Sunday, July 8, 2007

Tachones

La realidad se va llenando de tachones, de espacios imposibles, vedados. No, aquí no, aquí tampoco, da la vuelta, prueba por otro lado, a ver. Los tachones son memoria concentrada y tinta. Una tinta pesada, como alquitrán caliente. Las cosas las tachas porque duelen. Si no las ves se supone que te duelen menos y que acabas olvidándote de ellas. Aunque el tachón sí lo ves.

Mientras más vive una, más tachones aparecen. Por lógica, los más antiguos deberían ir difuminándose y dejando ver lo que hay debajo; pero no, porque en los tiempos de los primeros tachones una era tiernita, inocente, no sabía, y las cosas dolían terriblemente, hasta el fondo, sin límites, así que los tachones se hacían violentos, eléctricos, casi atravesaban el papel y la mesa, y por más tiempo que pasara no había manera de librarse de ellos.

Al principio se tachan los sitios, países, islas, ciudades enteras, barrios, calles, escaleras, habitaciones, balcones, alfombras. Luego la cosa se extiende, y se empiezan a tachar músicas, festivales de jazz, libros, películas, artistas, voces. Y vinos, y dulces, y sujetadores de encaje, y vainilla y chocolate blanco, y, y, y. Entonces se tachan palabras, no digo nombres propios, que también, sino palabras corrientes que hacen falta para vivir normalmente, como “desayuno” o “cocodrilo” o “fantástico”, y es grave. Pero lo peor es cuando empiezan a tacharse trozos de tu cuerpo. Hay un tachón negro que te recubre la boca, y otro en la nuca, y otro te baja por el vientre, y ya no se puede hacer nada.

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Saturday, April 28, 2007

Diccionario (I)

Lacónico

Breve, exacto, conciso.

Sinónimos: Sucinto, escueto, telegráfico.

Etimología: Al sur del Peloponeso, en Grecia, estaba la región de Laconia (o Lacedemonia). Su capital era Esparta. Los espartanos tenían fama de no pronunciar dos palabras si bastaba con una. Se cuenta que Filipo de Macedonia les amenazó diciendo: “Si entro en Laconia, arrasaré Esparta hasta los cimientos”. Los espartanos sólo le respondieron: “Si”.

Ejemplos de uso: Ella le explicó: “Me muero por ti, no hace falta que te lo diga, pero eso no me impide ver que esta relación la mantengo y la alimento yo, tú sencillamente te dejas querer y acariciar y aceptas lo que te doy, siempre que sea placentero y pacífico, no puedo contar contigo para nada que no sean vacaciones o vinos, cuando surge el más mínimo conflicto desapareces hasta que calculas que ya habrá amainado la tormenta, y ya empiezo a sentirme demasiado sola y demasiado buey de tiro y demasiado muro de carga, así que me rindo, no quiero seguir contigo en estas condiciones”.

Él contestó, lacónico: “Tienes razón. Adiós”.

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Friday, March 30, 2007

Exceso de entusiasmo

Estos días escribo mucho. Voy por ahí y me entra un sentimiento avasallador mientras estoy mirando un escaparate o un perro o tratando de recordar, en medio de la calle, qué era lo que tenía que hacer. Entonces me siento en una terraza, pido cualquier cosa y escribo. En las reuniones también. Los demás se creen que lo apunto todo porque tengo mucho interés y soy muy profesional. Y yo, concentrada, llenando libretas. Pero es que estoy arrebatada, entusiasmada. Los griegos decían poseída por los dioses. Claro que casi todo lo que escribo en este estado es pura materia prima: le falta mucho trabajo, mucho. Si lo hago bien, parecerá espontáneo, recién nacido, tendrá vida, voz propia. Si no, se notarán las vueltas y revueltas sobre las mismas ideas y palabras y silencios, se me verá la mano. Muchas de estas notas irán a la basura (cubo azul, papel y cartón).

 

No me dan tanto, los dioses. Me obligan a esforzarme y a gastarme la vista, a retorcer y exprimir la realidad hasta que cobra sentido. Y entretanto vivo agotada y exultante, sin que se sepa por qué. Al mundo le subieron el volumen y el contraste, los colores son más intensos. Todo tiene más aristas de lo habitual, está dibujado con un lápiz más afilado, de esos que acaban agujereando el papel. A ratos tengo una felicidad terrible, a ratos me duele todo por dentro y me siento viejísima, resquebrajada, al borde de la muerte. No tengo hambre. Se me olvida que tengo sed. Y no estoy enferma, no se me fue la cabeza, no te preocupes. Esto me viene pasando a intervalos más o menos regulares desde que tengo catorce, quince años, y ya aprendí a disfrutarlo y a aprovechar esa extraña lucidez de ver lo que otros días no se ve. Luego llegan tiempos en los que todo es apagado y neutro y previsible y tibio y razonable, y también me hago a eso, y hasta me gusta. Qué remedio.

 

Lo mejor y lo peor que tiene esto es que me saca de mí, de mi yo de costumbre. Ya tú sabes cómo soy, cuánta fragilidad, cuánto trabajo me cuesta decir que no, cuánto miedo a molestar, a sobrar, cuánta necesidad de que me quieran, cuánta facilidad para fabular y fingir que no pasa nada, que todo va bien, incluso en medio del desastre. Y cuando estoy así, revuelta, iluminada, como ahora, desaparece buena parte de esta naturaleza mía tan educada, tan agradable, tan dada a sonreír y a evitar conflictos y dolores. Me vuelvo más dura, más inconsciente, más egoísta. Digo más cosas. Peores.

 

 

Esto es lo que sucede ahora. La vida se me cruza con los cuentos. Llevo ya unas semanas escribiendo (masticando) uno. Avanza muy despacio, porque es cruel y me despierta un poco de odio, pero lo acabaré. Habla de una mujer que está enamorada de un hombre, pero siente que el suyo es un amor molesto, inoportuno, fuera de lugar, y el deseo que prevalece en su interior, sobre todos los demás, es el de no incomodarle, no darle problemas. Sólo alegrías, y si no se puede, paz. Así que no hace ningún movimiento. De vez en cuando quedan, conversan, se ríen, se disfrutan mutuamente, y ella duda, pero no, nunca encuentra el momento; teme romper un estado de gracia, destruir una atmósfera amistosa, íntima, dulce, cambiar una relación que es perfecta así. Piensa que no podría soportar que él la mirase incómodo, que desviase los ojos y dijera “Pero si no puede ser, ya lo sabes”, y que luego pasaran mucho tiempo sin verse, y todo se hiciese tenso y frío y lejano. En el cuento, ella se pone vieja y se muere sin decir palabra, sin acariciarle las manos ni besarle la boca una sola vez, por no molestar.

Bueno. Esto no me va a pasar. Ya tú sabes que te quiero, ¿no? Cómo no te voy a querer. Pues sobre esa querencia pacífica hay otra más tempestuosa, llena de brazos y de ojos abiertos, como esos animales submarinos que te ven pasar nadando por encima y agitan los tentáculos en las profundidades. No lo hice adrede. Es la primera vez que me pasa así. Me di cuenta de repente, almorzando contigo, bebiendo vino, oyéndote hablar. Y casi me caigo de la silla. Porque lo primero que supe (bueno, lo segundo) fue que no te iba a decir nada. No. Esto se queda para mí, no va más allá, no se entera nadie. A él, desde luego, no le hace falta saberlo. Además, por favor, su mujer. Se acabó. Fuera. Eso pensé.

Estuve unos cuantos días escribiendo mucho (también), haciendo inventario de mí misma, ordenándome la cabeza y todo lo demás. En un momento me quedé helada, porque pensé que me estaba portando mal contigo, que te estaba mintiendo, negándote la información que te habría permitido saber cuál era el juego y estar en igualdad de condiciones. Pero yo no estoy jugando a nada, me dije. No me muevo, no manipulo, no hago nada diferente, no aspiro a ningún cambio, me conformo con la realidad tal como viene. Y viene lejos. Quererte así no me mata ni me priva del resto del universo, me digo con bastante cobardía. Sé que me pierdo algo, y claro que siento la pérdida, la pérdida de una posibilidad lejana y abstracta, pero también te gano a ti en un registro relajado, comunicativo, cercano. No soy un peligro, no te molesto, no hago ningún mal, a ti ni a nadie. Eso me tranquiliza y me mantiene a la distancia exacta.

 

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Friday, March 2, 2007

Memoria

A mi teléfono se le llena la memoria y ya no le caben más mensajes. Tengo que borrar unos cuantos para recibir más. Me cuesta, no soy capaz de hacerlos desaparecer así. Pero hasta que no me decida no me entrarán más palabras tuyas. ¿Y si te viene un ataque de amor y me escribes, y mi teléfono, sobrepasado, no da para más? El mensaje se pierde, se muere, se disuelve en el aire. No puede ser. Termino sentándome delante del ordenador, aunque sea tarde y me duela la espalda y la pantalla me queme la vista, y me pongo a transcribir los mensajes. Hago copias de seguridad de lo que tú me quieres.

A mi cuerpo también se le llena la memoria. Llega un momento en el que no le caben más revolturas, más temblores, más ojos cerrados, más murmullos, más crujidos. Tendría que borrar unos cuantos… ¿y cómo lo hago? Muchas veces los digo en voz alta o los apunto. Pero no funciona, no se dejan almacenar así, en ese soporte. No consigo olvidarme de nada, ni siquiera pasar las imágenes a un segundo plano relativamente inofensivo. Hay cosas que sigo viendo en mi cabeza una vez y otra y otra. ¿Qué pasará? ¿Se desgastarán, se les irán cayendo los brillos y los efectos especiales?

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Saturday, February 10, 2007

Reboso

 

 

Lo mejor que te puedo ofrecer es esto, contención, delicadeza, sonrisa, murmullos, la música bajita. Lo demás lo archivo aparte. Sólo que a ratos rebosa del archivo, sale en cataratas masivas, densas, nada predecibles, y llena una habitación, y otra, y otra, y deja en las paredes señales como las de las inundaciones, hasta aquí llegó el agua en 1966, dicen los muros de Florencia, orgullosos de su desgracia; hasta aquí llegué yo, mi amor, y te doy besitos breves en el cuello cuando el cuerpo entero se me levanta, se me abre, se me arquea, y oigo mi voz, que no sé de dónde sale, y pide cosas que ni siquiera sabía que quería, y no es que los besitos sean mentira, es que son un understatement, una parte muy pequeña de la verdad, que es escandalosa y muchas veces va a gritos, una banda de rock con 50.000 vatios de sonido, o una orquesta que toca una pieza de Wagner a cintarazos, y las convulsiones del aire se sienten mucho más allá del teatro; ah, pero yo no, yo pongo cuidado, me recorto, tan educada, porque quiero darte justo lo que no tengo, calma, paz, placer sin efectos secundarios, alcohol sin resaca, conversación sin preguntas incómodas, y no es fácil; el archivo, aunque lo deje cuidadosamente cerrado cada vez, no me ayuda nada, hierve, pasa del gris metálico al rojo vivo, amenaza con fundirse, y yo, que desde que sentí los primeros signos de peligro estoy asomada a la gaveta más alta, viendo con preocupación cómo burbujea, tengo que asegurar todas las puertas de la casa y buscar una excusa aceptable y escribirla en un cartelito y colgarlo fuera y enfrentarme discretamente a la lava y los estallidos y las nubes de vapor y las lenguas de fuego y de barro.

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