El Mañuco, un viejo seco que fuma y se ríe bajito a cuenta de nada, Pedro, el artista, con su melena y sus barbas blancas, y Remedios, una muchacha gordita y pecosa que lleva gafas, se toman unas cañas en la barra del bar. Es mediodía; ahí fuera habrá treinta y tantos grados, aquí zumba el aire acondicionado. Remedios se quiere casar con el Mañuco y lo dice muy convencida. Él asiente y le da una palmadita en la cabeza despeinada, “claro que sí, mujer”. Pero Pedro interviene. “Sí, y entonces te quedas sin pensión, ¿y de qué comemos?”. El Mañuco suspira. “Pero si no hace falta que venga nadie de fuera, eso lo hacemos nosotros, entre amigos, en el patio del corralón, y tú”, y señala a Pedro, “como si fueras cura, oficias allí maravillosamente, con cincuenta o sesenta invitados, con música…”. Pedro, entusiasmado: “ah, y digo las misas en latín, nomine patris, oremus”. El Mañuco hace la lista del convite: “Antonio el de la Catedral, ése tiene que venir, y su hermano, y Emilio, el Príncipe Gitano, y la Marieta…”. Sale Remedios desconfiada: “pero eso no es legal”. El Mañuco, pacífico: “claro que es legal, legalísimo, mujer, esto es una democracia, aquí no hace falta que la Iglesia meta el cazo”. Reflexiona y remata: “cómo no va a ser legal, con tantos invitados”. Y Remedios, “yo digo casada, casada de verdad”. Pedro: “casamiento mejor que éste no vas a encontrar, ¿quién te lo hace con más cariño y más ganas que yo?”. Remedios insiste: “¿pero con papeles?”. Pedro y el Mañuco, a coro: “que sí, que sí, con papeles”. Remedios: “pues me compro unas lentillas de color champán, y ese día me luzco sin gafas, y me pongo medias y zapatos altos”. Pedro piensa ir al barbero a que lo afeiten a navaja, que los curas van siempre muy bien afeitados. El Mañuco se revuelve el bolsillo y paga trabajosamente las cañas. Se van los tres, discutiendo los detalles. Remedios ensaya pasos de baile por el callejón.