Travesía
En circunstancias normales, el ferry que une las islas de Fuerteventura y Lanzarote tarda un cuarto de hora en cruzar el estrecho de la Bocayna (a los dos lados, arenas brillantes y aguas de color turquesa, con montañas quemadas de fondo). Si el tiempo está revuelto, media hora. Y si, como sucedió ayer, las 27 cabras lecheras que viajan en un camión en la bodega se amotinan, se escapan y toman el barco entero, puede tardar hasta hora y media.
“Fue un viaje agitado”, explica el portavoz de la compañía naviera. “Había bastante viento, entre fuerza 5 y fuerza 6, y además, mar de fondo. Pero el ferry navegó en condiciones de absoluta seguridad, y si los animales hubieran estado debidamente inmovilizados y controlados, esto no habría sucedido. Lo que quiero decir es que la culpa es del propietario de las cabras, y nos reservamos el derecho de tomar las medidas legales oportunas”.
El propietario, Alfonso Padrón, está indignado. “¿Mis cabras? Mis cabras se portaron de maravilla. El barco cabeceaba como si fuera el fin del mundo. El camión daba unos bandazos espantosos. Las pobrecitas estaban mareadas y asustadas. Desde que vieron el modo de salir de la caja, salieron, claro. ¿Tú no habrías hecho lo mismo si fueras una cabra?”.
Nada más escapar de su encierro, las cabras se dispersaron. Unas pocas se quedaron en el garaje, jugando al escondite en torno a los coches. Otras subieron a la cubierta de popa y se esforzaron por tomar asiento. No era fácil, porque las sillas son altas, estrechas y poco apropiadas anatómicamente para cualquier cuadrúpedo. Sólo una de ellas, la Margarita, especialmente tenaz, lo consiguió, y se quedó allí disfrutando del sol y de la brisa del mar (había mucho de ambas cosas), hasta que un pez volador aterrizó tres metros más allá, y todas a una se sintieron impelidas a acercarse, con dos preguntas claramente definidas en sus cabezas; ¿qué era eso? ¿se podría comer?
Otras cuantas decidieron quedarse dentro, en los salones, y mordisquear las plantas decorativas (de plástico). “Y que quede claro que voy a demandar a la compañía naviera, porque mis cabras han estado tragándose esas porquerías derivadas del petróleo, y con eso se perjudica la calidad de la leche y del queso, que tiene denominación de origen”, advierte el propietario. Se comieron, además, una pintura abstracta y unos dos metros cuadrados de moqueta azul de Prusia. “Que es sintética: eso también va en la demanda”, continúa el propietario, vengativo. Dos de las cabras se subieron a un sofá y miraron la tele (daban un informativo). Cuatro vomitaron sobre una mesa de centro.
Antonio Monforte, empleado de la naviera, le quita hierro a la situación. “No se movía tanto el barco. Si hubieras estado en Gran Sol, ah, allí sí que había olas de cincuenta y nueve metros y riesgo de naufragar. Pero esto no es nada: aquí sólo se marean las niñas y las mariconas. Bueno, y las cabras, que no tienen costumbre y son poco marineras”. Silvina Betancor, una pasajera, no da crédito a las palabras de Antonio. “Él dirá lo que quiera, pero por las ventanas se veía el horizonte completamente torcido, la espuma del mar lo salpicaba todo, el barco se movía muchísimo y yo me sentía fatal, así que me tomé cuatro biodraminas y cerré los ojos para relajarme y meditar, porque yo creo mucho en las terapias alternativas, ¿sabes?, entonces sentí un ruido extraño y me desconcentré y abrí los ojos, y es que había una cabra subida al sofá, metiendo el hocico en mi bolso de Carolina Herrera, y primero pensé que era una visión y que tenía que significar algo, y me puse a darle vueltas a la simbología de la cabra en la tradición judeo-cristiana; pero cuando sacó mi cartera (de Carolina Herrera también, a juego) ya me pareció demasiado, y le dije, muy firme, “¡oye!”, y la soltó y se fue; entonces me di cuenta de que no era un símbolo sino un animal real, probablemente lleno de garrapatas y parásitos horribles, y me dio una especie de ataque de ansiedad, que menos mal que siempre llevo Lexatín en el bolso”.
Después de media hora de caos, de escuchar el sonido de los cascos de las cabras sobre el parqué y de presenciar como se perseguían entre sí, daban topetazos a los turistas y al personal del barco y estercolaban los pasillos, la situación quedó controlada. Costó trabajo, pero las cabras fueron devueltas a su cautiverio en el camión. Todas menos dos, que estaban en la cubierta de popa y que opusieron inmensa resistencia, porque ya se habían acomodado en sus hamacas y hasta habían conseguido que les sirvieran una cervecita.
