimiento no podía salir con esas greñas”…

Y a otra que peleó como una leona para conservar las canas y el bigote, pero que cayó ante el ímpetu combinado de Clara, dos empleadas y el guardia, que, paradójicamente, fue el que le aplicó la cera caliente en el labio superior y terminó con su resistencia. “Aquí estoy aprendiendo muchas cosas”, dice, contrito, el guardia, “pero si te digo la verdad prefería el centro de menores, que era más tranquilo”. Clara es, además, cinturón marrón de taekwondo, que “nunca se sabe cuándo te van a hacer falta las artes marciales”.

La peluquera barajó muchos nombres antes de colocar el cartel definitivo sobre la puerta. “Algunos los descarté porque eran demasiado étnicos, como por ejemplo Cállese la boca, Boberías ni una o Abájame el belfo; porque yo quiero trascendencia internacional, ¿sabes?, quiero abrir una cadena de peluquerías con sede en Madrid, París, Nueva York… y no lo iban a entender. Así que al final la cosa estaba entre Verdades como puños, Despiadadamente’s, que me gustaba mucho, Calladita estás más guapaSin pelos en la lengua lo dejamos ir porque era demasiado obvio. Y entonces se nos ocurrió Sinescrúpulo’s, que tiene tanta sonoridad”.

 

Los clientes salen con la cabeza a gusto de Clara y las manos llenas de geles, espumas y champús de gama alta que compran por las buenas o por las malas. Se llevan, además, una tarjetita en la que se les dice cuándo deben volver; si se retrasan les cae un responso. La capacidad de convicción de Clara es mucha. Esta reportera, que fue sólo a informarse y a escribir, salió con la nuca rapada, luciendo un elegante dibujo tribal en bajorrelieve. Y el fotógrafo perdió las rastas y las patillas dickensianas.

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Saturday, February 24, 2007

Costillitas de olivo lechal

Por favor, póngase en situación. Entra usted en un restaurante que se llama Arbequinamente, se sienta, echa un ojo a la carta y se decide por unas “Brochetas mediterráneas con dátiles y arroz de las marismas”. Pide un Rioja para acompañar. El camarero le sirve, y cuando, en el momento de acercarse el pincho a la boca, lo mira usted con detenimiento, descubre que lleva ensartados ocho trozos simétricos de pino, encina y olivo, suavemente especiados. ¿Le fallan los sentidos? ¿El alcohol le nubla la vista? No: es que está usted en casa de Antonio Cardenillo, un cocinero creativo que lleva años guisando madera y defendiendo las múltiples virtudes de este ingrediente tan poco frecuente en nuestras mesas (bueno, encima de ellas).

 

Antonio, que es natural de Carcabuey (Córdoba) y acaba de cumplir 42 años, se enciende de rabia viendo “cómo la gente desprecia lo que no conoce”. Apela a la historia: se remonta a “aquellos siglos oscuros en que los europeos consideraban que las papas sólo servían para alimentar a los cochinos, y los tomates, para adornar los sombreros de las señoras finas”. Casi se le saltan las lágrimas cuando piensa en la cantidad de metros cúbicos de madera que se pierden cada año, en el camino sin retorno que lleva a la leñera…

El plato estrella de Antonio son las costillitas de olivo lechal. Pero no son pocas sus creaciones: su revuelto de bellotas y virutas de encina, su chanfaina de raíz de alcornoque y trufa, su paté de hígado de algarrobo con dulce de membrillo, su crema de acebuche y albahaca… Cardenillo es firme defensor de los productos de la tierra, aunque alguna incursión ha hecho en las cocinas del mundo (chop suey con médula de abeto chino, feijoada con jacarandá, tabouli con ramitas de cedro, ensalada tibia de palma real…).

 

 

Hay dos preguntas inevitables a estas alturas. La primera: ¿cómo convierte algo que es por naturaleza seco y fibroso, áspero, tejido con millones de astillas punzantes, en plato de gusto? La segunda, más difícil aún: ¿dónde tiene el olivo las costillas? “La ignorancia es muy atrevida, perdóname que te lo diga”, responde Antonio en voz baja, con los ojos llameantes. “Cuando la madera es fresca y está bien cortada, bien elegida, bien tratada y bien guisada, es perfectamente asimilable para el organismo metabólico del ser humano: más te digo, para el de los perros, que los míos se alimentan de las sobras de la cocina y míralos, lo bien criados que están. Y las costillas…para encontrarle las costillas al olivo hace falta experiencia”.

 

 

Eso a Antonio no le falta. Sus padres tenían una casa de comidas. Él creció entre fogones, y se llevó muchos pescozones por arrimarse demasiado al fuego. A los 16 años preparó su primer estofado (de ternera; aún no había visto la luz) y después, lleno de ardor juvenil, de inquietudes, deseoso de entrelazar las tradiciones antiguas de su familia con sus propias ideas, empezó a innovar. Comenzó empanando filetes con serrín de olivo, y los comensales apenas protestaron; luego acompañó un atún encebollado “con unos taquitos de olivo bien dorados, con su ajito y su perejil”. Ya desde los primeros momentos glorificaba el material que mejor conocía, “que además es de una calidad incuestionable. Desde aquí quiero reivindicar una denominación de origen para la madera de olivo de Carcabuey, aromática y rica como pocas en el mundo”.

 

 

El siguiente paso, más atrevido, fue una sopa fría, un gazpacho de madera que le valió las primeras críticas abiertas de los parroquianos de la casa de comidas de sus padres. “Fue muy triste que me quisieran cortar las alas”, dice sombrío, “pero de esto prefiero no hablar”. Tampoco lo pasó bien en la mili: estuvo destinado en las cocinas, sí, pero vio muy limitado el suministro de materias primas que estimulasen su creatividad. “Porque en Carcabuey yo me salía al campo con una hachuela y me traía lo más fresquito para mi cocina en cinco minutos, pero en el cuartel…”. Después de un intento de convertir en croquetas dos de las patas de una mesa picada de carcoma, que acabó con un conato de linchamiento y dos semanas de calabozo, Antonio decidió aguardar hasta la vuelta a la vida civil para seguir experimentando. “Guisar, guisé bien poco”, recuerda, “pero pensé mucho, y en esos meses nacieron, por ejemplo, mis spaghetti de pino carrasco y mi pastel fresco de trucha y encina”.

 

 

“Si es que la madera es muy buena desde el punto de vista nutricional”, sostiene convencido. “Es baja en calorías, alta en fibra, no contiene azúcares, ni grasas de ningún tipo; rebosa vitaminas, renueva la flora intestinal y ayuda a los jugos gástricos; es muy sana para la dentadura, evita la placa y el sarro”. A esto hay que añadir que es barata, se conserva estupendamente sin necesidad de frío ni conservantes de ninguna clase. “Y resulta muy versátil, se puede presentar de mil maneras distintas y siempre sorprende”, remata, feliz. “Si vieras las caras de asombro que ponen cada día mis comensales en el restaurante…”

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